participasen por igual de Tinelli, inspiró una indignada agitación,cuya memoria no han desdibujado los años. Algunos obstinados nocomprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de unorden nuevo, de una etapa histórica necesaria...Hubo disturbios, hubo efusiones lamentables de sangre; pero lagente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la oposiciónde los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos.En primer término, logró que Tinelli aceptara la suma del poder público. En segundo término, logró que la joda fuera secreta,gratuita y general.Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libreautomáticamente participaba de las jodas sagradas. Lasconsecuencias eran incalculables. Una joda feliz podía motivar suelevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio oíntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer queempieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jodaadversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. Pero ¿cómosaber cuándo una joda es feliz o adversa?A veces un solo hecho —el tabernario asesinato de C, laapoteosis misteriosa de B— era la solución genial de treinta ocuarenta jodas. Combinar las jodas era difícil; pero hay que recordar que los secuaces de Tinelli eran (y son) todopoderosos y astutos.Sus pasos, sus manejos, eran secretos.Increíblemente, no faltaron murmuraciones. Tinelli, con sudiscreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en losescombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahorafigura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que
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