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Stoker_Bram-La Joya de Las Siete Estrellas

Stoker_Bram-La Joya de Las Siete Estrellas

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Published by: Edison Alexander Bedoya Gomez on Oct 14, 2011
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02/14/2015

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1
La joya de las siete estrellas
Bram Stoker
I.
 
UNA LLAMADA EN LA NOCHE
Era todo tan real que apenas podía imaginar que me hubiese ocurrido en otro tiempo; y,sin embargo, cada episodio se me presentaba no como una nueva fase de la lógica de lascosas, sino como algo esperado. De nuevo veía el ligero esquife, reposando perezoso en elagua tranquila, al abrigo de la luz feroz del mes de julio y a la fresca sombra de las ramasde sauce extendida sobre el río.Yo en pie sobre la oscilante embarcación y ella sentada inmóvil, mientras con lasmanos se protegía del choque de las ramitas de los sauces. De nuevo veía el agua de colorpardo dorado bajo el dosel de verde translúcido, y la orilla herbosa tenía un tono deesmeralda. Otra vez parecía estar sentado con ella a la fresca sombra. Rodeados por losinfinitos ruidos de la naturaleza los dos solos; en tanto que ella, olvidados tal vez losconvencionalismos en que se había educado, me refería, con la mayor naturalidad, su nuevavida, en la que tan sola se sentía. Y, en tono triste, me hizo sentir cómo en aquella espaciosacasa todos sus habitantes se veían aislados por la magnificencia de su padre y de ellamisma. Que, allí, la simpatía y la confianza no tenían ningún altar y que incluso el rostro desu padre le parecía tan distante como la antigua vida moral que había llevado. Una vez más,
 
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el buen juicio de mi virilidad y la experiencia de mis años se pusieron a los pies de la joven.Pero nunca existe el descanso perfecto, porque, de pronto, las puertas del sueño fueronabiertas de par en par y mis oídos atendieron al ruido que acababa de molestarme,demasiado continuo e insistente para que no se le hiciese caso. Detrás de él había algunainteligencia activa. Instintivamente miré el reloj; eran las tres de la mañana y ya en el cieloempezaba a descubrirse algún leve resplandor de la aurora. Era evidente que la llamadaresonaba en la puerta principal de nuestra propia casa y también que nadie estaba despiertopara atender a ella. Me puse la bata y las zapatillas y me fui allá. Al abrir la puerta vi a unelegante lacayo, una de cuyas manos oprimía sin cesar el timbre eléctrico mientras la otragolpeaba el aldabón. En cuanto me vio, cesó el ruido. Dirigió una de sus manosinstintivamente a la visera de la gorra y con la otra golpeaba el aldabón. En cuanto me vio,cesó el ruido. Dirigió una de sus manos instintivamente a la visera de la gorra y con la otrame entregó una carta. Ante la puerta vi un elegante automóvil y a un policía con su farolnocturno aún encendido, en el cinturón, que acudió atraído por el ruido.
 — 
Dispénseme el señor por haberle molestado, pero tenía órdenes muy estrictas.Además, me dijeron que no perdiese un momento y que no dejara de llamar hasta queacudiese alguien. ¿Vive aquí el señor Malcolm Ross?
 — 
Yo soy el señor Malcolm Ross.
 — 
En tal caso, señor, la carta y el automóvil son para usted.Con extraña curiosidad tomé la carta que me entregaban. En mi calidad de abogadotuve desde luego extraños casos, pero nunca me ocurrió ninguno como aquél. Retrocedí alrecibidor entornando la puerta y encendí la luz eléctrica.La carta era de letra femenina y, sin dirección alguna, empezaba así:«Dijo usted que me ayudaría con gusto en caso necesario y estoy persuadida de quehabló sinceramente. Antes de lo que esperaba ha llegado esta ocasión. Me encuentro en unasituación muy desagradable y no sé a quién llamar ni de qué valerme. Temo que hanquerido asesinar a mi padre; aunque, gracias a Dios, aún vive, pese a hallarse sin sentido.He llamado a los médicos y a la policía, pero no tengo a nadie en quien confiar. Si le es
 
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posible venga inmediatamente y perdóneme, si puede. Supongo que más adelantecomprenderá la razón de que le haya pedido este favor, pero ahora no soy capaz dereflexionar. Venga. Venga en seguida.Margaret Trelawny»En mi mente sentí a la vez el dolor y el entusiasmo. Pero dominó la idea de que ella sehallaba en un apuro y me había llamado..., a mí. Así, pues, cuando soñé con ella, no fue sinmotivo.Llamé al lacayo y le dije:
 — 
Espere; dentro de un minuto estoy con usted.Luego, eché a correr escaleras arriba.Poco tiempo me bastó para lavarme y vestirme; de modo que, en breve, recomamos lascalles con toda la velocidad que permitían el tráfico y el reglamento. Yo había dicho allacayo que se sentara a mi lado a fin de que me contase, durante el trayecto, todo losucedido. Él accedió azorado y habló con la gorra sobre las rodillas:
 — 
La señorita Trelawny, señor, mandó recado de que preparásemos cuanto antes uncoche y, luego, acudió ella para darme la carta y recomendar al cochero que se diese prisa.Me aconsejó que no perdiese un segundo y que no dejase de llamar hasta que abriesen lapuerta.
 — 
Ya lo sé..., ya me dijo usted eso. Lo que quiero averiguar es por qué ella me ha hechollamar. ¿Qué ha ocurrido en la casa?
 — 
No lo sé, señor. A excepción de que encontraron al amo en su cuarto, sin sentido, conlas sábanas ensangrentadas y una herida en la cabeza. Quizá no se hubiese podido salvar,pero, por suerte, la señorita Trelawny descubrió su estado.
 — 
¿Y cómo sucedió, a tal hora de la noche?

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