El conflicto originó un par de libros ingleses:
Two Sides of Hell
(Bloomsbury, 1994), de VinceBrambley;
A Soldier’s
Song
(Orion Books, 1999), de Ken Lukowiak. Brambley entrevistó a suscompañeros de armas y después cruzó el Atlántico para conversar con los soldados argentinos.Lukowiak se decantó por el testimonio en primera persona, animado por esa entente de sencillezy experiencia que originó a un James Herrioty las decenas, cientos de memorialistas ingleses
que no han hecho nada más, ni nada menos, que registrar sus días en prosa simple y directa. Asabiendas o no, Lukowiak pertenece a una tradición local centenaria emparentada con la deSamuel Peppys; y, junto con Love, le confiere una amargura inconcebible antes de The Clash.Sí: ambos son memorialistas
punk
. Love, al grado de ni siquiera estar publicado en papel. Suscuentos pueden encontrarse tan solo en un sitio web: Britain’s Small Wars.
Cuando cobraba
the Schelling of the Queen
en servicio activo, Jim Love era un juerguistaescéptico del rango. Tommy a ras de suelo, sus relatos no aspiran al estatuto de la épica, nisiquiera al de la ficción. Empero, llamarlos “testimonios” es no ver la mano que conduce lanarración, el ojo que la organiza, el oído y el tacto que le confieren su lóbrega vitalidad. Se tratade textos densamente poblados de sensaciones, olores, temperaturas; el fuego de artillería y laincertidumbre, la risa y el hedor de las aulagas incendiadas. Del mismo modo en que una carnetártara se resiste a la cocina y al mismo tiempo es alta cocina, los textos de Love se resisten a laliteratura y, a la vez, la cortejan con insistencia. La de Love es una sensibilidad compleja, paradójica: es un soldado, es un
common
, es un lector de Keats; transita de lo atroz a lo fraterno,de lo conmovido a lo despótico con soltura escalofriante.A veces, Love parece escarbar, labrar un lapso mínimo de tiempo hasta sus últimasimplicaciones, como quien pinta en un grano de arroz, como quien talla el hueso de una fruta.Sus relatos me recuerdan, en la tosca tenacidad de su factura, la artesanía de los presidiosmexicanos. Sus historias se abren paso hasta el lector a fuerza de acumular –voluntariosa,machaconamente– acontecimientos e impresiones, como asentando una declaración bajo protesta de decir verdad, como participando de un acto jurídico. Tal parece que unareconstrucción rigurosa de los hechos preserva una indispensable verdad interior.En los relatos que vienen a continuación, leo literatura en su sentido más esencial y primitivo:vida –feroz, sanguinolenta– aferrada a toda costa por escrito.P
ABLO
M
OLINET
2
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