186REVISTAvaban—acudían á dar la última muestra de afec-to al que en el ataúd se hallaba tendido.El periódico
Lo, Época
describe la fúnebre ce-remonia en los términos siguientes:
«En la calle del Barquillo no podían entrar siquieralos carruajes.Los balcones de la calle se veían líenos de gente.En el despacho, adornado de objetos artísticos, queconstituían la afición del finado, recordaban sus másíntimos amigos la última conversación que con él ha-bían tenido; hablaban de sus proyectos de publicar ellibro sobre
Velázquz,
cujas pruebas se han quedadosin corregir, ó evocaban, al contemplar las armas an-tiguas que se cruzan en roja panoplia, aquellos tiem-pos de la
Sala de Rada,
en que Cruzada esgrimía ga-llardamente la espada española como im Martín Gil,Í' reunía por !a noche en su casa
EÍ
aquella pléyade fieos Eguílaz, Fernández Jiménez, Larra, Palacio, Car-los Rubio, Llano y Persi, Yáüfjuez, Picón, FlorentinoSanz, Castro y Serrano y Alarcón, de los que quedanja tan pocos.Se puso en marcha á las dos
y
media el carro fúne-bre, tirado por seis caballos. Sobre el ataúd veíanse lasbandas de Isabel la Católica.? la rusa de San Estanislao.Las cintas las llevaban, el Subsecretario de Gober-nación, Sr. Bosch; el Director de Establecimientos pe-nales, Sr. Cadórniga; el Sr. Romero Leal, Administra-dor del Correo central; el Sr. Mora, Inspector de Telé-grafos más antiguo; el Sr. Corbaián, Director de Ad-ministración,
y
el señor Conde de Vía-Manuel, Dipu-tado por Alicante.A ambos lados del carro, los porteros de Goberna-ción, del Congreso y de Correos y Telégrafos, con ha-chones.Y detrás, á pie, presidiendo el duelo, y afligido porel dolor, el que fue, más que jefe Puyo, cariñoso ami-
go,
el Sr. Romero Robledo, rodeado por más de milpersonas.Imposible tarea sería la de recordar los nombres detodas las personas que formaban el cortejo. En él seTcía al magnate junto al pobre cartero franco de ser-vicio; á los compañeros de Diputación de Cruzada mez-clados con los artistas; á los hombres políticos con losamigos particulares.Recuerda ¡a memoria los nombres de los señoresMinistro de listado, Campoainor, Cánovas (D. Emilio,)
}
Arrazola; Generales Primo de Rivera, Reina y Morenodel Villar; Alvarez Marino, Vicuña, Hercc (D. Aquili-no),Muro, Castro y Serrano, Parrella, Garrido Estra-da, Jiménez, Rodríguez Batista, Gonzalves, Villaver*de,Rui« (D. Jacinto y D. Gustavo), Rodríguez Rey,Lengo, Villa Rubia, Berdugo, Martín Luna, Villaamil,Ortiz, Puebla, Quiroga, Danvila, Vida, Holand, DíazCobeña, Piernas, Moraita, Pérez Hernández, Canale-jas, Lorite, López Guijarro,. Moriano, Alareón, Ante-quera, Sedaño,
Al
varea Capra y Méiida.Marqueses de Goicoerrotea, de Guadalest, de Ron-cali, de Üliva, de Álava, de Casa-Fuerte, de Estella
y
de Viana; los Condes de las Almenas, de Casa-Miran-da, de la Romera, de Esteban, de Hercdia Spínola yReparaz; Vizcondes de Campo Gmnde, de Torres deXaizón, de Reparan, y tantos y tantos más que no re-cordamos.
Lo,
Epoct
estuvo repreguntada por su direc-tor y todos los redactores.Cerraban el desíile más de doscientos carruajes.Elséquito se dividió en las afueras, y unos á pie yotros en coche, llegaron á !a Sacramental de San Isi-dro, donde el cadáver de Cruzada debía recibir Cris-tiana sepultura.Las preces
de
los sacerdotes, mezcladas coa lasoraciones de los piadosos amigos, que parecían no que-rer separarse de ese lugar de eterno reposo, formaban«n himno de dolor que iba extinguiéndose en aquellaatmósfera de tristeza, como eí humo del incienso eclas aires.Después depositóse la caja en na hueco, cayó sobreella una paletada de tierra, última bendición que laIglesia envía para recordarnos nuestro origen, y elcortejo despidióse, mirando cómo allá, en el lejano ho-rizonte, ardía el sol con esplendores vivísimos, ale-grando la naturaleza, y cómo llegaba hasta el cemen-terio, turbando la calma solemne que allí reina, eí rui-do de la algazara y el movimiento de este Madrid quedesborda la vida hasta los linderos de la muerte.»
Confesemos que semejante manifestación decariño y simpatía no era solamente dedicada alSr. Cruzada Villaamil corno Director general, ála sazón, de Correos y Telégrafos.Como á tal le acompañábamos nosotros, los
que,
perteneciendo á las dos corporaciones men-cionadas, habíamos tenido ocasión de apreciar di-rectamente cuánto anhelaba la prosperidad y eldesarrollo de ambos servicios aquel espíritu in-cansable y febril^ encarnado en una de esas figu-ras muy parecidas á las obras inmortales creadaspor los grandes maestros del arte pictórico queel con tan profundo conocimiento admiraba.
Sí,
nosotros llorábamos, ante todo, al Directorquerido, tan_ cruelmente arrebatado á nuestrasafecciones. íbamos en pos de su frío cadáver re-cordando con agradecida y fervorosa alabanza alque desde el año 1874 hasta el 1881 nos había te-nido bajo su ilustrada dirección,promoviendo me-joras telegráficas, abriendo Estaciones, aumen-tando y completando redes, dotándonos de nue-vos aparatos, representándonos dignamente enlas Conferencias de San Petersburgo, y poniendo,en fin, sóiidas columnas al edificio telegráfico quehoy— al cabo de otros once meses de permanen-cia al frente de nosotros— acababa de completardando entrada á la mujer en ese imaginado edifi-cio y coronándolo con la majestuosa cúpula dela Telefonía.Pero una buena parte del numeroso séquitoque acompañaba el carro fúnebre rendía cariño-so tributo de eterna despedida al literato insigne,al reputado crítico de Bellas Artes, al sagaz di-plomático, al sesudo político—que de todo esto seufanaba justamente el Sr. Cruzada Yillaami!,-—yhasta habría algunos que dedicaran su últimopensamiento al más hábil y diestro esgrimidorde espada y daga españolas, entre los mejores ti-radores de armas establecidos en nuestra patria.
Es,
á la verdad, justificado cuanto llevamosdicho. Pocos hombres hemos conocido de vida yde apfcitu les tan complejas. Á los cincuenta ydos años de edad (Cruzada Villaamil nació el año1832 en una casa de la antigua Puerta del Solde Madrid, y que precisamente venía á estarsituada en el mismo punto en que ahora vier-te sus aguas la fuente de dicha plaza), á loscincuenta y dos años, repetimos, pocos hom-bres habrán abarcado como él tan diferentes as-pectos de la vida. Salió de la modesta oscuridadde su cuna con impulso para llegar á grandes al-turas.Sólo una cosa le faltó, como suele sucederá gran parte de escritores y artistas, á saber: fá-cil y suelta palabra para dirigir con predominiosu voz en asambleas políticas. Pero á cambio de
esto,
cuandohablaba en la confiada intimidad y .en el amistoso y familiar coloquio, su convei'sa-ción era deleitable y amenísima; chispeaba suagudeza con vivido centelleo; era entusiasta, fio-
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