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NOAH GORDON
CHAMAN
 
Este libro está dedicado con amor a Lorraine Gordon, Irving Cooper, Cisy Ed Plotkin, CharlieRitz, y a la querida memoria de Isa Ritz.
 
 TriquitraqueEl Spirit of Des Moines había enviado sus señales a medida que se acercaba a la estación deCincinnati en medio del fresco del amanecer. Primero Chamán las detectó como un delicadotemblor que apenas se percibía en el andén de madera de la estación, después como unacusado estremecimiento que notó claramente, y por fin como una sacudida.De repente el monstruo apareció con su olor a metal caliente, grasa y vapor, corriendo hacia élentre la tenebrosa media luz grisácea, con sus accesorios de latón resplandecientes en sucuerpo negro de dragón, sus poderosos pistones como brazos en movimiento, arrojando unanube de humo pálido que se elevaba hacia el cielo como el chorro de una ballena, y que luegofue arrastrándose y avanzando lentamente en jirones deshilachados mientras la locomotora sedeslizaba hasta detenerse.En el interior del tercer vagón sólo había algunos asientos de madera desocupados, y Chamánse acomodó en uno de ellos mientras el tren vibraba y reanudaba la marcha. Los trenes aúneran una novedad, pero suponían viajar con demasiada gente. A él le gustaba montar acaballo, solo, concentrado en sus pensamientos. El largo vagón iba atestado de soldados,viajantes de comercio, granjeros y un repertorio de mujeres con niños y sin ellos. El llanto delos niños no le molestaba en absoluto, por supuesto; pero el vagón estaba impregnado de unamezcla de olor a calcetines sucios, pañales cagados, malas digestiones, cuerpos sudorosos, yel aire viciado por el humo de cigarros y pipas. La ventanilla parecía un desafío, pero él eragrande y fuerte, y por fin logró levantarla, cosa que pronto resultó un error. Tres vagones másadelante, la alta chimenea de la locomotora despedía, además de humo, una mezcla de hollín,carbonilla, encendida y apagada, y cenizas, que empujada hacia atrás por la velocidad del tren,en parte logró entrar por la ventanilla abierta. Muy pronto una brasa empezó a quemar elabrigo nuevo de Chamán. Entre toses y murmullos de exasperación cerró la ventanilla de golpey se sacudió el abrigo hasta que la chispa quedó apagada.Al otro lado del pasillo, una mujer lo miró sonriente. Tenía unos diez años más que él e ibavestida con ropas elegantes pero adecuadas para viajar: un vestido de lana gris con faldadesprovista de miriñaque, con adornos de lino azul que hacían resaltar su pelo rubio. Semiraron durante un instante antes de que la mujer volviera a fijar la vista en el encaje de hiloque tenía en el regazo. Chamán se alegró de apartar la mirada de ella; el luto no era una buenaépoca para disfrutar de los juegos entre hombres y mujeres.Se había llevado consigo un libro nuevo e importante para leer, pero cada vez que intentabaconcentrarse en él, su padre se apoderaba de sus pensamientos.El revisor logró bajar por el pasillo hasta quedar detrás de él, y Chamán sólo se enteró de supresencia cuando el hombre le tocó el hombro con la mano. Sorprendido, levantó la vista y viouna cara colorada. El revisor lucía un bigote acabado en dos puntas enceradas, y su barbarojiza empezaba a encanecer; a Chamán le gustó porque dejaba la boca claramente visible.--¿Es sordo, señor? --dijo el hombre en tono jovial--. Le he pedido el billete tres veces.Chamán le sonrió, tranquilo porque ésta era una situación a la que se había enfrentado una yotra vez durante toda su vida.-Sí. Soy sordo -dijo mientras le entregaba el billete.Contempló la pradera que se extendía al otro lado de la ventanilla, pero no era algo quemantuviera su atención. Había cierta monotonía en el terreno, y además las cosas pasaban tanrápidamente junto al tren que apenas tenían tiempo de quedar registradas en su concienciaantes de desaparecer. La mejor manera de viajar era a pie o a caballo; si uno llegaba a un sitio

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