hacer algo, porque no era posible pasarlopor alto. Aunque todavía conservaba sincrítica las creencias religiosas de mieducación piadosa, no me parecieron ni porun momento alivios de la certeza de lamuerte. Uno o dos años antes había visto yami primer cadáver, por sorpresa (¡y quésorpresa!): un hermano lego recién fallecidoexpuesto en el atrio de la iglesia de los jesuitas de la calle Garibay de SanSebastián, donde mi familia y yo oíamos lamisa dominical. Parecía una estatuacerúlea, como los Cristos yacentes quehabía visto en algunos altares, pero con ladiferencia de que yo sabía que antes estabavivo y ahora ya no. «Se ha ido al cielo», medijo mi madre, algo incómoda por unespectáculo que sin duda me hubieseahorrado de buena gana. Y yo pensé:«Bueno, estará en el cielo, pero también estáaquí, muerto. Lo que desde luego no está es
vivo
en ninguna parte. A lo mejor estar en elcielo es mejor que estar vivo, pero no es lomismo. Vivir se vive en este mundo, con uncuerpo que habla y anda, rodeado de gentecomo uno, no entre los espíritus... porestupendo que sea ser espíritu. Losespíritus también están muertos, tambiénhan tenido que padecer la muerte extraña yhorrible, aún la padecen». Y así, a partir dela revelación de mi muerte impensable,empecé a pensar.Quizá parezca extraño que un libroque quiere iniciar en cuestiones filosóficasse abra con un capítulo dedicado a lamuerte. ¿No desanimará un tema tanlúgubre a los neófitos? ¿No sería mejorcomenzar hablando de la libertad o delamor? Pero ya he indicado que mepropongo invitar a la filosofía a partir de mipropia experiencia intelectual y en mi casofue la revelación de la muerte -de
mi
muerte- como certidumbre lo que me hizoponerme a pensar. Y es que la evidencia dela muerte no sólo le deja a uno pensativo,sino que le vuelve a uno pensador. Por unlado, la conciencia de la muerte nos hace
madurar
personalmente: todos los niños secreen inmortales (los muy pequeños inclusopiensan que son omnipotentes y que elmundo gira a su alrededor; salvo en lospaíses o en las familias atroces donde losniños viven desde muy pronto amenazadospor el exterminio y los ojos infantilessorprenden por su fatiga mortal, por suanormal
veteranía...)
pero luego crecemoscuando la idea de la muerte crece dentro denosotros. Por otro lado, la certidumbrepersonal de la muerte nos
humaniza,
esdecir nos convierte en verdaderoshumanos, en «mortales». Entre los griegos«humano» y «mortal» se decía con lamisma palabra, como debe ser. Las plantasy los animales no son mortales porque nosaben que van a morir, no saben que
tienen
que morir: se mueren pero sin conocernunca su vinculación individual, la de cadauno de ellos, con la muerte. Las fieraspresienten el peligro, se entristecen con laenfermedad o la vejez, pero ignoran (¿oparece que ignoran?) su abrazo esencial conla necesidad de la muerte. No es mortalquien muere, sino quien está seguro de queva a morir. Aunque también podríamosdecir que ni las plantas ni los animalesestán por eso mismo vivos en el mismosentido en que lo estamos nosotros. Losauténticos vivientes somos sólo losmortales, porque sabemos que dejaremosde vivir y que en eso precisamente consistela vida. Algunos dicen que los diosesinmortales existen y otros que no existen,pero nadie dice que estén
vivos:
sólo aCristo se le ha llamado «Dios vivo» y esoporque cuentan que encarnó, se hizohombre, vivió como nosotros y comonosotros tuvo que morir.