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Harry Potter y El Ocaso de Los Altos Elfos

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Harry Potter yEl Ocaso de losAltos Elfos
“A Carla Fox, por estar ahí siempre”“A Cristhian, por ayudar a Krum a aparecer”“Y a toda la Orden, que aunque no hechiceros, sí creemos en la magia”.
Esta historia no tiene relación con el libro El Señor de los Anillos ni con cualquier obra de JRR Tolkien, ni con ninguna otra obra.Harry Potter y todos sus elementos relacionados son propiedad intelectual de J.K.Rowling.Harry Potter y el Ocaso de los Altos Elfos es propiedad de Frances Kaesar, Santiago, 2003.
 
Cap. I: Maldito Silencio
Al parecer es bastante lógico pero, ciertamente, nunca está de más una ayuda de memoria: HarryPotter no es un niño normal. Y bueno, no sólo ya dejó de ser un niño, sino además sus intereses ymetas se trazan muy lejos de los que compartirían sus congéneres. Harry es mago, lo sabe hace yaseis años, y a pesar de que fue su excusa para abandonar a su odiosa parentela por largos periodos (yasí sólo regresar para el verano), su vida no ha sido fácil. Pues hay que decirlo: Los Dursleys distan bastante de ser un ejemplo de familia, aunque ellos traten de aparentarlo de cualquier modo. Los tíosVernon y Petunia, sumado a su obeso hijo Dudley, se han encargado de hacerle a Harry la vidaimposible desde que tuvo la mala suerte de caer, pequeño y arropado en una cesta, en la puerta delnúmero 4 de Privet Drive. Y aunque todo tiene un “porqué”, éste en particular ha sido doloroso.Confuso, difícil de sobrellevar… aún más que el solo hecho de tener una cicatriz en forma de rayo, punzante, al costado de su frente.Harry perdió a sus padres, James y Lily, en el marco de una noche fría de Halloween hace ya 15años, y sin siquiera haber compartido con ellos. Fueron asesinados, cruel y fríamente, por el magomás temido de todos los tiempos: Lord Voldemort. No recuerda sus rostros, ni su voz… pero síaquel destello verde enceguecedor que terminó con sus vidas, y que, milagrosamente, salvó la suya,dejándole a cambio dicha cicatriz. Así también, perdió a Sirius Black, su padrino, cuando apenascomenzaba a conocerlo. Había estado muchos años encarcelado en la prisión mágica de Azkabán,incapaz de probarle al mundo su inocencia, y cuando recién comenzaba a abrirse un camino deliberación para él, un nefasto episodio en uno de los rincones desconocidos del Departamento deMisterios, alojado en el Ministerio de Magia, lo vio desaparecer. Así, sin más. Se esfumó tras un velorasgado, y desde entonces, Harry no ha podido quitarse de encima aquel abrumante hedor a luto.Porque la muerte lo persigue… no sólo a él, sino a todo a quien él estima. La vida se lo hademostrado, él mismo lo ha comprobado, pero jamás lo ha terminado de asumir.En adelante –y debido en gran proporción a aquella odiosa cicatriz en su frente– el futuro se gesta para él cada vez más oscuro e incierto, y lo sabe. Le costaba alejar aquel pensamiento de su cabeza,no quería ni aceptarlo ni asumirlo, pero hubo veces en las que hubiera deseado ser sólo un humanomás. Sin distinciones, sin talentos, sin peculiaridades… sin pasados tormentosos o profecías con sunombre… sin cicatrices que espantaran a unos y embobaran a otros. Sólo un muggle… sin laresponsabilidad de salvar al mundo o, si le quedaba tiempo, a él mismo. O, quizá, hubiera deseadosólo morir… haber sucumbido al poder de Lord Voldemort y fallecido en los brazos de su madre. Sí,eso hubiera sido mejor que esto. Mejor que sufrir por otros, mejor que vivir por otros.El verano estaba en su apogeo pero, como era usual en Privet Drive, no había niños jugando conagua en las aceras ni recostados en los antejardines, buscando la sombra de un buen árbol. En esa pequeña comunidad de los alrededores de Londres, y sobre todo en aquella calle, el sentido decordura era lo más importante qué aparentar. Por prohibición de sus padres, ningún niño podría jugar en la calle: era escandaloso y de mal gusto. Peor aún si llevaba las rodillas sucias y el pelomojado. No, los niños debían aparentar modales intachables y conductas domesticables. Es decir,debían ser y actuar como Dudley, y jamás intentar, ni siquiera imaginar, seguir el modelo de sudescarriado e insano primo Harry. Pero él se sentía cada vez más ajeno a aquellas presiones; ahora,algo más “grande” que el año pasado, comprendía a cabalidad las diferencias entre sus dos mundos yse comprometió a lidiar con ellos. Después de tanta fatalidad, no le quedaba más remedio, pero aúnasí no toleraba ciertos detalles.Sentado tras su escritorio y recibiendo con agrado los cálidos rayos de sol que se colaban por la
 
ventana, Harry sonrió ante lo absurdos que eran la mayoría de sus vecinos. “Cuando tenga hijos…” pensó, pero apretó los labios, inseguro, “Bueno, si es que llegara a tenerlos, dejaré que jueguen y seensucien todo lo que quieran. Que por algo son niños”. Satisfecho con aquella idea, miró una vezmás hacia su derecha, donde residía, junto a su pluma y tinta, la fotografía que Alastor “Ojo Loco”Moody le había dado meses atrás. Sonrientes y orgullosos, Sirius Black, James y Lily Potter (entretodos los antiguos miembros de la Orden del Fénix) posaban ante la cámara. Con melancolía, Harryestiró su mano y rozó la fotografía con los dedos, suspirando. No podía reconocer todas las caras enaquel grupo, pero le bastaba saber que habían luchado por sus mismos ideales como para tenerles,además de respeto, afecto.Movió la cabeza y cerró los ojos. No quería llorar… ya lo había hecho demasiado, por todos y por él mismo, y estaba harto. No era un mártir de las circunstancias, pero todos a su alrededor nohacían más que demostrárselo. Había sufrido, solo y silencioso, incapaz de compartirlo, pero era surealidad y de alguna manera debía enfrentarla. Él era Harry Potter, El-Niño-Que-Vivió, y mantendríaese estigma para siempre. Aún incluso después de derrotar a Voldemort… si es que lograba hacerlo.A menudo pensaba que todos ponían demasiadas esperanzas en él, y que no sería capaz decumplirlas… Deseaba ser Harry, sólo Harry, un alumno más de Hogwarts y un transeúnte más delmundo mágico. Odiaba aquella aura que lo embargaba, ese estúpido manto de celebridad…Cambiaría todo en un segundo, lo entregaría todo sin pensarlo, sólo por un momento detranquilidad, de paz, de sosiego. Por un día ficticio de felicidad, en el que todas las fatalidadesdesaparecieran y descubrir, como un sueño, que todo aquello que perdió jamás se fue después detodo…Suspiró profundo, se recostó pesadamente sobre su silla y se regañó duramente por fantasear deese modo. Así no llegaría a ningún lugar. Sus padres estaban muertos, Sirius estaba muerto… eldestino lo situaría como asesino o víctima, mártir o héroe, y no había nada qué hacer. Ahogó su rabiay su resentimiento, tomó el lápiz rojo que había sobre la mesa y se inclinó sobre el papel frente a sí,tachando el día correspondiente. Según sus cálculos, sólo restaban dos semanas para volver aHogwarts. Suspiró de nuevo, corrigió la postura de sus lentes y cerró el calendario, guardándolo enuno de sus cajones. Si alguno de los Dursley entraba a su habitación y encontraba su pequeña cuentaregresiva, quizá le harían un escándalo. “Tío Vernon gritando” pensó, y luego movió su cabeza,sonriendo a medias.Hacía casi un mes que no lo escuchaba rugir por algo. No había escuchado aquel despreciativo yseco “muchacho” con el que tío Vernon solía llamarlo; ya no lo mandaba temprano a la cama, nirecibía media ración menos al almuerzo… hasta incluso lo dejaban ver el noticiario con ellos. Harryvolvió a sonreír, un poco más relajado, evocando en su mente la extraña expresión de Moody aldespedirse meses atrás: “No dejes que los Dursleys te traten mal. Si no sabemos de ti en tres días,alguien de la Orden te hará una visita. Y no creo que usted quiera un par de magos en la entrada desu casa” había dicho, desafiando a tío Vernon con la mirada.Lo cierto es que Harry, en aquel extraño momento de su vida y erguido en la estación King Cross, jamás pensó que las palabras de Moody surtirían efecto, aun cuando la cara de horror de tía Petunia podía darle una pista de lo que sucedería durante el resto del verano. Y no es que le importarademasiado: Sirius acababa de morir y él sólo deseaba reunirse con él, aunque tuviera que hacerlo consus propias manos. Pero era un pensamiento demasiado nefasto y prefirió, desolado, reflexionarlo un poco más antes de cometer una locura. Entonces sólo se limitó a volver a Privet Drive, sin decir una palabra, cabizbajo, dispuesto a recibir los usuales malos tratos. Pero –con tanta sorpresa que le costóvarios minutos reaccionar– esa misma tarde tío Vernon lo había llamado a cenar, forzadamente

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