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Lacuestióncriminal
Eugenio Raúl Zaffaroni
Suplemento especial de
P
ágina
I
12
18
 
41.La criminología mediáticay los políticos
Los movimientos políticos de restauración del esta-do de bienestar actuales no son inmunes a la crimino-logía mediática y suelen caer en sus juegos, lo que setraduce en una permanente ambivalencia frente al fe-nómeno, o sea, que no parecen saber cómo manejarsefrente a la agresión que llevan adelante los partidariosdel estado spenceriano.Los políticos latinoamericanos están urgidos de solu-ciones inmediatas y los tiempos de cambio social noson los de la política, marcados por la proximidad delas elecciones. El escrutinio y asedio constantes lescondiciona conductas desconfiadas y hasta paranoides.La criminología mediática se vale del mismo medioque el político actual necesita: la TV. El político ac-tual suele ser algo así como el actor o actriz de teleno-vela, pasa a ser un
telepolítico
. Además, no puede cam- biar el personaje, a diferencia del actor o actriz profe-sional, queda preso de su papel.La política actual es
 política-espectáculo
y el propioestado es en alguna medida un
estado-espectáculo
, co-mo desde los años setenta lo viene señalando Roger-Gérard Schwartzenberg.Como los políticos no conocen otra criminologíaque la mediática, frente a los embates de ésta respon-den conforme a su discurso de causalidad mágica y,para demostrar que están preocupados por la
seguri-dad,
caen en la trampa de plegarse a sus exigencias.Por eso adoptan medidas paradojales, autonomizana las policías, las dotan del poder de practicar golpesde estado más o menos encubiertos cuando se las pri-va de fuentes de recaudación, sancionan leyes desca- belladas, piden castigos para los jueces, etc. Van que-dando presos de agencias policiales que se descontro-lan y desorganizan y de la propia TV.Si bien hay políticos que hacen esto por oportunis-mo o por ideología autoritaria, por fortuna éstos noson la mayoría. Sostener lo contrario es caer en la
an-tipolítica
y esto es lo mismo que anhelar una dictadura.La verdad es que la mayor parte de los políticos notiene idea del problema y actúan conforme a la crimi-nología mediática porque no conocen otra y no sabencómo defenderse de su embate.Los
 políticos desconcertados
suelen creer que conconcesiones a la criminología mediática contienen suembate y cuando se percatan de que eso no lo detienesino que lo potencia, aumenta su desconcierto. Igno-ran que la criminología mediática no tiene límites, vaen un
crescendo
infinito y acaba reclamando lo inad-misible: pena de muerte, expulsión de todos los inmi-grantes, demolición de los barrios precarios, desplaza-mientos de población, castración de los violadores,legalización de la tortura, reducción de la obra públi-ca a la construcción de cárceles, supresión de todaslas garantías penales y procesales, destitución de losjueces, etc.Como esto llega a un punto en que los políticostampoco pueden admitir lo inadmisible, el embate si-gue contra ellos, montado en la misma causalidadmágica que reforzaron con sus concesiones.Los
 políticos desconcertados
no advierten que la cri-minología mediática es
extorsiva
y que frente a unaextorsión nunca se debe ceder, porque cada vez el ex-torsionador exigirá más y las concesiones no haránotra cosa que fortalecer su método.El mayor riesgo político en nuestra región es que lospropios políticos comprometidos con la restauraciónde los demolidos estados de bienestar, haciendo con-cesiones acaben serruchando la rama en que estánsentados, pues la criminología mediática es parte dela tarea de neutralización de cualquier tentativa deincorporación de nuevas capas sociales.Muchos políticos han advertido demasiado tardeque se trata de un problema central en la política, quela criminología mediática no es un detalle más de al-go de lo que siempre consideraron que
debía ocuparsela policía
. En la actualidad, es la mayor arma conque cuentan los demoledores del modelo de estadode bienestar en el mundo, que no son otros que los beneficiarios del caos que produjo su destrucción.Más aún: las concesiones que los políticos des-concertados suelen hacer a la criminología me-diática pueden desdibujar su propia identidadideológica.El público de la
 política-espectáculo
se cansafácilmente del personaje, y más cuando éstese diferencia poco de los otros personajes, osea, cuando se desdibuja su identidad. El po-lítico obsesionado por la búsqueda del triun-fo electoral cercano no percibe que el mayorriesgo que corre no es el de perder una elec-ción, sino el de perder su identidad.Cuando en la
 política-espectáculo
los perso-najes terminan pareciéndose demasiado, seabre el espacio para que la criminología me-diática saque de su arsenal y enarbole su ban-dera de
antipolítica.
Como vemos, no es poco el peso políticoque la criminología mediática tiene en nues-tra región. Pero no es sólo en ella, pues en elnorte parece que tampoco calcularon el efec-to
caótico
provocado por el crecimiento delaparato punitivo hasta los actuales extremosy no saben cómo contenerlo y menos aún re-vertirlo. La dimensión económica del aparatopenal no es compatible con la necesidad decontrolar el gasto público, pues insume la si-deral cifra de 200.000 millones de dólaresanuales, o sea que supera por año el total dela deuda externa argentina. Pero el públicoreclama cada vez mayor represión por efectode una criminología mediática que no es fácildetener, porque responde a demasiados intere-ses generados por ella misma, como son todaslas
industrias de seguridad
, sin contar con que esmuy difícil desviar hacia otras actividades lainmensa mano de obra ocupada en estos servi-cios, que son casi 3.000.000 de personas. No es nuestro problema, por cierto, pero es bien demostrativo de la magnitud delfenómeno y, además, nos afecta por-que la publicidad se halla globalizada.Cabe observar que si bien la crimi-nología mediática actual se globalizadesde los Estados Unidos, lo cierto esque la creación mediática de una rea-lidad
caótica
para desprestigiar a losgobiernos populares es muy vieja enLatinoamérica y desde siempre fuepreparatoria de los golpes de estado;su discurso fue el
 prólogo
infaltable de todas lasdictaduras militares. No ha habido
 proclama revolucionaria
en nin-gún golpe de estado latinoamericano que no haya in-vocado la necesidad de detener la criminalidad. Eneste aspecto, no es ningún invento norteamericano,sino un viejo y remanido recurso vernáculo.
42.¿Cómo puede triunfarel pensamiento mágico?
La criminología mediática es a la académica más omenos lo mismo que el curanderismo a la medicina.Cabe preguntarse por qué tiene éxito, cuando nosmovemos en un tiempo en que la ciencia tiene enor-me prestigio. Más aún: con las
víctimas-héroes
se pro-duce un fenómeno que equivale a imaginar que la or-ganización hospitalaria y las intervenciones quirúrgi-cas quedasen en manos de los enfermos. No me cabeduda y apoyaría sin límites la protesta de sufrientes alos que no se les proveyese de los medicamentos on-cológicos, pero me limitaría a considerar con piedadal paciente que pretendiese saber cómo se cura su do-lencia sin atender a la ciencia médica e incluso enforma totalmente contraria a lo que ésta indica.Ya hemos señalado –y reiterado– que es obvio quenadie postula la impunidad de homicidas y violadoresy la discusión sobre si deben ser penados con cinco odiez años más es secundaria y, en definitiva, no impe-dirá que el número de homicidas y violadores suba nideterminará que baje.Respecto del
crimen
en serio esta criminología me-diática no agrega nada. Pero sin embargo ha logradoque los Estados Unidos tengan más de dos millonesde presos. ¿Alguien podrá creer seriamente que enun país puede haber más de dos millones de personas
II
JUEVES 22 DE SEPTIEMBRE DE 2011JUEVES 22 DE SEPTIEMBRE DE 2011
III
dispuestas a pasar al acto de homicidio?Es indudable que esas cifras abarcan una cantidadde personas que no son
los criminales
que la criminolo-gía mediática muestra alegremente todas las veces quepuede y en algunos países ha llegado al colmo de in-ventarlos, incluso en la Argentina y en complicidadcon agencias policiales que
crean hechos
para
hacer es-tadística
, que fabrican
delitos
para endilgar
 garrones
,que deforman otros para la televisión. Nadie con cierta experiencia judicial puede leer mu-chos expedientes sin reprimir la sensación de que, fue-ra del círculo de autores violentos –y aun entre éstos–cada condenado parece ser más tonto y torpe que otro.Más que el criminal sádico de la serie televisiva, es uninfeliz que pierde quizá los mejores años de su vida poruna conducta absolutamente insensata y que jamás po-dría haber tenido éxito, sin contar con que ningúnéxito patrimonial valdría la pena para poner en juegoese precio en libertad, autoestima, salud y vida.En definitiva –y, por supuesto, sin subestimar el da-ño que causan–, creo que en la enorme mayoría de loscasos estamos prisionizando a torpes desconcertados yno a quienes eligieron en plenitud. Pero por el peso dela criminología mediática se llenan las cárceles conpersonas que casi en un tercio de los casos no conde-namos, o sea, con quienes ni siquiera son torpes quehan cometido delitos.Es una verdad de Perogrullo que para bajar los nive-les de violencia en una sociedad es necesario motivarconductas menos violentas y
desmotivar
las más vio-lentas, o sea que, fijado este objetivo estratégico, esnecesaria una táctica que debe basarse en las técni-cas de motivación decomportamientos.Lo curioso es que en todas las otras áreas enque se plantea esta tarea nadie pretende hacer-lo con pensamiento mágico, sino usando lasmejores y más depuradas técnicas. Cuandoun empresario quiere imponer un productomotivando al público a comprarlo y desmo-tivándolo a comprar los del competidor,encarga una investigación de mercado, quese lleva a cabo sobre sólidas bases de cien-cia social, de economía, de psicología so-cial, etc. Toda una disciplina –la
merca-dotecnia
– se nutre de conocimientos ymétodos científicos. Los propios políticosapelan a esos conocimientos en tiemposde
 política-espectáculo
.Sin embargo, todo esto se deja de ladoy se apela a una causalidad mágica cuan-do la sociedad quiere motivar conductasmenos violentas y desmotivar las másviolentas. En ese caso la ciencia social notiene espacio y cada uno opina según elpensamiento mágico. Los simplismos másgroseros y las hipótesis más descabelladasse retroalimentan entre la televisión, lamesa del café y las decisiones políticas.Pero lo cierto es que el pensamiento má-gico reemplaza a estos saberes. La crimino-logía mediática no puede eludir la necesidadde vestirse de
científica
y, para eso, convoca asus
expertos
. En esto hay considerable diferen-cia entre el norte y el sur, por lo que comenza-mos por describir lo que pasa entre nosotros.Entre los expertos de nuestra criminologíamediática hay una minoría que sólo es
experta
en el arte de la simulación, pero son muy pocosy, además, por fortuna no suelen ser buenos acto-res. Lo curioso es que la gran mayoría de los exper-tos de nuestra criminología mediática lo son deverdad, son personas que saben lo que dicen, enocasiones con un altísimo nivel de conocimientos.Cualquier mesa redonda televisiva sobre la
seguri-dad
–en el particular concepto mediático–, si es más omenos seria convoca a personas vinculadas al sistemapenal: policías, fiscales, jueces, peritos médicos, etc.Son especialistas que en general manejan bien sus co-nocimientos y que los explican a veces con claridad,según sus dotes de comunicación.Aquí la paradoja alcanza su máxima expresión: secrea una realidad en base a pensamiento mágico y sela disfraza de
científica
mediante la opinión de exper-tos serios. Si no fuese trágico y poco menos que diabó-lico sería divertido.La clave está en que la criminología mediática ope-ra con un
rizo de retroalimentación
. Se denomina así altemido fenómeno de que un aparato creado por loshumanos se vuelva tan inteligente que se retroalimen-te y nos impida desenchufarlo, con lo cual sería impo-sible pararlo.Y con la criminología mediática sucede eso: el ex-perto habla de lo que sabe: organización policial, difi-cultades de investigación, mejora del proceso, diagnós-tico de algún caso particular, etc. En un momento elconductor lo interroga sobre el
aumento del delito, de lacriminalidad, las causas del delito, los factores sociales, sila droga tiene mucho que ver, si la liberación sexual tieneincidencia, si la desintegración de la familia pesa, si “esto”se arregla con planes sociales, con mayores penas, con elvalor simbólico de la pena, con la restauración de los valo-res
, etc. Es decir, que le formula preguntas que sólo po-dría responder un criminólogo sólo después de investi-gaciones de campo que, por supuesto, en el país no serealizan, porque no se destina un mísero peso a esto.Un policía, un fiscal, un juez o un médico, puede sermuy bueno en su profesión y sin embargo no saberquién fue Robert Merton, porque ninguna falta le hacepara desempeñarse en lo suyo. Puede no haber abiertoen su vida un libro de sociología y desconocer porcompleto la teoría sociológica y los métodos de inves-tigación empírica, no saber qué es una encuesta de vic-timización o de autoinculpación ni un flujo de casos,menos aún saber cómo se realizan, no tener idea dequé es un observador participante ni de la importanciade las entrevistas, ignorar todo lo concerniente a la es-tadística social, nunca haber tomado contacto con unainvestigación de campo y, no obstante, ser un excelen-te funcionario y profesional en su materia.Lo que sucede es que cuando el conductor le pregun-ta, el
experto
no puede dejar de responderle al
conduc-tor
, porque cree que responde sobre conocimientos queson
comunes
y hasta
obvios
, porque pertenecen a la
rea-lidad construida
que se da
 por descontada
. Y allí es dondese produce el rizo de retroalimentación:
el experto re- produce el discurso de la criminología mediática
; habla delo que sabe y luego sigue hablando de lo que cree ob-vio, pero que es la realidad construida mediáticamentey que asimiló en la panadería y en el supermercado.Esto dota de autoridad
científica
a la criminologíamediática. La poca difusión de la ciencia social entreel público hace que cuando alguien observa que todolo que se dice carece de base empírica y que no haydatos disponibles porque nadie se interesa en investi-gar la violencia, sea mirado como un extraplanetarioque propone algo esotérico y sin sentido práctico,aunque bastaría preguntar a cualquier empresario so- bre el valor práctico de la mercadotecnia para con-vencerse de lo contrario: nadie se empeña en fabricaralgo que no sabe si podrá determinar al público acomprarlo y sin un plan acerca de cómo imponerlo.En el norte las cosas son un poco diferentes, pues elenorme desarrollo alcanzado por el sistema penal enlos Estados Unidos produjo sus propios
expertos
queintegran el
think-tank
de la derecha norteamericana yque se venden bastante bien, generando a su vez la in-dustria de conferencias pagas, los suculentos derechosde autor, las entrevistas televisivas, etc. En revistas deamplia circulación como
 Newsweek
se sostienen lastesis más peregrinas, como por ejemplo la de MorganO. Reynolds, que afirma que el crimen es una cues-tión de
costo-beneficio
, por lo cual son necesarias penasmás fuertes para forzar la elección racional del posibleinfractor. Esto no es ninguna novedad, sino que pro-viene del siglo XVIII, como lo vimos en su momento.Sería bueno preguntarle a Mr. Reynolds qué pena pro-pone para los terroristas que se inmolan. Lo más la-mentable es que, más allá de
 Newsweek
, un jurado deeconomistas distinguió con el Premio Nobel a un co-lega que afirma algo parecido acerca de lo que obvia-mente no sabe nada.Otro inventor del agua tibia es Charles Murray, elcoautor del libro racista
The Bell Curve
junto a Ri-chard Herrnstein, al que me referiré. Murray participade la tesis del escritor de
 Newsweek
y según su dispara-tada teoría los jóvenes de clase pobre delinquen por-
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