verdad podía comportarse como él, es decir, hablaba en castellano y a veces iba a visitar a sufamilia en España. Realmente era algo maravilloso verle y oírle.Recuerdo una tarde en que estábamos sentados en un alegre bar en el sur de Francia con nuestrospies cómodamente puestos sobre taburetes en el norte de Francia, cuando, de pronto, GertrudeStein dijo: «Estoy mareada». Picasso pensó que se trataba de algo sumamente gracioso, y yo lotomé como una señal para largarme a África. Siete semanas después, en Kenia, nos encontramoscon Hemingway. Entonces, bronceado y con barba, empezaba ya a madurar ese estilo tan suyo: nose le veía más que los ojos y la boca. Allá, en el continente negro inexplorado, Hemingway habíatenido que padecer, los labios partidos más de mil veces.
—
¿Qué hay, Ernest?
—
le pregunté. Se puso a hablar sobre la muerte y las aventuras como sólo élpodía hacer, y cuando me desperté, ya había levantado las tiendas y estaba sentado al lado de unagran fogata preparando unos aperitivos cutáneos para todos. Le hice una broma sobre su nuevabarba y nos reímos tomando unos tragos de coñac y luego nos calzamos unos guantes de boxeo yme rompió la nariz.Ese año fui por segunda vez a París a hablar con un compositor europeo, flaco y nervioso, deaguileño perfil y ojos admirablemente rápidos, que algún día llegaría a ser Igor Stravinsky, y luego,más tarde, su mejor amigo. Me hospedé en casa de Sting y Man Ray, donde Salvador Dalí iba acenar a menudo, y Dalí decidió hacer una exposición individual, cosa que hizo, y resultó un éxitoestre pitoso ya que apareció un solo individuo, y fue un invierno alegre y muy francés, de losbuenos.Recuerdo una noche en que Scott Fitzgerald y su mujer regresaron a su casa después de la fiestade Noche Vieja. Era en abril. Hacía tres meses que no tomaban otra cosa que champagne; unasemana antes, vestidos de etiqueta, habían arrojado su coche desde lo alto de un acantilado alocéano a raíz de una apuesta. Había algo auténtico en los Fitzgerald: sus valores eranfundamentales. Eran gente tan sencilla que cuando más tarde Grant Wood les convenció para queposaran para su Gótico americano, recuerdo lo contentos que estaban. Zelda me contó que,mientras posaban, Scott no paró de dejar caer al suelo la horca.En los años .siguientes creció mi amistad con Scott; la mayoría de nuestros amigos creía que elprotagonista de su última novela estaba inspirado en mí y que mi vida estaba inspirada en suanterior novela. Acabé siendo considerado un personaje de ficción.Scott tenía un grave problema de disciplina y, si bien todos adorábamos a Zelda, pensábamos queejercía una influencia nefasta en la obra de él, reduciendo su producción de una novela al año auna ocasional receta de mariscos y una serie de comas.Finalmente, en 1929, fuimos todos juntos a España. Allí, Hemingway nos presentó a Manolete queera tan sensible que parecía una loca. Llevaba ajustados pantalones de torero o, a veces, deciclista.Manolete era un gran, gran artista. Su gracia era tal que de no haberse convertido en matador detoros, podría haber llegado a ser un contable mundialmente famoso.
Leave a Comment