Lección inaugural en el Collège de France pronunciada el 2 de diciembre de 1970
[9]En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos que,quizás durante años, habré de pronunciar aquí, hubiera preferidopoder deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, hubierapreferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todoposible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momentode ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacíamucho tiempo: me habría bastando entonces con encadenar, proseguirla frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ellame hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. Nohabría habido por tanto inicio; y en lugar de ser aquel de quien procedeel discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de sudesarrollo, el punto de su desaparición posible.Me habría gustado que hubiese detrás de mí (habiendo tomado des-de hace tiempo la palabra, repitiendo de antemano todo cuanto voy adecir) una voz que hablase así: «Hay que continuar, no puedo conti-nuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hastaque me encuentren, hasta el momento en que me digan —extrañapena, extraña falta, hay que continuar, quizás está ya hecho, quizás yame han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de mi historia,ante la puerta que se abre ante mi historia; me extrañaría si se abriera».Pienso que en mucha gente existe un deseo semejante de no tenerque empezar, un deseo se–[10]mejante de encontrarse, ya desde elcomienzo del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que
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