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CASTORIADIS
1) CASTORIADIS
Conrado Tostado
2) HOY
Cornelius CastoriadisPalabras finales de ``Hecho y por hacer'', 1989.
CASTORIADISConrado Tostado
La Jornada Semanal, 22 de febrero de 1998http://www.jornada.unam.mx/1998/feb98/980222/sem-conrado.html Hace unos días murió Cornelius Castoriadis, uno de los pensadores más influyentes denuestros días. En su obra, Castoriadis no se limitó a reseñar las contradicciones delsocialismo real y llevó sus interrogantes a los valores de la sociedad occidental. ConradoTostado, quien fue su alumno en el Seminario , hace una semblanza del autor de Lainstitución imaginaria de la sociedad. Publicamos también un texto de Castoriadis sobrelos retos del futuro.En 1983, Castoriadis traducía y comentaba el ``Discurso fúnebre'' de Pericles, enparticular el pasaje donde se pregunta por qué murieron aquellos ciudadanos ateniensesen combate y responde, según éste: ``Vivimos en y para la belleza con sencillez, en ypara el razonamiento -o la interrogación razonada- sin desmayo.'' Aquellos ciudadanos,añadía Castoriadis, entraron en batalla por amor a su manera de vivir, a la democracia,algunos de cuyos objetivos -y razones- definía Pericles con aquellas palabras, que paraCastoriadis eran la respuesta y a la vez el enunciado de una de las preguntas quefrecuentaba y que más me conmovieron a lo largo de los cinco años que asistí a suseminario (el cual, en uno de sus aspectos más urgentes, se podría ver como una
 
Defensa de la política -título que sugerí para una antología inédita de sus ensayos-,entendida como duda y recreación del sentido de la institución social y no como esaactividad, a la vez burocrática y falsamente técnica, de administración y lucha por elpoder, a la que se ha reducido); Castoriadis se preguntaba, repito, si los valores políticosbastarían por sí mismos para que los individuos desearan la democracia; si no seríannecesarias metas más allá de ellos, como las que refería Pericles. En otras palabras, si lademocracia era deseable o necesaria porque resultaba la única manera de hacer ¿qué? -y aquí, cada sociedad tendría que volver explícitos sus propios fines. Pues se puede crearriqueza o bienestar, por ejemplo, bajo un régimen despótico. Por lo demás, en otrosmomentos de sus ``elucidaciones'', como optó por llamarlas, Castoriadis se preguntaba siel ``bienestar'', si los placeres de la vida privada, eran un objetivo digno para la vida. Vivir``en y para'' la belleza sin amaneramiento, ``en y para'' la búsqueda razonada y sindesmayo de la verdad fueron, sin duda, algunos de los sentidos de la vida de CorneliusCastoriadis.Por fatiga o cinismo, irresponsabilidad o falta de imaginación, las palabras ``belleza'' y``verdad'' han caído en descrédito; además, debo decir que raras veces se encuentran ensus escritos -prefería expresiones como ``presentación del abismo''-, y que ahora lasasocio con dos momentos enigmáticos de su seminario: a lo largo de meses reflexionósobre el sentido de la tragedia griega; el silencio que seguía a sus exposiciones siempreresultaba embarazoso (``¿Por qué no comentan ni preguntan? ¿Todo está demasiadoclaro? ¿O demasiado oscuro?''), al grado que, cuando comenzó a llevar su grabadora, noeludí la humillante impresión de que ese aparato nos sustituía y en cierta ocasión lepregunté, de un modo rudimentario: ``Nos podemos equivocar sobre el sentido de unatragedia, ¿no es cierto? Se han escrito bibliotecas enteras acerca de ellas'', ante lo cualarrugó su frente y gruñó: ``Sí, claro. Pero nunca nos equivocamos sobre su belleza''; memiró un instante con seriedad, sonrió y me devolvió la pregunta: ``¿De verdad?¿Podemos percibir su belleza sin entender su sentido?'' En otro momento, a propósito delo que ahora provisionalmente llamo ``verdad'', evocó la incomparable experiencia delfilósofo a quien, tras arduas meditaciones, ``la cosa le sonríe''.Siempre reflexionó y actuó* en contra de algo, para abrir el camino, en las ideas y en lapráctica, a la autonomía individual y colectiva; para afirmar y esclarecer el concepto de``creación'' -y sobre todo, de ``autocreación''-: de hecho, su último libro, donde recogería
 
lo esencial de su mirada sobre la psiquis y lo social-histórico y que tal vez dejó inconcluso,se habría llamado La creación humana. Y ese ``algo'', en la mayoría de los casos, fue elubicuo determinismo -cuya última versión en Occidente la proporcionó el racionalismo,marxista o freudiano, estructuralista o lacaniano, para mencionar algunas corrientes quele tocó enfrentar en lo inmediato y antes que muchos otros pensadores-; es decir, una delas maneras -otra es la religión- de ocultar la autocreación del ser y justificar lo que élllamó ``heteronomía'': la sujeción del hombre, en lo social-histórico, a una ley que siendoproducto suyo, cree invariable y ajena a una comprensión, en el campo del pensamiento,exterior a las cosas y por lo tanto limitada y banal. En sus últimos años, también fustigó laincapacidad complaciente que dio lugar al ``posmodernismo'', la ``deconstrucción'' y otrascorrientes que hasta hace poco se veían con glamour en las universidades. Más allá deestas polémicas, su obra resulta un antídoto contra la increíble inercia que transformó a lafilosofía occidental en un conjunto de ``notas a pie de página'', como acostumbraba decir,del pensamiento antiguo -la mayoría de las veces de Platón-, y una defensa de laposibilidad de crear, en filosofía y en política; un remedio contra el pasmo de los filósofosante sus herramientas, semejante al de los mecánicos que conocen y admiran las piezassueltas del automóvil, pero renuncian a preguntarse adónde podrían o deberían ir.Ejerció el psicoanálisis -abrió su consultorio a principios de los años setenta- y la filosofíaen sentido estricto; la economía -durante más de una década de desempeñó comoeconomista en la OCDE- y las ciencias ``duras''; el pensamiento político -su crítica alsocialismo real o ``sociedad burocrática'', como lo llamó (que data de fines de los añoscuarenta y cuyos argumentos fueron retomados abundante y tardíamente, incluso por susdetractores), constituye, quizás, el aspecto mejor conocido de su obra- y la antropología;la sociología y la historia; sin embargo, siempre se llamó a sí mismo, con una mezcla desencillez y altanería, ``escritor''. No fue un scholar ni, a pesar de todo, un erudito sino uncreador riguroso y vigoroso. En medio de una increíble fragmentación del conocimiento,debió defender la coherencia interna de su obra.En lugar de la manida mesa, en su curso solía dar como ejemplo de ``ser'' una fuga deBach o alguna otra composición musical -creo que para burlar los prejuicios objetivistas-;además, los estantes de cierto estudio de su departamento, donde me recibió algunasveces, no estaban repletos de libros sino de discos, de allí que en alguna ocasión lepreguntara si había escrito algo sobre música. ``¿Música o sobre música?'', inquirió;
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