2Homero jugaba con sus botes en las orillas de un pozo que había hecho con sus palas, peroestos naufragaron en el lodo, matando a las hormiguitas que lo molestaban en el agua sucia,cuando una mujer alta, y con el pelo atado en un moño apareció a su lado.“La comida esta lista,” ella dijo.Esas palabras hicieron que Homero volviera a la realidad.
Tenía que comer si queríaconquistar el mundo
, eso pensaba mientras se lavaba las manos en el chorro del patio paramatar los microbios, después de recoger los juguetes esparramados por todo sitio. Lavenganza en las hormigas había sido espectacular ya que ellas no lo dejaban jugar con suscarros en el barro del patio.“Tu padre está esperando,” la mujer le dijo.Homero se saco el barro hacinado en sus manos durante su juego en el jardín, entre lasflores que su madre sembraba en los atardeceres tristes para que la gente las admirara, si notenían más que hacer.“Ya vienes?” su madre le pregunto.Homero la siguió por entre las begonias y otras flores sin nombre, atrayendo a las abejascon sus aguijones del infierno al jardín. Un señor pequeño, y con cara redonda los esperabaal lado de una mesa llena de comida que su madre había cocinado toda la mañana, el olor delalmuerzo despertándoles el hambre.“Les tengo una sorpresa,” su padre dijo.La señora Homero lo miro con ojos de duda, pues su marido no traía sorpresas a la casa,aparte de un día que se había encontrado un perrito en la calle que ella lo había hecho llevar ala perrera municipal a pesar de las protestas de su hijo. Todos miraban a la puerta, por la queapareció un señor alto y con gafas oscuras, su nariz sepultada por el bigote que no se habíaafeitado en siglos, al tiempo que el reloj seguía su marcha vertiginosa hacia un punto del queno regresaría más.“Tío Hugo,” ella dijo. “No lo habíamos visto por mucho tiempo.”
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