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La muerte
Enrique Anderson Imbert
La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago) la automovilista vio enel camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba lamontaña.-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo de levantar por elcamino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!-No, no tengo miedo.-¿Y si levantaras a alguien que te atraca?-No tengo miedo.-¿Y si te matan?-No tengo miedo.-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos,imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa-. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.La automovilista sonrió misteriosamente.En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. Laautomovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.
 
La sombra de las cosas
 
Fernando León de Aranoa
 Carmelo nació sin sombra. El médico se dio cuenta al instante. Se lo dijo a su padre, pero su padreno lo comprendió. Todos en su familia habían tenido sombra hasta entonces, era la primera vez quesucedía algo semejante. Miró acusador a su mujer, que no supo qué decir. A quién habrá salido, sinsombra, se preguntaba su padre desolado.Los mejores médicos de la ciudad estudiaron su caso, pero poco pudieron hacer. Los padres deCarmelo reunieron el dinero para llevarle a otro país, donde un doctor experto en la materia habíaresuelto casos similares. Ha habido experiencias, les explicó, de trasplantes de sombra que se hanrealizado con éxito. Habrá que encontrar una que se adapte al tamaño de su hijo, a su altura, a su perfil… Pero Carmelo rechazó todas las sombras. El de su hijo es un caso particularmente agudo,les dijo el doctor mientras les cobraba la factura.Carmelo creció sin sombra. Sus compañeros de escuela pronto se dieron cuenta y se reían de él.”¿Por qué yo no tengo sombra?” Le preguntaba Carmelo llorando cada noche a su mamá. Porque tucorazón es tan grande y tu alma tan sencilla, le decía ella, que se puede ver a través tuyo. Carmelose convirtió en un joven huraño, huidizo. Sólo salía a la calle los días nublados, cuando las nubesrobaban las sombras a todos y hacían de él uno más.Un maravilloso día sin sol, en un parque cercano, Carmelo conoció a Tulipán, tan llena deadolescencia, tan dulce, hermosa como una nube. Juntos hablaron y se rieron, buscaroncomplicidades y hallaron acuerdos, cambiaron miradas, latidos, secretos, hicieron un pacto sin ellossaberlo. Quedaron en verse otro día, en la esquina de Alameda con Hidalgo, junto a una farola y un puesto de flores, que atiende una anciana encorvada.Carmelo aguardaba, sufría en silencio. Los días se sucedían soleados y en la radio decían que loseguirían siendo durante mucho tiempo. La noche anterior a la cita Carmelo no pudo dormir. Rezó para que amaneciera nublado, pero no fue así. Aquel fue el día más radiante y despejado de cuantosse recuerdan en la ciudad. El cielo vistió esa mañana su mejor traje azul y Carmelo acudió a la cita,sin sombra y con miedo. A punto estuvo de pintarla en el suelo, pero desistió. Las horas, a su paso,habrían hecho girar las otras sombras dejando la suya en postiza evidencia. Y el miedo venció alamor. Carmelo prefirió conservar intacto el recuerdo de su maravilloso y nublado encuentro, la otratarde en el parque. Antes de que llegara Tulipán, Carmelo, borracho de pena, se fue para siempre.Si hubiera estado allí cuando la chica apareció en la esquina, atribulada, con retraso, Carmelo habría pensado que estaba aún más hermosa que la otra vez. Si hubiera estado allí, habría descubierto queTulipán era, como él, una chica sin sombra, y que juntos, tal vez, podían haber vivido una vidamaravillosa, de nublado porvenir, en algún país del norte, donde el sol, respetuoso con su amor, selo pensara seis veces antes de salir.
 
El Otro Yo
Mario Benedetti
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas,hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba ArmandoCorriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente ,se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacíasentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello,Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos delos pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuandodespertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo quéhacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a lamañana siguiente se había suicidado.Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensóque ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva ycompleta vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad einmediatamente estalló en risotadas.Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, elmuchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte ysaludable».El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura delesternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
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