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La dama del dragon, de Calvo Poyato

La dama del dragon, de Calvo Poyato

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Fragmento de la Novela La dama delDragón de José Calvo Poyato
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09/06/2012

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Milán, octubre de 1472
—¡Jamás, Galeazzo, jamás! ¡No te empeñes, porque no loconsentiré! —Gabriella Gonzaga no paraba de caminar de unlado para otro. El brillo de sus negros ojos acentuaba la deter-minación de sus palabras.Galeazzo Sforza aún vestía su atuendo de cazador y per-manecía sentado. La miró con dureza y arqueó sus labios haciaabajo en aquella mueca que aparecía en su rostro cada vez quese le contradecía.—Si ese matrimonio no se celebra, todos nuestros empe-ños habrán resultado inútiles.—¿Nuestros, dices? —ironizó ella.—¡Por supuesto que son nuestros! —Golpeó con el puñoel brazo del sillón—. Te guste o no, estás implicada. ¡Tu ma-rido también era hijo de mi padre!Gabriella se detuvo delante de la chimenea, tomó un ati-zador, removió las ascuas y las llamas se avivaron. Sin volverse,comentó:—No he sido yo quien se ha apoderado de Imola, ni quiense ha aprovechado de ese pelele de Manfredi. Esas decisioneshan sido tuyas y sólo tuyas.
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El duque de Milán se levantó, se acercó a su cuñada y lagiró tomándola por los hombros.—¡Hay que estar a las duras y a las maduras!Gabriella le sostuvo la mirada. Si Galeazzo era un Sforza,por sus venas corría la sangre de los Gonzaga.—En eso he de darte la razón.—Entonces, ¿por qué esa cerrazón?Gabriella, con un ágil movimiento, se zafó de las manos desu cuñado.—Lo sabes de sobra. No se resolverán los problemas de losSforza a costa de una niña de once años.—Sin embargo, no pusiste ningún impedimento cuando elenviado del Papa planteó el matrimonio.—Porque nunca creí que ese patán de Girolamo Riariofuese a exigir su consumación de manera inmediata.—¡Qué más da!—¡No! ¡No da lo mismo! Si quiere la mano de Constan-za, tendrá que esperar a que cumpla los catorce años para ha-cerla suya.El duque de Milán se sentó de nuevo. Su aspecto era som-brío: había calculado mal sus movimientos al creer que dospotencias como Florencia y Venecia aceptarían la ocupaciónde Imola como un hecho consumado. La primera porque erasu aliada; él mismo había viajado aquella primavera hasta lacapital de la Toscana y su visita a Lorenzo de Médicis fue todoun éxito, a pesar de que las afiladas lenguas de los florentinostenían un bajo concepto del lombardo, al que considerabanun ser depravado, capaz de cometer las mayores atrocidadespara satisfacer sus primitivos instintos. Se contaba que obli-gó a un furtivo a comerse una liebre entera, incluida la piel,por haberla cazado en uno de sus bosques. Sus relaciones conla Serenísima República no eran tan buenas, pero estaba se-
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guro de que los venecianos no se enredarían en un conflictoarmado porque para ellos Imola no significaba gran cosa ymenos aún los Manfredi, cuya familia estaba agotada bioló-gicamente. El despojado Tadeo había aceptado, sin protestar,una pensión de por vida y el palacio que, para su alojamiento,le ofreció el Sforza.Sin embargo, las cosas no habían rodado como esperaba.Florencia protestó porque Imola estaba sobre la vía Emilia, unaantigua calzada romana que comunicaba la Toscana con elAdriático, en cuyos puertos los comerciantes florentinos te-nían importantes intereses. A los Médicis no les convenció elargumento de que Manfredi estaba dispuesto a vender la ciudada los venecianos, quienes también rechazaron aquella ocupa-ción porque rompía los acuerdos de la paz de Lodi, donde selogró un precario equilibrio en el complicado rompecabezasde la política italiana del momento; amenazaron con abandonarla Liga que garantizaba aquella paz.Cada día que pasaba, la situación para Galeazzo Sforza eramás comprometida.Vislumbró la luz el día en que recibió la visita del envia-do pontificio. Su Eminencia llevaba en las alforjas un ancla desalvación. Sixto IV le proponía, como una pieza más de sucalculada política para encumbrar a sus familiares, el matrimo-nio de su sobrino Girolamo Riario con una Sforza. Su olfatopolítico le dijo que la propuesta encerraba un acuerdo venta- joso porque el astuto franciscano que ocupaba el solio ponti-ficio le estaba ofreciendo, sin mencionarla, una salida airosa siaquel advenedizo entroncaba con los duques de Milán. Paraendulzar el acuerdo, Su Santidad había concedido a su sobri-no el título de conde de Bosco; la novia, por su parte, llevaríacomo dote la ciudad de Imola, cuyo gobierno los Manfredihabían ejercido como vicarios del Papa. Roma estaría de acuer-
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