31.Los homicidios estataleso crímenes de masas
La criminología académica guardó un llamativo si-lencio acerca de los asesinatos masivos estatales, ape-nas interrumpidos por algún artículo aislado, como elde Leo Alexander en 1948 o el libro de SheldonGlueck de 1944 sobre crímenes de guerra. En el filode este siglo los trabajos son más frecuentes: Alex Al-varez (1999), William Laufer (1999), Georges S. Ya-coubian (2000), Andrew Woolford (2006) y en espe-cial Wayne Morrison, neocelandés profesor en Lon-dres, que en 2006 publicó un libro titulado
Criminolo- gía, civilización y el nuevo orden mundial
.Por ser este último el más extenso y analítico, lo to-mamos como referencia.Morrison recuerda que Hobbes separaba el espacio ci-vilizado del no civilizado (de guerra de todos contra to-dos), cuya presencia constituía una amenaza, y afirmaque esta línea hobbesiana se quebró cuando el mundoincivilizado irrumpió en el corazón del civilizado el 11de septiembre de 2001, destruyendo el símbolo de esemundo funcional y utilitarista de la globalización.El World Trade Center era el máximo templo de latecnología y la seguridad y su caída convirtió de re-pente al espacio
civilizado
en
tercermundial.
De pron-to, los residentes del espacio civilizado tomaron con-ciencia del mundo externo, lo que fue muy impactan-te para los Estados Unidos, que había sido muy afor-tunado en su propio territorio.A partir del 11 de septiembre la administración deBush reforzó su discutible origen y escaso prestigiocon un discurso que confunde la guerra con el crimenpara volver porosa la frontera entre el control internoy externo, borrando los límites hobbesianos.Bush agitó el nacionalismo, tomó de la
tolerancia ce-ro
la idea de prevención y la llevó a la guerra y mani-puló la tecnología de la comunicación para declararla guerra a Irak sobre la base de una mentira. Pero semovió con reglas diferentes, pues las válidas para losotros
civilizados
no fueron las que aplicó frente a los
incivilizados
, o sea, en la lucha en la
jungla
, lo que noes más que otra faceta de la doctrina de la seguridadnacional y de la guerra sucia.Morrison afirma que
el presente se caracteriza por unavuelta de la emocionalidad, un nuevo popularismo, politi-zación, un sentido de crisis, un sentido de normalidad dealtas tasas de criminalidad, una nueva relación del crimencon los medios masivos, una pérdida de confianza en laexperticia del estado de bienestar.
Morrison reconoce que la criminología es el productode un sector del planeta, cuyos estados se construyeronsobre la violencia y el genocidio, con cita de Bauman:el triunfo de unas pocas etnias sobre otras llevó a la des-trucción de los vencidos y la historia la escribieron losvencedores, mostrando su
civilización
como un caminode progreso hacia la pacificación de la vida cotidiana.Por otra parte, señala que las cifras de criminalidadregistrada que se reportan en los países donde ha habidogenocidios no incluyen los cientos de miles y a vecesmillones de muertos por ese crimen. Para la estadísticacriminal sólo cuentan los homicidios
normales
. Con to-da razón señala Morrison que existe una estadística cri-minal que registra en forma de
apartheid criminológico
.La criminología sólo recoge datos domésticos y con-dicionados por el poder de las naciones-estado, for-madas por medio de la violencia y dominando a otrasde igual modo. Por ende, la criminología es un discur-so muy parcial, construido en torno de un
mundo dehechos
políticamente delimitado.De inmediato presenta una tabla impresionante decrímenes masivos cometidos desde 1885 hasta 1994,reconocidos y no reconocidos, de la que nos ocupare-mos más adelante. Ante estos millones de cadáveresque la criminología no toma en cuenta en sus estadís-ticas, formula los siguientes interrogantes, que quedanabiertos:
¿Podemos globalizar la estadística criminal? Si parte del objeto del análisis estadístico de Quetelet era me-dir la tasa normal de crimen en una sociedad y así deter-minar el riesgo ¿cómo se puede crear una imagen estadís-tica de una sociedad mundial de riesgo?
Volveremos másadelante sobre esta posibilidad.Pasa revista a toda la criminología neocolonialista ya los crímenes legitimados (Congo, Namibia, Benin,etc.). Señala que la criminología no reparó en Nürn- berg ni en Tokio, por considerarlos crímenes de gue-rra, violatorios de las reglas que las mismas potenciascolonialistas no respetaban en sus colonias. Pero siHitler los hubiese cometido sólo dentro de las fronte-ras alemanas, ¿los campos de concentración hubiesenquedado impunes? Sostiene que ha habido ambigüe-dad en el juzgamiento, que la víctima era la humani-dad, pero que no dejó de pesar que las víctimas con-cretas fuesen judíos, gitanos y gays.Afirma que la criminología consideró que los gran-des crímenes del pasado siglo son
excepciones de lasque la criminología –como ciencia de operaciones norma-les de control llevadas a cabo por el estado– no necesitaocuparse. En el caso del Holocausto, la imagen de loscampos de concentración reafirma esta distancia, asegu-rando que se trata de lugares verdaderamente excepciona-les que no volverán a existir nunca
. Niega rotundamente la explicación del
camino espe-cial
–el
Sonderweg
– del nazismo y de la patologizaciónde la Shoá, dado que las personas que participaron ac-tivamente en esos crímenes eran
normales
y muchosde ellos volvieron a la vida corriente sin dificultades.Compara las ejecuciones
ejemplificadoras
–como lade Túpac Amaru, descuartizado públicamente– quetenían por objeto la reafirmación de la verticalidad delpoder (
Miren lo que les vamos a hacer si se resisten
) conla secreta
fabricación de cadáveres
en los campos de ex-terminio, como dos objetivos por completo diferentes.Al momento de escribir afirma que entre Bush yBin Laden media un juego de espejos, pues sin BinLaden, Bush no hubiese obtenido poderes extraordi-narios ni hubiese podido ganar las elecciones.Observa que al asignársele al terrorismo el
status
deacto de guerra se lo excluye de las garantías penales,al tiempo que, no tratándose de combatientes regula-res, se los excluye de la Convención de Ginebra, que-dando a disposición de las órdenes del más poderoso,que es quien resuelve en la excepción, señalando estocomo el equivalente actual de la ley marcial en los re-gímenes coloniales y del
Führerprinzip
en el nazismo.Aunque no lo dice, es claro que esta es la tesis cen-tral de la definición de
lo político
de Carl Schmitt y laverificación de que se intenta una trágica planetariza-ción de la llamada
doctrina de la seguridad nacional
delos años setenta sudamericanos.Esta senda teórica es una de las que desde la perife-ria debemos reelaborar y profundizar, porque nos in-cumbe muy directamente, pero además es desde don-de podemos detectar más fácilmente el papel centraly protagónico del poder punitivo.
32.El neopunitivismo
Las características del estado norteamericano hancambiado totalmente desde el establecimiento de loque se denomina
New Punitiveness (neopunitivismo).
Insisto en los caracteres del nuevo rostro del siste-ma penal norteamericano: uno de cada tres hombresnegros entre veinte y veintinueve años se halla en lacárcel, un norteamericano de cada cien está en pri-sión, tres más están sometidos a vigilancia con proba-tion o con
parole
, se inhabilita a perpetuidad para vo-tar a cualquier condenado por cualquier delito, se di-funde el
three strikes and you are out
(o sea, una penade relegación perpetua para los simplemente
moles-tos
), se expulsa de las viviendas sociales a toda la fa-
II
JUEVES 25 DE AGOSTO DE 2011JUEVES 25 DE AGOSTO DE 2011
III
milia del condenado, se lo priva de todos los benefi-cios sociales, se restablecieron los trabajos forzados, seejecutaron unas 1300 penas de muerte desde el finalde la moratoria de los setenta (incluso a enfermosmentales y menores), los gobernadores hacen campa-ñas para su reelección rodeados de retratos de los eje-cutados a los que no les conmutaron la pena, se con-dena sin juicio mediante extorsión, los testigos de car-go son comprados con impunidad, se practican losmétodos más inmorales de investigación, se instiga ala denuncia dentro de la familia,
lo posmoderno recupe-ra todas las características de lo premoderno inquisitorial.
De poco ha servido la caída del muro, porque el
sta-linismo penal
ha renacido en los Estados Unidos y seofrece como modelo mundial. De esto se ocupan mu-chos criminólogos, pero como no puedo mencionarlosa todos, nos ocuparemos de los tres más notorios: Da-vid Garland, Loïc Wacquant y Jonathan Simon.Garland, formado en Edimburgo pero que tambiénenseña en New York, publicó varias obras; la que másnos interesa es
La cultura del control
de 2001.Afirma que en la sociedad posmoderna reina unasuerte de esquizofrenia, que por un lado da lugar auna
criminología de la vida cotidiana
, que apela a todoslos recursos preventivos mecánicos, electrónicos,etc., pero por otro a una
criminología del otro,
que re-sucita en definitiva las versiones más tenebrosas delviejo positivismo.La criminología de la
vida cotidiana
incorpora al de-lito como
riesgo normal
y nos llena de ingenios huma-nos preventivos, o sea que la prevención del delito nodepende de valores morales, sino de obstáculos físicosque privan de oportunidad. En este sentido contrastacon la tradición conservadora que entiende que laprevención depende de los valores morales y del res-peto a la autoridad.Pero por otro lado aparece la criminología
del otro
, basada en la venganza, que se expresa como exclu-sión, defensa social, neutralización del sujeto peligro-so, o sea, que usa el discurso del viejo positivismo peroen un sentido bien vindicativo.La contradicción es clara: el delito no puede ser tannormal como la lluvia y al mismo tiempo dramatizarseal máximo, usando vocabulario militar o guerrero ypresentando al infractor como un sujeto irreductible-mente malo al que se debe aniquilar.Wacquant es francés, profesor de la Universidad deCalifornia (Berkeley) e investigador del Centro deSociología de París. También ha publicado variasobras al respecto en los últimos diez años.Para Wacquant la tensión señalada por Garland res-ponde a un sistema
posfordista
que precariza el trabajo,profundiza las discriminaciones y segregaciones de cla-se y raciales, relega a los sectores más golpeados por lapolítica llamada
neoliberal
a los barrios más pobres,marginales y alejados y monta un aparato punitivo decontención que configura lo que llama un
estado penal
.Afirma también que este
estado penal
continúa el ra-cismo del
apartheid
que –según sostiene– nunca des-apareció de las prácticas burocráticas norteamerica-nas, por lo que lo considera también un
estado racial
.En realidad es llamativo que en 1989, por primeravez en la historia de los Estados Unidos, la poblaciónpenal negra sea mayoritaria en las cárceles. Para Wac-quant esto lo provoca la política de expulsión del mer-cado laboral, que hace económicamente innecesaria osubempleada y mal paga a una parte de la población,que soporta el trabajo como una obligación ciudadana,siendo funcional mantener esa posición subordinada lacriminalización de la pobreza, claramente emprendidaa partir de los años ochenta del siglo pasado.Además, la precarización del trabajo hizo desapare-cer la solidaridad del
gueto
, que fue reemplazado porun
supergueto
sin sentimiento comunitario, lo queprovoca la victimización de los pobres (los de la villaroban en la villa).Es claro que Wacquant sostiene una interpretación
estructural
del fenómeno frente a la
cultural
de Gar-land. Lo cierto es que Wacquant se detiene poco enlos cambios políticos generales y en el propio sistemapenal que fueron preparando el terreno para el giroautoritario, o sea que no repara en la transformacióninstitucional que se produjo en las últimas tres déca-das y que, sin duda, incidió en el giro represivo delpoder punitivo estadounidense. Jonathan Simon es profesor en Berkeley y en 2007publicó
Governing through Crime, How the War on Cri-me Transformed American Democracy
, en que lleva acabo una interesante investigación que a mi entenderno se opone a la tesis culturalista de Garland ni a laestructural de Wacquant, sino que las completa, ana-lizando en profundidad cómo se fue gestando la tre-menda transformación institucional y social que des-embocó en el autoritarismo penal actual.Atribuye esta explosión represiva a la lenta pero in-cesante deslegitimación del estado de bienestar, fijan-do su comienzo en la agresiva campaña del conserva-dor Barry Goldwater en 1964, basada casi por comple-to en la consigna de
ley y orden
. A ella siguieron las
guerras
contra la
droga
de Nixon, Reagan y Bush pa-dre, para culminar con la
guerra al terrorismo
de su in-olvidable hijo después del 11 de septiembre de 2001.Para Simon todo esto configura una
governance
osea, una técnica de gobierno, que caracteriza como un
gobierno mediante el crimen
y que es por completoopuesta a la tradición liberal.La clave de su interpretación se halla en que cuan-do se gobierna
mediante el crimen
el modelo punitivo–y vindicativo– se vuelve una técnica general de go- bierno, o sea, que se extiende a todas las formas socia-les: va desde el estado nacional hasta la escuela, inva-de el ámbito privado y las relaciones familiares, ame-naza la democracia en todas las instituciones.Simon previene muy especialmente sobre la amena-za a la democracia que puede implicar la víctima-hé-roe:
La democracia americana está amenazada por el sur- gimiento de la víctima del delito como modelo dominantedel ciudadano, como representante de la gente del común,cuyas necesidades y capacidades definen la misión del go-bierno representativo.
Según Simon, la
Safe Streets Act
de 1968 de Lyndon Johnson marcó un cambio fundamental, pues se pasódel modelo del trabajador manual como el ciudadanocomún del imaginario colectivo, al de la víctima, seña-lando el comienzo del
gobierno mediante la criminalidad.
El proceso se aceleró porque desde Reagan hastaBush todos los presidentes fueron antes gobernadoresde estados (salvo Bush padre, que venía de la CIA, loque no alteraba la tónica), que trasladaron al gobiernofederal la modalidad vindicativa de la política provin-ciana, donde los fiscales son elegidos por voto populary adquirieron la práctica de fabricar víctimas-héroescomo modo de dar el salto a las gobernaciones, sobrela base de campañas vindicativas.Estas campañas estigmatizaron a los jueces comoenemigos aliados o encubridores de los criminales yresponsables de la inseguridad frente al crimen, lo quemotivó las reformas legislativas que impusieron penasfijas o redujeron la posibilidad de valoración judicial(son reacciones políticas frente a los
jueces garantistas
).Los políticos que al legitimar el desmantelamientodel estado de bienestar lesionan los derechos de todala población, tienen la oportunidad de reivindicarse,mostrando su inexistente preocupación por la seguri-dad mediante las leyes más autoritarias, atendiendo al
reclamo público
del que las víctimas-héroes son su van-guardia (caso Blumberg), al tiempo que el modelo pu-nitivo se va derivando a todas las instituciones y for-mas sociales, públicas y privadas.
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