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PRELUDIO
El famoso Juan Pérez era un hombre afortunado. A sus 35 años ya poseía un emporio financiero:dueño de una pujante industria y de millonarias acciones en compañías de seguros, todo esto leaseguraba una larga vida llena de poder y fama. Tenía una bella y joven esposa, dos hijos y una hija,todos estudiantes con un futuro asegurado.La salud de Juan era más que excelente; comía de todo, nada le hacía daño y esto le permitía llevaruna vida social agitada. Grandes amigos entre ellos médicos de reconocida trayectoria lo estimabande veras. Con frecuencia se reunían para festejar y disfrutar noches de cenas y esparcimientomoderado.Un día Juan sintió un pequeño malestar estomacal acompañado de un dolor de cabeza. Como todoel mundo lo hace, se tomó un antiácido para el estómago y una pastilla para el dolor de cabeza.
—
¡
Que bueno!
—
pensó
—
La
ciencia actual tiene todo a la mano en forma práctica y condensada
—
.
Con las cápsulas milagrosas solucionó el problema y se fue al trabajo; lo esperaba una agendaapretada. Esa tarde le volvió el malestar y otra vez repitió la dosis de pastillas milagrosas. Al díasiguiente, como su mal persistía, le comentó a su esposa y ella le recomendó que visitara a sumédico.
—
¿Cómo? No voy a molestar a mis amigos por tonterías; ya me compondré
—
le replicó a suesposa. Al día siguiente el mismo malestar acompañado de un mareo, lo obligó a visitar a sumédico. Éste, después de unas preguntas, un breve chequeo y unas frases tranquilizadoras, lerecetó unos medicamentos; eso sí, con la condición de que se debía hacer unos exámenes delaboratorio.Juan, después de haberse tomado los medicamentos, se sintió muy bien y pensó para sí:
—
Excelente médico: dio en el blanco y le fue fácil curarme. Pero eso de los exámenes no tiene importancia, ya me siento muy bien
—
.
A la siguiente semana, acosado por el malestar, Juan volvió donde el médico para que le repitiera lafórmula u otra más potente que acabara con
“
esas bobadas
”
. Pero, en cambio, recibió un jalón deorejas del galeno por no haberle traído los exámenes. Obligado, el flamante Juan tuvo que llevar losexámenes a su ilustre amigo. Éste se sorprendió un poco, mas, para no alarmar a su paciente, leexpidió una potente fórmula y le recomendó que lo visitara ocho días después.Nuestro héroe se sintió tan bien con la supermedicina que olvidó la cita y transcurrió un mes, libre desu problema, en pleno disfrute de su agitado trabajo y su importante vida social. Obviamente elmalestar regresó y más fuerte aún. A Juan se le ocurrió una brillante idea: ¡Cambiar de médico! Y asífue.Como es natural, más medicamentos, más exámenes y enseguida una fila de médicos especialistas.No obstante, Juan cada vez peor.Decidió entonces viajar al exterior. Allá la más moderna tecnología y los especialistas más notablesdarían solución a su problema de una vez por todas. Mas todo fue inútil y nuestro paciente regresó