Cloruro de sodio
Francisco Arriaga. Todos los derechos reservados. 2011.
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Los primeros cubos sirvieron de bancos coralinos, de una claridad impresionante. Físicamente, laestructura de aquellos cubos salinos no difería de la del cristal, ni siquiera del agua químicamentepura.El agua destilada se resguardó, y se procesó de diferentes maneras, nunca como antes la provisiónde agua potable se restableció, y efectivamente la sensación del ciudadano común era la de quiense encuentra ante una cascada artificial, sabiendo que la maquinaria empleada para mantenerlaen funcionamiento cuenta con recursos ilimitados y renovables.Conforme el límite marítimo descendió, centímetro a centímetro, el espacio empleado en elacomodo de los cristales se incrementó sustancialmente, dotando de espacios anteriormente notomados en cuenta, a la fabricación de grandes centros habitacionales.Ese fue el segundo paso, a aquellos conglomerados de construcciones verdaderamente
monolíticas se les llamó ‘d
istritos
de cristal’
-hubo quienes jugaban con el término, cambiando
‘distritos’ por ‘detritus’, lo que también realzaba
paradógicamente la posibilidad de erigirconstrucciones sólidas y perfectas en niveles verticales además de horizontales-.Los primeros en habitar aquellas habitaciones aprovecharon las posibilidades estéticas de laestructura de aquellas habitaciones. La tensión impresa en cada uno de los módulos hizoresistente cada una de las edificaciones a inundaciones y erosión. De la mano con esta sensaciónde seguridad, se aprovechaba la extraordinaria visibilidad de los muros, que no disminuía elhorizonte visual por más muros que se encontraran entre el observador y el punto final de susmiradas. En todo edificio es posible mirar de uno a otro extremo del inmueble sin que exista lamenor distorsión visual, con una claridad que sobrepasa la de los espacios donde sólo existe aire oagua.Cada uno de los habitantes de aquel inmueble, como lo he comentado, empleó aquella posibilidadextraordinaria para hacer una vida en común, que derivó en un misticismo donde cada estructuraera tenida por el templo mayor, único y exclusivo de la secta que habitaba el edificio.Se entendía por vida comunal la convivencia de cada individuo sin necesidad de ocultar nada anadie, y los únicos lugares -por pudor más que por otra cosa- donde se permitió tener murosopacos, fueron los cuartos de aseo. Fuera de esos espacios, absolutamente todos los rincones eranvisibles, desde todos los ángulos.Por la noche nadie osaba sustraerse a las miradas ajenas, y esto mismo amplificó la sensación decofradía y hermandad al aprovechar de una forma también útil, la natural disposición del individuoal voyeurismo. Se coyuntaba en público, simultáneamente con cuanta pareja accediera alcomercio carnal, en cualquier momento.Aún así, la promiscuidad se mantenía en niveles mínimos. Los sujetos que disfrutaban de unapareja, por común acuerdo un día cualquiera rompían ese vínculo uniéndose a alguien másperteneciente a la misma construcción. Finalmente, tuvo que legislarse cómo llevar a cabo uniones
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