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Sobre el Campus Party Bogotá, junio de 2011

Miguel Tejada

Ábranle un espacio a esta simple observación: cualquier palabrería en forma de salvación será despedazada y triturada por las fauces del triunfo humano, por la fulgente idea de progreso, o por la indiferencia del que ha decidido aspirar a nada. Así que si usted es de esos que todo el tiempo se la pasa ideando formulitas para que la gente viva en un mundo más responsable, más ético y más inteligente, es probable que tan pronto usted dé la espalda la gente diga cosas poco amables sobre su arrogante mesianismo.

Lo digo porque no es fácil compartir una reflexión crítica sobre la tecnología en un escenario abierto. Este es el arte de volverse indeseable. No es fácil aquí y no fue fácil en Campus Party. No es fácil compartir experiencias, y no es fácil sentir simpatía por el culpable del uso alegrón y poco consciente del verbo compartir. Trago agua y siento que mi garganta está al rojo vivo, así de jodido estoy.

A ver si lo digo de otro modo: a la gran mayoría de la gente este asunto de la consciencia y el uso crítico de la tecnología se la pela. Le vale hongo. Le vale tres pepinos, le vale un popó de colibrí. Estoy por convencerme de que la gente sabe para dónde va el tren. No conocen la ruta, no saben el nombre de las paradas, no miran con mucho interés el mapa–porque es aburrido y complicad– pero saben, en el fondo, dónde terminará todo esto.

Por supuesto, los avances tienen un fin. Algo útil, como poder abrir un lata de atún. Esta conclusión dista mucho del asombro con el que vemos un rostro generado por un escáner de tres dimensiones, o cualquier otra maravilla infrarroja que capture movimiento, cualquier sensor que me escuche y luego me pregunte si deseo algo. Hay que ver a la gente aplaudiendo como focas. Bien, volvamos a la lata de atún y veamos el rostro del bípedo que mastica, inexpresivo.

El sábado en la noche terminó la cuarta versión de Campus Party en Bogotá. No me quedé hasta el cierre porque el tumor cerebral que me produjo la inclemente descarga de ondas electromagnéticas tomó control de mi voluntad. Haz lo correcto, me dijo hacia las ocho de la noche. Y lo hice. Metí mis cosas en un morral y me largué, esquivando a la gente, colándome–sin proponérmelo–en sus fotos, en su celebración. Parecía una graduación; la gente se abrazaba y algunas mujeres lagrimeaban. Todos lanzaban cosas al aire y gritaban, felices, agotados, con sus extremidades atrofiadas, eufóricos, intercambiando números de teléfono, prometiéndose cosas, no sé qué. Esta gente, si la ven bien, no persigue posibilidad alguna en el mundo real; este encuentro es un oasis, una bocanada de aire. No hay posibilidades reales de estar con alguien porque eso es algo de segundo orden ya. Mírenlos. Miren sus pantallas.

Y bien, a mí tampoco me importa mucho aquel mundo real para sentirme realizado. En ese punto los puedo entender. Pero tengo que decirlo: he visto gente jodida aquí en esta fiesta tecnológica, de verdad. Jóvenes encorvados sobre sus teclados, con miradas resecas como mierda de perro a pleno sol, conduciendo autos de carrera en pistas virtuales, matando iraquíes virtuales, saltando entre nubes de azúcar sobre un lago de chocolate. O viendo fotos en Facebook. Así como suena. 4500 campuseros. No tengo el porcentaje exacto, pero este cuadro se repetía por donde uno caminara. De pronto sentías que el aire sobre aquellos cuerpos circulaba oleaginoso y sexual, si por sexual pensamos en algo fétido y malsano, algo estancado que brota burbujeante de vez en cuando hacia la superficie. Otra gente se refiere a esto como paja. Onanismo. Este es el rumbo de los emprendedores, de la gente hábil y talentosa.

En una tarima unos representantes del Gobierno Nacional defienden la famosa Ley Lleras, y le dicen a estos muchachos que no todo puede ser gratis. Un zumbido de desprecio hace vibrar los ductos de aire acondicionado. Los trinos en Twitter abuchean al unísono: la gente no quiere las cosas regaladas, imbéciles; solo quieren compartir. Compartir experiencias, compartir caracteres y fotos pixeladas, compartir música y videos. Eso es todo. La vida se pasa así. La gente del Gobierno se mantiene en su posición: El TLC no tiene reversa y este tipo de legislaciones a favor de los artistas y autores debe ser severa. La piratería debe ser combatida. Carcajada. A la gente empieza a interesarle más la presencia del ministro de las TIC, que está a unos pocos metros, en la tarima central. Está, como diría Fernando Vallejo, cagando por la boca las bondades del Gobierno Nacional. Hay unas cifras que lo dejan a uno pensando. Parecen muy buenas, en realidad. Muy positivas; se ha invertido, se han comprado equipos, se ha dotado a un sinnúmero de colegios pobres en todo el país. Muy bien ¿De qué nos podemos quejar?

Uno que otro campusero se asoma, toma asiento y se pone el computador portátil sobre las piernas. Y sigue tecleando y viendo fotos en Facebook. El ministro cumple con su deber. Termina su intervención respondiendo algunas preguntas en las que evidencia un manejo bastante aceptable de datos tecnológicos que al colombiano promedio le importan un cuerno. Y claro, esto es lo que queda en el aire: la tecnología llegará a todos. Punto. Fin. Los guardaespaldas cierran filas a su alrededor mientras el buen tipo se va, sonriente, acariciando la pantalla de su Smartphone. Que siga la fiesta.

Este es precisamente el mundo: la tontería y el sin propósito, el sentido común como algo en desuso. Como pseudo periodista, me pregunto ¿Está bien esto? Como pseudo pensador, me respondo: supongo que sí; así han funcionado las cosas. El aceite del cambio, lo que engrasa los piñones del progreso, en resumen, es la existencia de un altísimo porcentaje de indiferentes. El mundo sigue su marcha prácticamente solo. Algunas cabezas se la pasan trabajando día y noche en un laboratorio, clonando insectos y buscándole vacíos al algoritmo del cáncer. Muchos logran de verdad algo. Gritan su triunfo en la soledad de sus laboratorios a altas horas de la madrugada. El eco que rebota en las paredes es la confirmación de todo lo que importa en este mundo: lo hiciste tú. Ahora, compártelo. Y eso será tu vida: un intercambio de fórmulas y pasos, un paquete de revelaciones, de resultados. Cierras la tapa del computador y quedas respirando suavemente en la oscuridad. Hace años que no sientes deseos de dormir.

Anexo

¿Qué es lo que maravilla a un tipo ya entrado en sus 30 años de un video casero de dos gatos acicalándose y haciendo tonterías? Es un tópico: videos de gatitos en internet; quién ve estos videos, qué tipo de cuadros psicoafectivos tienen en la cabeza, etc. ¿A qué renunciaron? ¿De donde salieron? Un chicle temático mascado y sin sabor. Y sin embargo, no es el momento para dejar de sentir asombro por la cantidad de visitas que tienen estos videos en You Tube. Hay que ver a la gente aquí, desparramada, haciendo simbiosis con esos comodísimos butaquitos de cuerina. Hay que caminar entre ellos con la idea de ser mordido en cualquier momento. Claro, hay gente que parece menos transformada, gente que tiene una relación difícil (así la definen ellos mismos) con la tecnología; pelean con las máquinas, tienen todo tipo de problemas con la transmisión de datos, con la velocidades de conexión, con la configuración de las cámaras, en fin; y otros, jadean y transpiran, enamorados. Así que andar entre esta gente puede resultarnos familiar; una noche en un bar concurrido. Gente desplazándose de un nodo a otro. A veces hay transmisión, a veces no.

Anexo 2. Recuerden el rostro de alguien que acaba de sufrir un accidente cerebro vascular. Ahora añadan a esta imagen el resplandor azuloso de las pantallas.

Notes
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