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El Hechizado
FRANCISCO AYALA
 
 
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igitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en Marzo de 2.004http://biblioteca.d2g.com
Después de haber pretendido inútilmente en la Corte, el IndioGonzález Lobo ²que llegara a España hacia finales de 1679 en laflota de galeones con cuya carga de oro se celebraron las bodas delrey² hubo de retirarse a vivir en la ciudad de Mérida, donde teníacasa una hermana de su padre. Nunca más salió ya de MéridaGonzález Lobo. Acogido con regocijo por su tía doña Luisa Álvarez,que había quedado sola al enviudar poco antes, la sirvió en laadministración de una pequeña hacienda, de la que, pasados losaños, vendría a ser heredero. Ahí consumió, pues, el resto de su vida.Pasaba el tiempo entre las labranzas y sus devociones, y, por lasnoches, escribía. Escribió, junto a otros muchos papeles, una largarelación de su vida, donde, a la vuelta de mil prolijidades, cuentacómo llegó a presencia del Hechizado. A este escrito se refiere lapresente noticia.No se trata del borrador de un memorial, ni cosa semejante: noparece destinado a fundar o apoyar petición ninguna. Diríase másbien que es un relato del desengaño de sus pretensiones. Locompuso, sin duda, para distraer las veladas de una vejez toda vueltahacia el pesado, confinada entre los muros del recuerdo, a una edaden que ya no podían despertar emoción, ni siquiera curiosidad, losecos ²que, por lo demás, llegarían a su oído muy amortiguados² dela guerra civil donde, muerto el desventurado Carlos, se estabadisputando por entonces su corona.Alguna vez habrá de publicarse el notable manuscrito; yo daría aquí íntegro su texto si no fuera tan extenso como es, y tan desigual ensus partes: está sobrecargado de datos enojosos sobre el comerciode Indias, con apreciaciones críticas que quizá puedan interesar hoy ahistoriadores y economistas; otorga unas proporciones desmesuradasa un parangón ²por otra parte, fuera de propósito² entre loscultivos del Perú y el estado de la agricultura en Andalucía yExtremadura; abunda en detalles triviales; se detiene en increíblesminucias y se complace en considerar lo más nimio, mientras deja aveces pasar por alto, en una descuidada alusión, la atrocidad de quele ha llegado noticia o la grandeza admirable. En todo caso, noparecía discreto dar a la imprenta un escrito tan disforme sinretocarlo algo, y aliviarlo de tantas impertinentes excrecencias comoen él viene a hacer penosa e ingrata la lectura.Es digno de advertir que, concluida ésta a costa de no poco esfuerzo,queda en el lector la sensación de que algo le hubiera sidoescamoteado; y ello, a pesar de tanto y tan insistido detalle. Otraspersonas que conocen el texto han corroborado esa impresión mía; yhasta un amigo a quien proporcioné los datos acerca del manuscrito,interesándolo en su estudio, después de darme gracias, añadía en sucarta: «Más de una vez, al pasar una hoja y levantar la cabeza, hecreído ver al fondo, en la penumbra del Archivo, la mirada negrísima
 
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de González Lobo disimulando su burla en el parpadeo de sus ojosentreabiertos.» Lo cierto es que el escrito resulta desconcertante endemasía, y está cuajado de problemas. Por ejemplo: ¿a qué intenciónobedece?, ¿para qué fue escrito? Puede aceptarse que no tuviera otrofin sino divertir la soledad de un anciano reducido al solo pasto de losrecuerdos. Pero ¿cómo explicar que, al cabo de tantas vueltas, no sediga en él en qué consistía a punto fijo la pretensión de gracia que suautor llevó a la Corte, ni cuál era su fundamento?Más aun: supuesto que este fundamento no podía venirle sino enméritos de su padre, resulta asombroso el hecho de que no lomencione siquiera una vez en el curso de su relación. Cabe laconjetura de que González Lobo fuera huérfano desde muy tempranaedad y, siendo así, no tuviera gran cosa que recordar de él; pero eslo cierto que hasta su nombre omite ²mientras, en cambio, nosabruma con obsesiones sobre el clima y la flora, nos cansainventariando las riquezas reunidas en la iglesia catedral deSigüenza... Sea como quiera, las noticias anteriores al viaje querespecto de sí mismo consigna son sumarias en extremo, y siempreaportadas por vía incidental. Sabemos del clérigo por cuyas manosrecibiera sacramentos y castigos, con ocasión de un episodio aducidopara escarmiento de la juventud: pues cuenta que, exasperado elbuen fraile ante la obstinación con que su pupilo oponía un callarterco a sus reprimendas, arrojó los libros al suelo y, haciéndole lacruz, lo dejó a solas con Plutarco y Virgilio. Todo esto, referido endisculpa, o mejor, como lamentación moralizante por las deficienciasde estilo que sin duda habían de afear su prosa.Pero no es ésa la única cosa inexplicable en un relato tan recargadode explicaciones ociosas. Junto a problemas de tanto bulto, sedescubren otros más sutiles. Lo trabajoso y dilatado del viaje, lademora creciente de sus etapas conforme iba acercándose a la Corte(sólo en Sevilla permaneció el Indio González más de tres años, sinque sus memorias ofrezcan justificación de tan prolongadapermanencia en una ciudad donde nada hubiera debido retenerle),contrasta, creando un pequeño enigma, con la prontitud en desistirde sus pretensiones y retirarse de Madrid, no bien hubo visto al rey. Ycomo éste otros muchos.El relato se abre con el comienzo del viaje, para concluir con la visitaal rey Carlos II en una cámara de palacio. «Su Majestad quisomostrarme benevolencia ²son sus últimas frases², y me dio a besarla mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella uncurioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Realatención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad,y me retiré en respetuoso silencio.»Silenciosa es también la escena inicial del manuscrito, en que el IndioGonzález se despide de su madre. No hay explicaciones, ni lágrimas.Vemos las dos figuras destacándose contra el cielo, sobre un paisaje

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