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Sexualidad femenina y origen de la sociedad - Claude Lévi-Strauss

Sexualidad femenina y origen de la sociedad - Claude Lévi-Strauss

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Claude Lévi-Strauss
SEXUALIDADFEMENINA Y ORIGENDELASOCIEDAD
 Para el autor de
Tristes trópicos
no existe una prueba razonable del supuestomatriarcado original, argumento adoptado por el discurso feminista intolerante. Para entender al ser humano a partir de los homínidos, Lévi-Strauss proponeconcentrarse en el desarrollo del lenguaje y no en la sexualidad.
E
n el siglo pasado, y todavía a principios del nuestro, una
teoría en boga entre los antropólogos pretendía que en los primerostiempos de la humanidad las mujeres mandaban en los asuntosfamiliares y sociales. De este supuesto matriarcado primitivo sepresentaban múltiples pruebas: esculturas principalmente femeninas y la
frecuente figuración de símbolos femeninos en las artes de laprehistoria; el lugar preponderante que en la época protohistó-rica se daba a las “diosas madres” en la cuenca mediterránea ymás allá; pueblos llamados “primitivos” observados en nuestrosdías entre quienes el nombre y el estatus social pasan de la madrea los hijos; en fin, numerosos mitos recogidos en todas partesdel mundo que ofrecen otras tantas variaciones sobre un mismotema. Dicen que en los tiempos antiguos las mujeres mandabana los hombres. La sujeción de éstos duró hasta que lograronhacerse de los objetos sagrados –a menudo instrumentosmusicales– de los que las mujeres extraían su poder. Una vezque se convirtieron en los únicos detentadores de estos mediosde comunicación con el mundo sobrenatural, los hombres pu-dieron establecer definitivamente su dominación.Al prestar a los mitos una verosimilitud histórica, se restabaimportancia al hecho de que éstos tienen como función prin-cipal explicar por qué son así las cosas en el presente, lo que losobliga a suponer que antes eran de otra manera. En suma, losmitos razonan de la misma manera que esos pensadores delsiglo pasado, apasionados del evolucionismo, que se lasingeniaban para ordenar en una serie unilineal las instituciones y las costumbres observadas en el mundo. A partir del postu-lado de que nuestra civilización era la más compleja y la másevolucionada, veían en las instituciones de los pueblos llamadosprimitivos una imagen de las que pudieron existir en los iniciosde la humanidad. Y puesto que el mundo occidental es regidopor el derecho paterno, concluían que los pueblos salvajesdebieron haber vivido, y en ocasiones aún vivían, un derechoradicalmente opuesto.Los progresos de la observación etnográfica pusieron unpunto, que por un tiempo se pudo pensar que era final, a lasilusiones del matriarcado. Se vio que, en un régimen de derechomaterno, al igual que en un régimen de derecho paterno, laautoridad pertenece a los hombres. La única diferencia es queen un caso quienes la ejercen son los hermanos de la madre y enel otro los maridos.
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Sin embargo, bajo la influencia de los movimientos feministas y de lo que en Estados Unidos se llama
 gender studies
–estudiosdel papel atribuido a las diferencias entre los sexos en la vida delas sociedades– regresan con fuerza las hipótesis de inspiraciónmatriarcal. Pero se basan en una argumentación muy diferente y mucho más ambiciosa. Al dar el salto decisivo de la naturalezaa la cultura, la humanidad se separó de la animalidad y nacieronlas sociedades humanas. Ahora bien, este salto sería un misteriosi no se pudiera designar tal o cual capacidad distintiva de laespecie humana que le hubiera dado su impulso. Ya se conocíandos: la fabricación de herramientas y el lenguaje articulado.Ahora se propone una tercera, que pretende ser muy superior, ya que sin detenerse en las facultades intelectuales que las dosprimeras presuponen, reside en lo más profundo de la vidaorgánica. La aparición de la cultura ya no sería un misterio,tendría sus raíces en la fisiología.De todos los mamíferos, el hombre es el único que, deacuerdo con una fórmula tradicional (pero cuya importancia nose había apreciado en su justo valor), puede hacer el amor encualquier temporada. Las hembras humanas no tienen una ovarias épocas de apareamiento. A diferencia de los animales, noanuncian a los machos, con cambios de coloración y emisión deolores, su periodo de estro, es decir, el propicio para la fecun-dación y la gestación; y no se niegan en otros periodos.En esta diferencia mayor se nos invita a ver el factor quehizo posible e incluso determinó el paso de la naturaleza ala cultura.¿Cómo se justifica la tesis? Aquí es donde se complican lascosas, pues a falta de cualquier demostración posible, se darienda suelta a la imaginación.Algunos mencionan las costumbres de los chimpancéssalvajes, cuyas hembras, cuando están en celo, obtienen de losmachos más alimento animal que las demás. Haciendo unaarriesgada extrapolación, de aquí se infiere que entre loshumanos, cuando la caza se convirtió en una ocupaciónespecialmente masculina, las mujeres que se mostraban accesi-bles en cualquier momento recibían de los hombres una partemás grande de la presa. La selección natural dio la ventaja aestas mujeres, mejor alimentadas, más robustas y, por lo mismo,más fértiles. A esto se añade otro beneficio: al disimular suovulación, las mujeres habrían obligado a los machos (a quie-nes sólo movía la necesidad de propagar sus genes en esos tiem-pos primitivos) a dedicarles más tiempo que el requerido parael simple acto de reproducción. Así se aseguraban una protecciónduradera, cada vez más útil a medida que, con el curso de laevolución, los niños que traían al mundo se hacían más grandes y su desarrollo se hacía más tardío.En el lado opuesto de esta teoría, otros autores afirman queal no pregonar (los norteamericanos dicen:
 advertise)
sus perio-dos de estro, las mujeres hicieron más precaria y laboriosa lavigilancia que sus maridos ejercían sobre ellas. Ellos no siem-pre eran los mejores procreadores: por eso el interés de laespecie actuó de tal manera que las mujeres pudieran acrecen-tar sus posibilidades de ser fecundadas por otros machos.En un caso clave del matrimonio monogámico, en el otroremedio para sus inconvenientes, estas dos teorías dan interpre-taciones diametralmente opuestas de un mismo fenómeno. Enuna revista científica francesa (pues las ideas que vienen del otrolado del Atlántico cobran influencia entre nosotros) advertí unatercera teoría no menos fantasiosa. La pérdida del estro estaríaen el origen de la prohibición del incesto que, como se sabe, bajoformas diversas, es prácticamente universal en las sociedadeshumanas. La pérdida del estro –dicen– y la disponibilidad cons-tante que de ello resulta, habrían atraído a demasiados hombreshacia cada mujer. El orden social y la estabilidad de los hogaresse habrían visto comprometidos si, al prohibir el incesto, no sehubiera hecho a toda mujer inaccesible a aquellos que, por elhecho de compartir la vida doméstica, hubieran estado másexpuestos a la tentación.No se explica cómo la prohibición del incesto en sociedadesmuy pequeñas hubiera protegido a las mujeres –que con laausencia del estro se habrían vuelto más deseables– de lo que sellama un “comercio sexual generalizado” con todos los otrosmachos con quienes se codean a diario, aunque no sean parientescercanos. Sobre todo, los defensores de esta teoría parecen notener conciencia del hecho de que, de manera igualmente plausi-ble (más valdría decir también poco verosímil), se ha podidosostener la teoría exactamente inversa.Ellos nos dicen que la desaparición del estro amenazaba lapaz de los hogares y que la prohibición del incesto debió instau-rarse como medida para enfrentar este riesgo. No obstante, deacuerdo con otros autores, sería la existencia del estro la que,por el contrario, habría resultado incompatible con la vidasocial. Cuando los humanos comenzaron a formar verdaderassociedades, la consecuencia fue el peligro de que cualquierhembra en celo atrajera a todos los machos. El orden social nohabría resistido. Por lo tanto, el estro debía desaparecer para quela sociedad pudiera ser.Por lo menos, esta última teoría se apoya en un argumentoseductor. Los olores sexuales no desaparecieron por completo.Al dejar de ser naturales pudieron volverse culturales. Estesería el origen de los perfumes, cuya estructura química siguesiendo muy similar a la de las feromonas orgánicas, pues hastael día de hoy varios ingredientes que los componen son deprocedencia animal.Con esta teoría se abrió un nuevo camino por el que se adentra-ron algunos, pero invirtiendo nuevamente los elementos delproblema. Lejos de destacar la pérdida total del estro, ponen elénfasis en que las mujeres no podían disimularlo completamenteporque sus reglas, más abundantes que las de los demás mamífe-ros, a menudo las traicionaban dejando saber a cualquiera queentraban en un periodo de fertilidad. Las mujeres, que compe-tían por los machos, inventaron una táctica. Quienes no estabanen un periodo fértil y por ende no retenían a los hombres,intentaban engañarlos embadurnándose de sangre, o de unpigmento rojo parecido a la sangre. Este sería el origen del
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Claude Lévi-Strauss
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maquillaje (después del de los perfumes,como ya hemos visto).En este escenario, las mujeres son há-biles calculadoras. Otro escenario lesniega cualquier talento de este tipo o,más bien, hace de la estupidez una ven-taja para aquellas que, por haber perma-necido en la ignorancia de sus periodosde ovulación, habrían tenido tantas másprobabilidades de propagar sus genes. Laselección natural las habría favorecido acosta de las mujeres más inteligentes que,al haber comprendido la relación entrela copulación y la concepción, habríanpodido evitar la cópula durante el estropara ahorrarse los inconvenientes de lagestación.Según los caprichos de los hacedoresde teorías, la pérdida del estro aparece enocasiones como una ventaja, en ocasio-nes como un inconveniente. Unos dicenque permitió consolidar los matrimonios;otros, que permitió atenuar los riesgosbiológicos de las uniones monógamas.Expone a los peligros sociales de la pro-miscuidad, o bien los previene. Uno semarea ante estas interpretaciones contra-dictorias que se destruyen entre sí. Ahorabien, cuando se puede hacer que los he-chos digan lo que sea, es inútil tratar debasar en ellos una explicación.Desde hace un siglo, y también en Es-tados Unidos, los antropólogos lucharona brazo partido por introducir en su dis-ciplina un poco de prudencia, de serie-dad y rigor. Cuánta tristeza no les cau-saría ver cómo invaden estas robinsona-das genitales su campo de estudio, y has-ta lo sumergen en ellas (sobre todo delotro lado del Atlántico, donde estánprestos a renegar de los viejos maestros,como ya ocurre en Gran Bretaña, y muy pronto, es de temerse,en toda Europa). Estas revoluciones sobre las que disertan co-mo si hubieran ocurrido ayer, suponiendo que realmente suce-dieron, se remontan a centenas de miles si no es que a millonesde años. Nada podemos decir de un pasado tan lejano. Por eso,para encontrarle un sentido a la pérdida del estro, para inven-tarle un papel que aclare la vida social que llevamos, se la des-plaza subrepticiamente en el tiempo hacia una época por noso-tros ignorada, cierto, pero no tan alejada al punto en que no pue-da proyectar sus supuestos efectos hasta el presente.Es significativo que estas teorías del estro se hayan desarro-llado en los Estados Unidos a la zaga de otra teoría que tambiénpretendía disminuir las duraciones. Según esta última, el hom-bre de Neanderthal, predecesor inmediato del
 Homo sapiens
(ycontemporáneo suyo por algunos milenios) no podía poseer ellenguaje articulado a causa de la conformación de su laringe ysu faringe. Por ello la aparición del lenguaje dataría de haceapenas cincuenta mil años.Detrás de estas vanas tentativas por asignar bases orgánicassimples a actividades intelectuales complicadas se reconoce unpensamiento cegado por el naturalismo y el empirismo. Vién-dose falto de observaciones que podrían dar fundamento a unateoría –lo que casi siempre sucede–, las inventa. Esta propen-sión a transfigurar afirmaciones gratuitas en elementos experi-
   I    l  u  s   t  r  a  c   i   ó  n  :   L   E    T   R   A    S   L   I   B   R   E    S   /   F  a    b  r   i  c   i  o   V  a  n    d  e  n   B  r  o  e  c    k

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