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Resumen - Beatriz Bragoni (2002)

Resumen - Beatriz Bragoni (2002)

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08/27/2011

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Beatriz Bragoni
(2002)LA AGONÍA DE LA ARGENTINA CRIOLLA. ENSAYO DE HISTORIA POLÍTICA Y SOCIAL, C. 1870
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La historiografía argentina en los últimos años viene dando sólidos instrumentos para repensar el período que se abre en Caseros y culminacon la afirmación del poder de la Nación en 1880. Los senderos recorridos son diferentes como también lo son los instrumentos de los quese han valido los historiadores para revisitar algunos núcleos distintivos de aquel fragmento del pasado argentino. Los problemas parecenconcurrir sobre algunos viejos debates. Para los preocupados por la vida política, las formas a través de las cuales se fue configurando laarquitectura de un único centro de poder sigue operando como horizonte sobre el cual concurren diferentes maneras de abordar un problema que ocupó a sus protagonistas. Una perspectiva opuesta es la que en la actualidad viene siendo atendida por la literatura histórica.Se trataba de una perspectiva que respondía al clima de época el que invitaba a repensar el papel que jugaban los poderes territoriales olocales en la edificación de sistemas políticos unificados. El marco hispanoamericano a inicios del ochocientos presentaba un laboratoriode experiencias políticas lo suficientemente rico y plural como para ensayar nuevas interpretaciones sobre la conformación de una veintenade naciones que emergieron como consecuencia de la pulverización del poder colonial al despuntar el siglo XIX.A diferencia de otras experiencias latinoamericanas, y en contraste con las expresiones federales que florecieron durante la primera mitaddel siglo XIX, la arquitectura federal del país habría de converger en una solución republicana ecléctica que amalgamó el legado unitariodel antiguo régimen y las tendencias de autonomía provincial que vitalizaron el proceso político posterior a 1820. Con todo, entre 1852 y1880 un rosario de conflictos dirimidos en diversas claves políticas –y también sociales- ocupó el territorio entero de la nación en ciernes.A juicio de
Halperin Donghi
los núcleos distintivos de ese sinuoso itinerario terminaron dando forma a un federalismo particular queterminó por subsumir las insurrecciones facciosas y las posteriores oposiciones entre porteños y provincianos en la creación de unaautoridad superior que derrotara a ambas en procura de la institucionalidad definitiva.En el esquema nuevo de las relaciones políticas, la dimensión territorial no sería un escenario yermo sino un denso espacio políticomilitarizado. La vitalidad de la campaña “bárbarahabría de ser protagonista indiscutida de aquellos años en función de sus variadasresistencias al poder unificador. En esa succión progresiva de relaciones de fuerza, el disciplinamiento del Estado penetró en las eliteslocales, disipó amenazas y disciplinó a los más rebeldes. Pero sería un error asignarle un dominio extremo que impidiera a los podereslocales interceptar sus propios recursos en el resultado definitivo.De esta forma el cuadro de relaciones políticas y sociales que aquellos años muestran una especie de mosaicos que prefiguran siluetasmultiformes susceptibles de ser miradas desde diferentes perspectivas. En ocasiones se unen, en otras se desgajan dando paso a una cadenade fragmentos o eslabones cuya clave interpretativa consiste en el sentido de los nexos que las unen. Todo depende entonces de donde pongamos el foco.
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Tras Pavón, Mitre se proclamó Presidente provisional y consiguió extender su influencia en el país estableciendo alianzas con algunosgobernadores y desplazando a los opuestos. Poco después era elegido Presidente para el período 1862-1868. Después de una década detensiones latentes entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires, el país se unificaba bajo un liderazgo porteño. Después de Pavón nofueron pocos los que creyeron que Mitre representaría un liderazgo capaz de neutralizar las pasiones que hasta el momento habían divididola opinión argentina. Todo parecía indicar que la pacificación sería definitiva. Sin embargo, el clima político habría de mostrar que la pazestaba lejos de estar asegurada. Los desacuerdos estallaron, pues, en torno a quienes debían conducir los destinos de la nación, y de lasformas efectivas que adoptaría el régimen político. Para los enrolados en el nacionalismo mitrista, el orden político a construir debía estar fundado en el
consenso liberal 
en el cual Buenos aires ocupaba un lugar de privilegio. Cualquier disenso debía ser eliminado en procura deuna uniformidad de opinión que asegurara para siempre la gobernabilidad del país. Mientras que en la misma Buenos Aires las resistenciasfueron encabezadas por los autonomistas, férreos defensores de los intereses locales, liderados por Adolfo Alsina, en otras provincias elfragor republicano y unitario del mitrismo habría de dejar una huella perdurable poco favorable a su pretensión de uniformar la opinión bajo los preceptos liberales así entendidos. Las discordias dieron origen a una cadena de insurrecciones regionales que ocuparon la enterageografía del país. Para entonces la lucha facciosa recrudeció en Cuyo, más precisamente en San Juan, dejando como saldo tresgobernadores asesinados en el lapso de pocos años. En 1858 fue asesinado el caudillo federal Nazario Benávidez, después el entrerrianoleal a Urquiza, José Virasoro; finalmente el unitario sanjuanino Antonino Aberastain. El poder del gobierno nacional se asentó en territoriocuyano. Junto a los coroneles Paunero y Rivas, Domingo F. Sarmiento arribaba a su provincia natal como auditor de guerra quién no tardoen ser nombrado gobernador interino para ser electo luego gobernador propietario.
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Con Pavón el campo federal experimentó una reformulación de liderazgos y de las formas de ofrecer resistencia a la política liberal yunitaria representada por Mitre y sus aliados provinciales. En 1862 la oposición a la política unitaria la encabezó el general Ángel VicentePeñaloza y las montoneras federales de La Rioja. A juicio del gobierno nacional, Chacho se había convertido en un obstáculo que impedíala pacificación. Mitre tomó dos vías para sofocar la insurrección montonera: encomendó al gobernador de San Juan, Sarmiento, una“guerra de policia”, y envió al general Paunero a combatir al caudillo y sus montoneras gauchas. Tras ser derrotado en Las Playas, elgobierno ordeno su persecución y captura. El comandante Pablo Irrazábal lo localizó en Olta, su villorio natal y base territorial de suascendiente social y político: después de asesinarlo expuso su cabeza en la plaza del pueblo. Después de ocho meses de guerra, la rebeliónfederal era vencida. La paz sería precaria. En 1865 una montonera que aglutinó a unos 500 gauchos elevó nuevamente el pendón federal.En noviembre de 1866 una rebelión en Mendoza consiguió desplazar del gobierno a la elite liberal y logró extender su influencia en SanJuan ganando adeptos incluso en algunas regiones cordobesas. Como en La Rioja, el gobierno revolucionario edificado por los federales deMendoza no tuvo garantías de perdurar: unos meses después los “colorados” fueron vencidos por las fuerzas nacionales, y con ellosconcluía el último experimento federal en la provincia.La marea antiporteña ocupó de vuelta el espacio riojano cuando Felipe Varela lideró la última rebelión federal del interior andino en 1866.El reclamo de Varela se conectaba con una vieja disputa de la argentina criolla. Los contrastes habidos entre la exitosa integración de laeconomía bonaerense en el mercado mundial y la sostenida pauperización de vastas regiones argentinas –agudizada por las contribucionesforzosas que, en trabajo, hombres y bienes, imponía el Estado nacional o provincial a la población nativa- daba lugar a que Varelaesgrimiera con vigor su encendida proclama contra la política de Mitre. La proclama americanista de Varela no caía en el vacio. En 1865 elgobierno argentino había terminado por declarar la guerra contra Paraguay después de acordar con Brasil y Uruguay una alianza dispuestaa derrocar el gobierno de Francisco Solano López. Sin embargo, la Guerra de la Triple Alianza en la que sucumbió Paraguay no estuvoausente de resistencias y deserciones que se manifestaron tanto en provincias distantes del teatro de la guerra como también de las quecompartían escenarios naturales y culturales semejantes, como las litoraleñas.
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Hacia 1868 la administración de Mitre fue identificada como una administración de guerra que había “enlutado la patria” y había perdidoadeptos en Buenos Aires y en el interior. El liberalismo mitrista entraba en el ocaso. El deterioro de la fuerza política de Mitre se advirtióen los preparativos electorales que habrían de consagrar a Sarmiento en la presidencia del país. El clima guerrero en el que habíadesembocado el republicanismo liberal se advirtió en el sostenimiento de su candidatura cuando Lucio V. Mansilla activó el apoyo de loscuerpos militares desde el frente paraguayo. De inmediato la figura de Sarmiento ganó adeptos entre aquellos “procónsules” destinados asofocar las defecciones en las provincias e instalar o apoyar gobiernos leales al poder central.La presidencia de Sarmiento (1868-1874) habría de coronar uno de los itinerarios políticos más emblemáticos del siglo XIX. Susdiagnósticos sobre la realidad argentina –representada en el binomio
Civilización y barbarie
- habría de transitar por la obediencia alEstado nación, es decir, el reconocimiento de un poder institucionalizado que ejerciera el monopolio de la violencia que iba en detrimentode los poderes territoriales y la política facciosa, la confianza en el imperio de los derechos civiles como condición indispensable paratransformar el “desierto argentino” en una próspera nación de inmigrantes, y l confianza en la educación popular como herramientaindispensable para edificar un país democrático. Su persistente preocupación por vitalizar el desarrollo de las bases materiales del paísimpulsaron la gestión sarmientina a desarrollar tres políticas fundamentales: la transformación agraria, las comunicaciones y elconocimiento. Con todo, el clima político complejo que vivía aquella Argentina en los albores de la gran expansión económica que iba amodificar de cuajo la sociedad que la había impulsado, habría de dar origen a nuevas insurrecciones locales. En 1870 Urquiza fueasesinado en su palacio de San José de Flores. La actitud prescindente de Urquiza en los embates de los federales del interior, el manejo dela administración local y su progresivo acercamiento con las autoridades nacionales terminaron por quebrar la lealtad de sus antiguossubalternos. La rebelón jordanista envolvía a la provincia. Sarmiento respondió con el envío de una intervención armada al mando deEmilio Mitre quien no tardó en enviar emisarios a los departamentos provinciales para inclinar, por la vía del dinero, la adhesión de los principales jefes militares a favor de la intervención. López Jordán, electo gobernador por la Legislatura, declaró la guerra a la intervenciónsarmientina en defensa de la autonomía provincial. Vencido en Ñaembe, López Jordán se alojó en Federación, donde permaneció hasta el 1de mayo de 1873 cuando invadió nuevamente la provincia y logró sólo controlar algunas localidades aledañas. El enfrentamiento queliquidó a los rebeldes se produjo en Don Gonzalo el 9 de diciembre y duró pocas horas.
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 No fueron pocas las economías regionales que languidecieron en las últimas décadas del siglo XIX. El paisaje argentino de aquel entonces presenta diferentes escenarios que como piezas de rompecabezas contorneaban la compleja y diversa geografía nacional. El resultado, enconsecuencia, ofrece una variedad de fenómenos desiguales por provincias y por regiones. Jujuy quizás ilustre con precisión las diferentesmodalidades de la reestructuración económica del siglo XIX. Mientras que en los vales subtropicales se impondría la caña de azúcar, en elmarco de la gran propiedad ganadera, en los valles centrales, de antigua colonización, pequeños y medianos propietarios de origenindígena dinamizaron un proceso de campenización en los albores del siglo XX. En la Puna, en cambio, un delicado equilibrio venía
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nutriendo las relaciones entre terratenientes y los campesinos dedicados al pastoreo y a los cultivos de subsistencia. Sin embargo, entre1860 y 1875 el aumento del precio de los arriendos hizo estallarlo en pedazos cuando los levantamientos indígenas inundaron la Puna.El caso de Tucumán fue distinto. Un cambio espectacular se produjo a partir de 1876 cuando la llegada del ferrocarril disminuyó el costode los traslados favoreciendo la importación de maquinarias, y las políticas públicas favorecieron un desarrollo regional. Los ingenios deacero impulsados por máquinas de vapor e iluminados por luz eléctrica modificaron el paisaje tucumano introduciéndose también en Salta,Jujuy y Santiago del Estero. Sin embargo, en 1872 la innovación tecnológica era incipiente, en consecuencia, estos emprendimientosagrícolas y manufactureros requerían de uso intensivo de fuerza de trabajo.En las provincias de Cuyo, más precisamente en el oasis de riego de Mendoza (y también de San Juan) indicios relevantes de latransformación agraria se manifestaron abiertamente hacia 1870. Desde 1874 la elite provincial promovió activamente la producciónvitícola con el fin de abastecer el mercado interno de vinos hasta entonces controlado por comerciantes e importadores catalanes. Como enTucumán, el ferrocarril redujo el precio de los fletes y agilizó el traslado de los caldos cuyanos mejorando su calidad en los puntos dedestino. Por aquel entonces, la ciudad de Mendoza conocía un nuevo emplazamiento urbano después que un terremoto dejara la ciudad ysus alrededores en ruinas en 1861.
En aquella Argentina conmovida por una larga crisis de las economías regionales y lacerada por la guerra, la región pampeanaexperimentó un ciclo de prosperidad sin precedentes cuyos vestigios se anunciaban ya a fines del siglo XVIII, y que adquirió vigor despuésde 1820. Inmigrantes europeos y colonización se convirtieron en un binomio que produjo experiencias reveladoras en Entre Ríos y SantaFe, ambas promovidas por los gobiernos provinciales o por compañías privadas que facilitaron su radicación. La experiencia colonizadoratuvo un éxito contundente al otro lado del Paraná y alcanzó un ecosistema agrario delimitado por el centro y sur de Santa Fe, el norte deBuenos Aires y sudeste de Córdoba extendiéndose más tarde al territorio de La Pampa. La pampa gringa quedó retenida en las pupilas demuchos como un rasgo distintivo de la experiencia migratoria y sus favorables efectos sociales y económicos. Con los años las cifrasaumentaron, y a medida que se sumaban miles de hectáreas alambradas al cultivo del cereal, fueron emergiendo nuevos pobladoscomunicados entre sí y conectados a las estratégicas vías del ferrocarril que permitían transportar los granos a molinos y silos del puerto deRosario, para entonces la segunda ciudad del país.La población rural de Buenos Aires creció estrepitosamente después de Caseros. El nervio que alimentó la expansión dependió de laextensión progresiva de la frontera activada por la rentabilidad de la producción agraria en el mercado mundial. Grandes estancias quecontrataban trabajadores, empresas familiares, arrendatarios, aparceros y trabajadores ocasionales entretejieron la trama de la campaña deBuenos Aires. El corrimiento de la frontera suponía una importante movilidad geográfica y social. Primero irlandeses y españoles, un pocomás tarde vascos, franceses y daneses recorrieron caminos sinuosos de la pampa participando de la expansión agraria en las tierras del sur de Buenos Aires. Las experiencias personales, familiares y étnicas fueron diversas.
Los bordes de la frontera agraria eran frágiles y porosos. Toda una línea de fortines miserables recorría los confines de Buenos Aires,Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza. En la frontera convivían distintos personajes. Junto a soldados regulares, milicianos, desterradosy presos, la vida del fortín integraba a mujeres que seguían a sus compañeros. Más allá de la frontera emergía el mundo del desierto que sefundía con la naturaleza misma. Era el lugar de las tolderías indígenas que habían sobrevivido a la invasión civilizatoria a través deestrategias disimiles que incluían el intercambio y la resistencia. Momentos de paz. Momentos de guerra. Ese era el escenario de lasrelaciones entre las comunidades indígenas del sur y los gobiernos criollos entre 1820 y 1880. Un sistema de alianzas que se modificaba amedida que avanzaba el límite de la frontera imprimió las relaciones entre los diferentes grupos indígenas entre sí, y entre ellos y losgobiernos provinciales responsables del cuidado de la frontera. El comercio, el conchabo y el malón ocuparon la ancha frontera delimitada por la línea de fortines hasta que las zanjas fueron reemplazadas definitivamente por una lógica guerrera que terminó por incorporar losterritorios del sur en 1879. Se cumplía con un sostenido reclamo de los grupos propietarios argentinos. Con ello, el Estado nacionalaseguraba la ampliación de campos de pastoreo, y daba seguridad y garantías a la propiedad rural.
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Antes y ahora, la decisión de migrar se toma en familia y supone elegir el momento y el destino por lo que el manejo de información seconvierte en un recurso fundamental. En el caso de los pioneros el arribo al país resultaba más complicado que para los que después leseguían. Con poca información y sin contactos las situaciones por as que podían atravesar eran difíciles. En cambio, para sus parientes y paisanos el panorama era menos incierto: al llegar al puerto de Buenos Aires alguien los esperaba, y les prestaba ayuda y asistencia hastaconseguir trabajo. Buenos Aires representó el principal foco de atracción de extranjeros: punto obligado de desembarco y nudo principalde comunicaciones con otras regiones del país, la ciudad y sus alrededores eran el escenario de millares de personas que podían estar de paso, que se movían de un sitio a otro en función del dinámico mercado de trabajo o que se radicaban definitivamente.
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