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6. Por eso, ante todo, damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que nos ha sido regalado. Acogemos larealidad entera del Continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que seexpresa en las personas, familias, pueblos y culturas del Continente. Sobretodo nos ha sido dado Jesucristo, laplenitud de la Revelación de Dios, un tesoro incalculable, la “perla preciosa” (cf. Mt 13, 45-46), el Verbo de Dioshecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres y mujeres, a quienes abre un destino de plena justicia yfelicidad. El es el único Liberador y Salvador que, con su muerte y resurrección, rompió las cadenas opresivasdel pecado y la muerte, que revela el amor misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y destino de lapersona humana.7. La fe en Dios amor y la tradición católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas.Se manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que expresa “el amor a Cristosufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la reconciliación (…), - el amor al Señor presente en laEucaristía (…), - el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, - la profunda devoción a la Santísima Virgende Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y locales” (DI 1). Se expresa tambiénen la caridad que anima por doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados ydesamparados. Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la persona, la sabiduría ante la vida, lapasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir aún en condiciones muy difícilesque mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católicas permanecen en su arte, lenguaje, tradiciones yestilo de vida, a la vez dramático y festivo, en el afrontamiento de la realidad. Por eso, el Santo Padre nosresponsabilizó más aún, como Iglesia, en “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios” (Ibid.3).8. El don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de AméricaLatina y El Caribe: una realidad histórico-cultural, marcada por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abundael pecado – descuido de Dios, conductas viciosas, opresión, violencia, ingratitudes y miserias – pero dondesobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra Iglesia goza, no obstante las debilidades y miseriashumanas, de un alto índice de confianza y de credibilidad por parte del pueblo. Es morada de puebloshermanos y casa de los pobres.9. La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño es un nuevo paso en el camino de laIglesia, especialmente desde el Concilio Ecuménico Vaticano II. Ella da continuidad y, a la vez, recapitula elcamino de fidelidad, renovación y evangelización de la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos, quese expresó oportunamente en las anteriores Conferencias Generales del Episcopado (Río, 1955; Medellín,1968; Puebla, 1979; Santo Domingo, 1992). En todo ello reconocemos la acción del Espíritu. También tenemospresente la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América (1997).10. Esta V Conferencia se propone “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordartambién a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos ymisioneros de Jesucristo” (Ibid.). Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias,caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas turbulencias sociales y políticas, porla difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosasque tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan nuestros pueblos.11. La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en lasnuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión,peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa deideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedaddel Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, quesuscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres ymujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de suReino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza delEspíritu.12. No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas yprohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de lafe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismosblandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza “es el gris
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