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El resorte autoritario
José Woldenberg2 Oct. 08
Hace exactamente 40 años un mitin estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolcoterminó en matanza. Un acto público, pacífico, incluso enclaustrado (en contraste con lasmonumentales manifestaciones que lo habían precedido), fue agredido de manera unilateral ybárbara. De esa manera se intentó poner fin a un movimiento que rasgaba la supuesta unanimidadque cubría al país y se produjo la ruptura más duradera entre el gobierno (los gobiernos) y unafranja considerable de las "capas medias ilustradas", que se convertiría en un motor fundamentalde los cambios democratizadores que viviría México.Del vigoroso movimiento revolucionario de principios de siglo sólo quedaba, a esas alturas, un ecodistorsionado. Ya no el programa popular y nacional, ya no la apuesta por la organización de lostrabajadores, ya no el acento en la equidad y la justicia, ya no el reparto agrario, ya no el alientotransformador, sino sólo la idea guerrera de que el poder es uno e indivisible y que quienes seoponen a él no son más que enemigos.La vida política del país se había estabilizado a fuerza de incorporar y subordinar. Primero a loscaudillos militares y los caciques regionales (PNR), luego a las poderosas organizaciones demasas que vieron cómo sus principales reivindicaciones -tierra y derechos laborales- se hacíanrealidad a través de su organización -CNC y CTM- y las instituciones estatales encargadas deprocesarlas (PRM), y con posterioridad con una política de "unidad nacional" nacida durante laSegunda Guerra Mundial pero que se convertiría en una especie de dogma intemporal (PRI).A la cabeza de esa pirámide (casi) monopartidista el presidente de la República, árbitro y últimapalabra en los conflictos laborales, agrarios y de toda índole; guía de las instituciones y de lapolítica sin contrapesos reales emanados de los otros poderes constitucionales; única vozautorizada para trazar el rumbo general de la nave, acompañada de medios de comunicación queno osaban (salvo raras y memorables excepciones) controvertir la voluntad del jefe del Estado;intérprete privilegiado de la voluntad de la nación que sólo podía ser atacado por los interesesantinacionales. En suma, una estructura autoritaria no acostumbrada a convivir con otras voces,otros intereses, otros proyectos, otras ideologías.Los antecedentes inmediatos estaban ahí: el movimiento ferrocarrilero de 1958-59, y el de losmédicos de 1964-65, que habían terminado también con la represión y la cárcel para susprincipales dirigentes. En un mundo de unanimidades, la disidencia resulta intolerable. Y en unescenario donde el Presidente es el gran ordenador de la vida pública y política, el desacato a suvoluntad, y peor aún la burla hacia su persona, no pueden ser apreciados más que como un insultoa lo más sagrado. Años de aceitar y alimentar los resortes de la disciplina no permiten apreciar queotras formas de ser y otras visiones quieran abrirse paso, décadas de orden y supuesta armonía nocapacitan para escuchar los murmullos y los gritos que reclaman el ejercicio de las libertades.Eran los años de la dependencia de los periódicos de la única empresa (estatal) que les podíasurtir de papel, de una radio y una televisión impermeables a la diversidad, de la censura cotidianae institucional sobre el cine (los medios eran el espejo en el que quería reflejarse el poder), de lasorganizaciones sociales incorporadas al "carro de la Revolución Institucionalizada", de los lazos decomplicidad entre empresarios y funcionarios, de la (casi) inexistencia de asociaciones civilesindependientes, y del crecimiento y modernización del país, de lo cual era la mejor prueba la

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