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El Tenedor de Libros

El Tenedor de Libros

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Cuento de Gabriel Ahumada Muñoz
Arica - 2008
Cuento de Gabriel Ahumada Muñoz
Arica - 2008

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EL TENEDOR DE LIBROS
 
 Don Antonio, esa noche, estaba dispuesto al trabajo;ordenó los recibos de dinero; abrió una pequeña caja dedepósitos - de madera labrada - con la figura del “diosMercurio” en sobre relieve, tomó el ábaco y se acomodó para hacer el registro. Tenía muchas notas mercantiles,cartas de crédito, dispersas en sillas que hacían las vecesde mesas. Acumuladas en la melancolía del frío invierno,esperaban de su pluma y control. “El registro tiene que ser lo más cercano a la verdad”, pensó don Antonio al tomar elLibro Mayor del mueblista Del Solar. “Don Antonio, donAntonio”, escuchó decir desde la calle, y tres golpes en la puerta lo invitaron a abrirla. Era muy de noche para llamar,y escondió la caja entre los libros de contabilidad.Del Solar se presentó: “El diablo político”.Acompañaba al mueblista un joven militar, de medianaestatura y grandes bigotes. “Viene del Norte, don Antonio;ya sabe de Ud.” Ambos hombres entraron y se miraron ensilencio.JN Álvarez, el joven acompañante, era un destacadoCapitán del Batallón de Milicianos del Ejército del Norte.De su guerrera azul, gastada en los combates de lainsurgencia, sacó una cigarrera dorada; ofreció un pitillo aDel Solar, hizo como que buscaba las cerillas, y con unmovimiento suave, lo invitó a sentarse. Habló pausada eíntimamente, dirigiéndose a don Antonio: “Traigo unascartas de don José Miguel”, agregando, “Don Benjamíndio desigual combate en las cercanías del rió Illapel; mástarde, Carrera, en Petorca, perdió más de 50 hombres, y él
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mismo su vida. La gente se pregunta en La Serena y enCoquimbo por Santiago. ¿Qué pasa, qué hacen?”.Don Antonio agradeció la confianza, la devoluciónde las cartas, en especial las suyas que lo comprometíancon la “revolución”, y pensó en decir algo por el niño delos Carrera. Pero lo dejó pasar, ante la pregunta de Álvareza quemarropa, “¿Don Antonio, tiene 500 pesos oro?”. DelSolar esperó la respuesta, encendió su pitillo, aspiró profundo, sorprendido por el incómodo silencio.Desanimado, dirigiéndose al militar, comentó: “Volvamos;así pagan a la revolución; volvamos”.Los dos rebeldes se fueron al amanecer. DonAntonio, tomó El Libro Mayor General del mueblista DelSolar y creando una cuenta anotó en ella: 15 de Octubre de1851: insurgentes del Norte. 500 pesos oro.Máximo Severo Segundo - su padre - entró, apenaslos dos hombres dejaron la oficina; sin mucho preámbulo,ordenó: “Antonio, tendrá que ir a la parroquia”. El tenedor de libros sin más lo obedeció. Caminó hacia la iglesia conel beneficio de la duda y el gravamen de la culpa.Al entrar, el cura estaba orando frente a la beata, y le preguntó a boca de jarro: “Don Antonio, ¿conoce Ud. almal?”. Sin esperar respuesta le pidió que lo siguiera.Cruzaron un antiguo patio interior colonial, coronado por dos gigantescas palmeras, cuyas copas asombradas se reíandel tiempo. Trasponiendo un corto pasillo ingresaron en elcuarto iluminado. Era el dormitorio del sacerdote: muros blanqueados de cal, una cama de madera nativa, rústica,cubierta con una gran manta de color café, un velador yuna mesa de roble macizo, con la imagen del santoFrancisco de Asís que se confundía con numerosos librosde teología; uno de ellos de vistosa encuadernación encuero intitulado: “El Tribunal del Santo Oficio”. Cartasmanuscritas con el claro sello del Obispado de Santiago. Elfranciscano escogió algunas de ellas y entregándolas altenedor le dijo “hay algo endemoniado aquí”, insistiendo,que debía señalar el día, la hora y cada detalle de losdocumentos que le entregaba. A la salida de la parroquia,
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