38.La criminología mediáticay la víctima-héroe
Como la criminología mediática actual se importade Estados Unidos y en nuestra región no existen lascondiciones para mantener a dos millones de perso-nas presas y bajar el índice de desempleo mediantelos servicios necesarios para vigilarlos, los efectospolíticos son totalmente diferentes.En el norte refuerza la política de prisionización denegros y latinos y en Europa la expulsión de
extracomu-nitarios
, pero en América Latina es imposible prisioni-zar a todas las minorías molestas –que tampoco son tan
minorías–
, con lo cual la venganza estimulada hasta elmáximo por la criminología mediática se traduce enmayor violencia del sistema penal, peores leyes penales,mayor autonomía policial con la consiguiente corrup-ción y riesgo político, vulgaridad de políticos oportu-nistas o asustados y reducción a la impotencia de losjueces, todo lo cual –como veremos luego– provocamuertes reales en un proceso de fabricación de cadáve-res que la criminología mediática ignora o muestra enimágenes con
interpretaciones deformantes.
La criminología mediática del sur reproduce el dis-curso del desbaratamiento del estado de bienestar delnorte, pero en países que lo tuvieron sólo parcial-mente o que pugnan por restablecerlo.Los
ellos
del sur no son tan minorías, sino sectoresmuy amplios e incluso mayorías, de las que provienentodos los implicados en la violencia del poder puniti-vo, o sea, infractores, víctimas y policizados.A la criminología mediática no le interesa la fre-cuencia criminal ni el grado de violencia que hayaen una sociedad, porque en realidad no le importanlos criminales ni sus víctimas. Por eso envía el mismomensaje desde México (con más de cuarenta milmuertos en cinco años, decapitados, castrados, quin-ce mil en 2010) hasta Uruguay (con un índice casidespreciable de homicidios dolosos), desdeCentroamérica con las
maras
y los sicarios (como losque mataron a Facundo Cabral) hasta una esquinasuburbana de Buenos Aires con los pibes tomandocerveza y fumando algún
porro
. Como siempre y entodos lados se comete algún delito violento, jamás lefaltará material para construir un
ellos
maligno cau-sante de toda nuestra angustia y al que haga creerque es menester aniquilar.Entre otras cosas, lo que la criminología mediáticaoculta al público es la potenciación del controlreductor de nuestra libertad. Al crear la necesidad deprotegernos de
ellos
justifica todos los controles esta-tales –primitivos y sofisticados– para proveer
seguri-dad.
En otras palabras: el
nosotros
le pide al estadoque vigile más al
ellos
pero también al
nosotros
, quenecesitamos ser monitoreados para ser protegidos.
Esta es la clave última de la política criminal mediática,inmejorablemente expuesta por Foucault hace más de tresdécadas.
No lo olviden: lo que al poder punitivo leinteresa no es controlar a
ellos
, sino a
nosotros.
Para infundir el miedo necesario para que las perso-nas dejen de valorar la intimidad y la libertad, cadahomicidio cometido por alguno de
ellos
es recibido,celebrado y expuesto con verdadero entusiasmo. Elobservador puede darse cuenta de que el
intérprete
de laimagen televisada, que se muestra sonriente y dichara-chero en el servicio de comunicación de noticias, cam- bia de pronto, asume una actitud compungida, adoptavoz de bajo y comienza a
mostrar
el homicidio brutal, lasangre en el piso, la puerta del hospital, la morgue, laambulancia, el entierro, los deudos, pero su forzadacompunción no llega a enmascarar la íntima satisfac-ción de quien dispone de un juguete nuevo, que prepa-ra su embate final vindicativo contra los jueces y elcódigo penal, con gesto de resignada indignación.Cuando no tiene ningún homicidio
mostrable
en eldía, repite las noticias de los días previos; cuando nolo tiene en el lugar, muestra el de otra ciudad mini-mizando la referencia geográfica. Cuando termina lanoticia roja, el comunicador recupera la sonrisa y laalgarabía para mostrar la fiesta con
glamour
o la riñamás vulgar entre personajes del
jet set
.El miedo a un objeto temible es positivo, sirve parala supervivencia y para ello está filogenéticamentecondicionado. En este sentido, el miedo a la victimi-zación es normal cuando es proporcional a la magni-tud del riesgo, que sin duda es algo temible y real.Pero cuando se cree que un objetoes la única fuente de todos los riesgosy no hay otros, el miedo consiguientedeja de ser normal. Así, cuando no setoma en cuenta la frecuencia y lamagnitud de la victimización, losotros riesgos pasan a ser
el gorila invisi-ble
de la experiencia de los psicólogosnorteamericanos.Este miedo anormal deja de cumplirsu función de servir a la supervivencia,pues cuando no les asigno importanciaa los otros riesgos me comporto teme-rariamente frente a ellos. Así, mecuido del robo y no me percato de queen mi propio hogar aumenta la violen-cia; con pretexto de temor al robonadie se detiene en el semáforo de laesquina y todos pasan con la luz roja;y, lo que es más grave, por temor alrobo pido más vigilancia al estado ycuando quiero darme cuenta los queme vigilan me secuestran.¿
Exageraciones
, dirán los publicitariosdel autoritarismo vindicativo? Lesrecomiendo preguntar a las víctimasque no muestran, si es que éstas tienenla suerte de poder decir algo más quetestimoniar su condición de cadáveres.Hay víctimas y deudos a los que nopreguntan, pues no son
funcionales.
No vemos en las pantallas a los fusi-lados policiales. Tampoco interesa elque muere en una riña entre borra-chos, porque no produce el mismoentusiasmo comunicacional que elhomicidio por robo o morboso, perosería un festín si el tóxico no fuese elalcohol, lo que casi nunca sucede.La criminología mediática latinoa-mericana tiene una particular prefe-rencia por los
shows
en que enfrentaa algunas víctimas con los responsa- bles de la
seguridad
(policías, políti-cos y si puede algún juez). Es obvioque la pérdida no tiene solución yque lo único que puede hacerse res-pecto de la víctima es respetarle sudolor y asistirla. Pero el
show
presu-pone un estado que si no evitó ladesgracia fue por negligencia, lo quefija en el imaginario colectivo lapeligrosa idea de que
el estado debe seromnipotente
, capaz de prevenir hastalos delitos y accidentes más patológicos e imprevisi- bles, que en ningún país del mundo pueden evitarse.Quien no ratifica lo que las víctimas o sus deudosexpresan es estigmatizado como
tibio,
peligroso y encu- bridor, además de insensible al dolor de
la pobre víctima
.Si el delincuente pasó por la cárcel y fue liberado,poco importa si debía o no ser liberado, pues elhomicidio se atribuye a quien dispuso su libertad o ala
justicia
en general, aunque se lo haya liberado porlibrar un cheque sin fondos y resulte después invo-lucrado en la violación de la vecina, porque el pen-samiento mágico apela a la pura causalidad física y,en el fondo, queda la sensación de que la criminolo-gía mediática pretende que no se libere nunca más aun preso.En algunos casos, la criminología mediática da conla víctima ideal para su propósito, capaz de provocaridentificación en un amplio sector social y en tal casola convierte en
vocera
de su política criminológica,consagrándola como
víctima-héroe.
El procedimientorevela una particular crueldad, porque lo que la crimi-nología académica llama
víctima-héroe
es un conejillode Indias al que se infiere un grave daño psíquico; espoco menos que una vivisección psíquica.Toda víctima de un hecho violento grave sufre unapérdida con daño psíquico considerable, que muchasveces demanda una asistencia especializada pararecuperar su salud. En un primer momento, la vícti-ma presenta un estado de estupefacción o desconcier-to ante la pérdida, le cuesta creerlo. En una etapaposterior es inevitable –y cualquiera de nosotrosconoce la experiencia frente a una pérdida súbita–
II
JUEVES 15 DE SEPTIEMBRE DE 2011JUEVES 15 DE SEPTIEMBRE DE 2011
III
que la víctima comience a jugar irracionalmente conla causalidad:
si hubiese actuado de otra manera, si nohubiese dicho, si hubiese advertido, si hubiese prohibido, sihubiese…
Se produce –por lo general sin ningún asi-dero real– una carga de culpa que se hace insoporta- ble. El peso de esa culpa irracional provoca unaextroversión que proyecta la responsabilidad enalguien o algo, es decir, en un objeto externo.Obsérvese que no se trata de la culpa por el homi-cidio o por lo que sea, que sin duda tiene un respon-sable a veces ya bien identificado, sino de una culpapor la
situación.
Así como esa culpa no es racional,tampoco lo es la responsabilidad del otro por la situa-ción o bien no lo es en la medida en que se pretende.El tiempo y la asistencia especializada ayudan asuperar esta etapa, es decir, a
elaborar el duelo.
Pocoa poco van desapareciendo las irrupciones o interfe-rencias en el curso del pensamiento que perturba- ban la actividad normal de la víctima y ésta varecuperando su salud mental. Se trata de un procesodoloroso y nada simple, hasta que la pérdida quedarazonablemente convertida en una de las nostalgiasy recuerdos que todos cargamos.Cuando la criminología mediática instala una
vícti-ma-héroe
explota algunas características particulares deésta, como histrionismo y quizá rasgos histéricos, lasrefuerza brindándole un escenario gigantesco para sudesarrollo, pero, por sobre todo, la fija en el momentode extroversión de la culpa, le refuerza al máximo esaetapa, inmoviliza a la persona en ella y le interrumpe brutalmente el camino de elaboración del duelo, o sea,de restablecimiento de su equilibrioemocional. La persona redefine suautopercepción como
víctima
y quedafijada en ese rol.A la
víctima-héroe
se le hace recla-mar represión por vía mágica y se pro-híbe responderle, pues cualquier obje-ción se proyecta como irreverentefrente a su dolor. Ante el peso de lapresión mediática, son pocos los quese animan a desafiarla y a objetar susreclamos. Los que más se amedrentanson los políticos que, desconcertados,tratan de ponerla de su lado redoblan-do apuestas represivas conforme a lacriminología mediática, que sonampliamente difundidas por ésta,junto a la descalificación de los jueces.A causa de la interrupción delduelo, a la
víctima-héroe
se le sigueacumulando culpa que la presionapsicológicamente y la lleva a incre-mentar su extroversión hasta que caeen exigencias que son claramenteinadmisibles e incurre en exabruptos.Cuando este proceso se agudiza la
víctima-héroe
se vuelve
inmostrable
pordisfuncional. En ese momento la cri-minología mediática se desprende deella, la ignora hasta silenciarla porcompleto, sin importarle el daño psí-quico que le ha provocado al inte-rrumpirle la elaboración del duelo.La trata como a una
cosa
que
usa
ycuando deja de serle útil la arrojalejos y la olvida.
39.La criminología mediáticacomo reproductora
El poder punitivo no selecciona sinsentido, sino que lo hace conforme selo marcan los reclamos de la crimino-logía mediática. El
empresario moral
denuestros días no es por cierto ningúnSavonarola, sino la política mediática,los
comunicadores
, los
formadores deopinión
, los
intérpretes
de las noticiasque acaban de comentar la disputaentre muchachas en bikini para pasara reclamar la
reforma del código penal
.Por supuesto que detrás de ellos sehallan los intereses coyunturales delas empresas mediáticas, que operansegún el marco político general, casisiempre en contra de cualquier tentativa de construc-ción del estado social y, por regla general, con intere-ses yuxtapuestos con otras corporaciones o gruposfinancieros, dado el considerable volumen de capitalque manejan.Por otra parte, la criminología mediática se atrinche-ra en su causalidad mágica y ni siquiera admite quenadie sospeche su propio efecto reproductor del delitofuncional del estereotipado, que le resulta imprescindi- ble para sostener su mensaje e infundir el
pánico moral.
De hecho, no cabe duda de que lo reproduce.El mensaje contra la pretendida impunidad cuandolas cárceles están superpobladas y, aunque el ciudada-no común lo percibe como un mensaje de miedo, laspersonalidades frágiles de los grupos de riesgo loentienden como una incitación pública al delito con-tra la propiedad:
delincan que hay impunidad.
También la publicidad de los delitos difunde méto-dos criminales e instiga a una criminalidad
amateur
muy peligrosa. Un buen ejemplo de reproducción cri-minal fue la enorme publicidad de secuestros extorsi-vos que tuvo lugar hace pocos años en la Argentina,donde estos delitos no son comunes. La insistenciamediática hizo cundir la falsa creencia de que se tratade un delito rentable y de fácil comisión, lo que pro-vocaba miedo en la población, cuando en realidad esuno de los delitos más difíciles, salvo que cuente concobertura oficial. No obstante, hubo otros receptores del mensaje quelo entendieron de muy diversa manera y eso provocóuna ola de secuestros
bobos
con alto riesgo para lavida de las víctimas, pues son los que más peligroimplican (el secuestrador
tonto
y desesperado ante lainminencia de ser descubierto o sabiéndose reconoci-do por la víctima, le da muerte como último recursoante su torpeza). No es raro que en estos casos de secuestro
bobo
lacriminología mediática viole todos los protocolosuniversalmente reconocidos, que señalan lo indicadopara esos supuestos y, mientras la víctima permaneceen peligro y el delito se sigue cometiendo, obtengainfidencias de los investigadores y difunda toda clasede noticias acerca de los pasos de la familia y de lasautoridades, como si no fuese evidente que los crimi-nales son también destinatarios de ellas, lo que puedeponer en mayor riesgo la vida de la víctima.Además, la creación de realidad de un contexto vio-lento ofrece una perfecta coartada para cualquier deli-to. Uno mata a la mujer y pretende hacer creer quefue un robo; otro mata al marido de la amante y quie-re hacerlo pasar por un acto de terrorismo; otro entie-rra al socio en el fondo y dice que lo secuestraron;otro le roba al vecino y grita que no hay
seguridad
.Hace pocos años, un horrible homicidio múltiplede un matrimonio y su hijo menor en Italia dio lugara un reforzamiento del estereotipo del
albanés asesino
,del cual la hija sobreviviente llegó incluso a hacer un
identikit.
La sorpresa fue grande cuando se descubrióque la autora era la hija ayudada por su novio; enestos casos la criminología mediática enmudece.Además, es sabido que el
criminal
que desafía alpoder causa fascinación. Siempre los
grandes crimina-les
han desatado pasiones, sobre todo si son jóvenes ymás o menos hermosos. Timothy Mac Veigh, autordel atentado de Oklahoma de 1995, que mató a 180personas y dejó más de 500 heridos, recibía miles decartas de amor; Ted Bundy, que dio lugar a la expre-sión
serial killer
matando a unas cien personas, recibíaunas doscientas cartas de amor por día.Todo adolescente es narcisista y sueña con ser ado-rado en esa forma. Socialmente no es nada saludablefomentar esa fascinación, pero la criminología mediá-tica lo hace y hasta último momento los muestraduros, masculinos, impávidos ante la muerte, pareci-dos a los héroes de la series. Si de prevenir el delitose trata, no parece ser el mejor método.
40.La criminología mediática y la política
En términos generales, la criminología mediáticaimpulsa la tendencia a un estado autoritario, aunqueno en el sentido más tradicional; hemos visto que Jonathan Simon verifica el avance de este fenómenoy enuncia su tesis de la
governance
por el crimen y elmiedo. Lo que nos describe no son las tradicionales yesporádicas campañas
de ley y orden
, sino algo muydiferente y mucho más grave.
Leave a Comment