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Rodolfo Walsh - Asesinato a distancia (cuento)

Rodolfo Walsh - Asesinato a distancia (cuento)

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Rodolfo Walsh
 Asesinatoa distancia
los libros te hacen libre
 www.elortiba.org 
 
 Asesinato a distancia
 AD. G. de W.
‘Tis ah a Chequer 
-board of Nights and Days Where Destiny with Men for Pieces plays Hither and thither mayes and mates and shays. And ane by in one the Closet lays.
Omar Khayyam
CAPITULO I
En la espalda gris del mar perduraban los últimos reflejos de la tarde. Las olas corrían veloces hacia laplaya, como una jauría de lebreles blancos. Y en el silencio cargado de un vaho salino, la voz de SilverioFunes parecía más opaca y fatigada que nunca.
Ha pasado un año, pero aún no puedo creerlo.Las palabras quedaron flotando en el ambiente, impregnándolo de extrañeza. Daniel Hernández se re-volvió incómodo en su silla de cañas. A su lado divisaba vagamente la silueta taciturna de Silverio. Elcigarrillo, minúsculo corazón de pausado latir, le encendía a intervalos regulares las facciones reposadasy melancólicas. Daniel lo notaba envejecido.El chillido áspero de una gaviota invisible surcó el cielo del atardecer. Como desmintiéndolo, se oyó en laplaya una risa fresca y alegre, que parecía hecha de menudas cuentas de vidrio. Después una voz mascu-lina, pausada y grave.
Ella parece haberlo olvidado
prosiguió la voz de Silverio
. Es natural. Yo mismo, a veces, me sor-prendo riendo.Bajó la voz, como avergonzado.Se divisaban, cercanas, las siluetas de Osvaldo y Herminia, que volvían del mar. Toda la tarde, bajo el solresplandeciente, habían visto a la distancia las chispas roja y azul de sus mallas, hasta que el crepúsculolas convirtió en puntitos oscuros y la noche las disolvió en su negrura.Herminia reía. Traía los cabellos húmedos y la malla pegada al cuerpo. La blancura de sus piernas delga-das y ágiles resaltaba en la sombra.Se acercó a Silverio y lo besó familiarmente en la mejilla.
—Espero que no se hayan aburrido sin mi’ —
dijo alegremente, y añadió con dejo burlón
: Osvaldonada muy bien.Daniel pensó que un rubor imperceptible coloreaba fugazmente el rostro atezado de Osvaldo. Osvaldoera el secretario de Funes.El anciano sonrió.
Sí, hija, y tú también. ¿Nos acompañas a cenar?La muchacha se puso seria.
No
respondió
. Tío no cree que debo salir sola todas las noches. El cree en la frivolidad organizada.Me voy.Osvaldo se ofreció para acompañarla, pero ella no le hizo caso.
No
dijo
, quizás esté espiando desde la ventana.Se despidió de ellos con una reverencia burlona y se alejó corriendo por la arena, que crujía suavementebajo sus pies desnudos. Silverio la siguió con la vista hasta que desapareció. Osvaldo había encendido uncigarrillo y permaneció un instante con ellos antes de subir a cambiarse.En el extremo del breve espigón de piedra brillaba una luz. Otras se iban encendiendo poco a poco endistintos puntos de la costa. En el cobertizo de las barcas se oyó la voz de Braulio, el peón, que cantabacon su voz baja y profunda. Daniel aún no había podido saber qué cantaba todos los días, porque siem-pre se dejaba llevar por la voz, sin atender a las palabras.En el interior de la casa sonó el gong. Aquella nota sorda pareció crecer hasta envolverlos, y luego disi-parse hasta que sus últimas vibraciones más que oírse se sentían como un levísimo estremecimiento enla piel.Se acercaron lentamente a la casa.Lázaro estaba sentado en el centro del dragón escarlata que adornaba la alfombra verde del hall. Con laspiernas cruzadas, parecía un Buda menudo, deforme y reconcentrado. A Daniel, al cabo de tres días que
 
estaba en Villa Regina, aún lo sorprendía aquella inmovilidad. Seguramente los había oído entrar, peroseguía con los ojos clavados en el tablero donde reproducía una partida de ajedrez. Daniel pensó quedeliberadamente no parpadeaba. Disimulaba el ritmo de su respiración y tenía una mano suspendida enel aire, en ademán de capturar una pieza. Los dedos largos y bronceados caían hacia abajo en actitud deindolencia, pero se adivinaba que una fuerza instantánea podría animarlos. Lázaro era un sistema deresortes que manejaba con consciente satisfacción.Alzó bruscamente la cabeza y los miró con expresión indefinible. De pronto sonrió.
Tengo aquí la partida de Marshall y Halper
dijo.Se dirigía a Daniel. A su padre no le interesaba el ajedrez.
El gambito escocés?
Sí. ¿Lo conoce? En realidad, es un gambito danés modificado.
Una luz de repentina ansiedad seencendió en sus ojos
. ¿Lo vemos después de la cena?Daniel accedió.Una frialdad involuntaria presidía la cena cuando faltaba Herminia. De noche la casa parecía crecer apesar de las luces. Crecer y volverse hostil, encerrarse en sí misma, recaer en oscuras meditaciones. Dedía era el bullicio juvenil en la arena dorada y en el cuadrilátero rojo de la cancha de tenis, bajo el arcoi-ris de los parasoles y en la verde llamarada del mar. De noche
cuando faltaba Herminia, que a ve- vesvenía con su tío, que a veces venía con alguna amiga, que a veces llegaba sola, que llegaba siemprecomo un deslumbre de juventud
era una cena de hombres solos.Sebastián servía los platos y llenaba las copas. Tenía la piel blanca y tensa en el rostro largo y flaquísimo,y el cabello negro pegado a las sienes. Se doblaba como una vara de acero en su chaqueta blanca. Habíaalgo inquietante en el silencio con que entraba en el comedor y volvía a la cocina.Osvaldo comía con buen apetito, pero sin jovialidad. Era como si en el interior de la casa, bajo la miradade Funes, se restablecieran viejos lazos de sumisión, nunca abolidos del todo. Daniel pensó, con un so-bresalto, que en algunos momentos Osvaldo parecía tener dos rostros superpuestos y diversos, que seinfluían mutuamente con extraños efectos.Lázaro miraba a Osvaldo con soma. Lázaro era deliberadamente mal educado. Hundía el pan en la sopay hacía ruido con la boca escarbándose los dientes. De sobremesa cruzaba las manos sobre el vientreprominente (a pesar de su juventud) y parecía más que nunca un Buda de ojos entrecerrados y malig-nos.Entonces Silverio trataba de animar la conversación. Hablaba de su juventud, cómo había hecho fortuna,cómo había construido todo (con aquellas manos sarmentosas y endebles), cómo había levantado lavilla
Villa Regina
, frenando los médanos con sabias líneas de defensa (como un general, con aquellasmanos), y aun robando algún palmo al mar.Todo eso lo había enorgullecido en alguna época, pero ahora lo decía sin convicción. Como un fox-terrier (eso, pensó Daniel, como un tozudo y minúsculo fox-terrier que da vueltas alrededor de la madri-guera) volvía a la polvareda de memorias que aquel nombre
Villa Regina
levantaba. Volvía a Regina,casi sin nombrarla. A Regina, que había sido madre de Ricardo, pero no de Lázaro. De Ricardo, que separecía a ella y se había vuelto loco y
como ella
había muerto.Entonces Lázaro, escarbándose los dientes, hacía ruido con la boca.La madre de Lázaro había muerto antes y nadie la nombraba. Tal vez él la nombrara en algún momento,muy hondo, casi sin darse cuenta, pero ahora cruzaba las maños sobre el vientre y sus ojos se rebajabana estrías filosas. La madre de Lázaro era oscura como él, oscura como el humo de las fábricas de Silverio,como el agua de los charcos, perdida y remota en la penumbra de un pretérito sueño sin grandeza,mientras que Regina miraba con ojos increíble- mente azules desde el óvalo dorado de un cuadro, en lavastedad del comedor, a la luz de los candelabros. Regina tenía ojos azules como Ricardo, que había sidosu hermanastro, y había enloquecido, y había muerto.Daniel veía su imagen deformada en los cubiertos de plata, y vanamente trataba de sacudirse aqueldesasosiego que sentía crecer a su alrededor, que brotaba de todas las cosas, aquella fábula de muertey de demencia, grabada en el secreto corazón de las cosas.Osvaldo escuchaba a medias, por espíritu de subordinación a su empleador (por cortesía, pensaba él) lacrónica invariable.Osvaldo pensaba en Herminia, que se hundía en el agua, en la red incesante y cristalina del agua, troca-da en mágico naipe de reflejos dorados.*Lázaro comentaba la partida, que sabía de memoria ha entregado la dama a cambio de dos piezasmenores... Es un error..., el análisis posterior lo demuestra. Pero el adversario, deslumbrado por la cer-

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Nazza Dg added this note
alguien que me resuma las paginas "17, 18, 19, 20, 21 y 22" ???? por favor!!!
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Mara Isabel Vaca Diez added this note
esto me ara muy vien para la prueva que voy a tener de fin de año
Laa Roo added this note
qien es el detective y el sospechoso?
Elias Cernadas liked this

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