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Terrail, Ponson Du_las Hazanas de Rocambole

Terrail, Ponson Du_las Hazanas de Rocambole

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LAS HAZAÑAS DE ROCAMBOLEPONSON DU TERRAIL
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Librodot Las hazañas de Rocambole Ponson du Terrail
CAPITULO I
«La Mouette», bricbarca mercante francés, hacía la travesía de Liverpool al Havre,llevando entre sus pasajeros a un joven de mediana estatura, de unos veintiséis aveintiocho años, pelo rubio y rostro simpático, pese a la máscara de impasibilidad quecaracteriza a los hijos de la altiva Albión. Vestía ropas de viaje: pantalón a grandescuadros grises y negros, manta escocesa enrollada alrededor de un gabán corto deamplios bolsillos y color rosáceo, y una gorra escocesa cuyas cintas flotaban sobre sushombros. Portaba una cartera de viaje con un diccionario frans-inglés, unmonóculo, una petaca y una botellita de ron. Colgada del otro brazo llevaba una granmanta. El capitán del barco le llamaba sir Arturo y el pasajero no hacía más que preguntarse:-¿Me habré vuelto realmente inglés, un gentleman de esos que se interesan por lascarreras de caballos de Epsom, por una novela de Dickens, escriben versos en el periódico de su ciudad natal y regresar de su tercer viaje alrededor del mundo,mientras sueñan casarse con una señorita vaporosa, de cutis rosado, ojos azules ycabello rojo?Sir Arturo se repetía aquello, pero la verdad es que pensaba en París. Pronunciar la palabra era emocionarse como al nombrar a una madre. ¡París! La tierra de losaudaces, de los filósofos y de los soldados. ¡París! La patria de los que tienen elcorazón con deseo de dominio y el cerebro con fulgor de genio.-He pasado cuatro años entre la niebla inglesa de Londres -suspiraba el llamado sir Arturo-. Cultivando la virtud como un plebeyo, viviendo modestamente con mis diezmil libras de renta, soñando con ver el celeste deslumbramiento de ese París nocturnoy resplandeciente que va de Tortoni al bois, a través del sol de los Campos Elíseos, yaguantando a las hijas casaderas de los tenderos de la cité cuando por las noches iba atomar el té con ellos. Un año más y sir Arturo, gentleman angloindio, se hubieracasado con miss Ana Perkins o con la misteriosa viuda de las tres Estrellas. Afortuna-damente, recordé que me había llamado el vizconde de Cambolh, luego el marquésdon Iñigo de los Montes, y que había presidido «El Club de las Sotas de Copas», aquien el infortunado maestro sir Williams vaticinó un brillante porvenir.Y Rocambole, pues no era otro el pasajero que así pensaba y vestía de tal guisa,continuó paseándose por la cubierta de la embarcación, contemplando las ya nolejanas costas francesas.-¡Pobre sir Williams! -suspiró, pensativo, al cabo de un instante-. ¡Era un hombrede genio! Pero, ¡qué desgraciado! Jamás encontraba el camino del éxito en susmagníficas inspiraciones. ¡Ah, si tuviera yo su talento!Rocambole despertó bruscamente de su ensueño al oír un ruido inusitado querepercutía en el buque. La imperiosa y dura voz del capitán resonó por todas partes,gritando-¡Todo el mundo al puente!-¿Qué sucederá? -se preguntó Rocambole-. Si aún no hace una hora que lo dejé yse iba a la cama.Regresó al puente y descubrió al capitán en su puesto. Daba órdenes a losmarineros para que arriaran las velas, mientras los pasajeros aparecían consternados.Rocambole se dirigió a un joven rubio, alto y delgado que vestía de marinero y por ungalón de plata en su gorra de hule indicaba que era oficial de marina. El joven
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Librodot Las hazañas de Rocambole Ponson du Terrailconservaba su tranquilidad y sonreía en medio de la consternación general, mientrasdirigía su anteojo hacia el horizonte.-Caballero, ¿podría indicarme qué significa todo esto? -le preguntó en inglésRocambole-. ¿Por qué hacen subir al pasaje a cubierta y arrían las velas?-Vamos a tener una turbonada -respondió el joven, también en inglés.-¿Quiere decir que tendremos tormenta? ¿Y cómo, si no hay una nube en el cielo?-Para usted, no. Nosotros, la gente de mar, ya la hemos visto hacia el Oeste. Tengami anteojo y fíjese en aquel puntito que parece una vela.-Sí -dijo Rocambole, después de mirar un instante.-Antes de una hora, todo el cielo estará cubierto y tendremos rayos, truenos y estemar tan tranquilo se pondrá tan furioso que nuestro barco parecerá una cáscara denuez encima de las olas. Basta un jirón de tela puesto al viento, o un foque sin arriar, para que naufra, guemos.-¿Es posible que esa nubecilla le haga a usted presagiar tanto daño? -preguntóRocambole, un poco admirado por su clara explicación.-Caballero, soy marino -respondió el joven, sonriente-. Los marinos estudiamos elcielo tan constantemente que rara vez nos equivocamos.-De modo que tendremos tempestad y estamos en peligro -dijo Rocambole, al cualno le agradaba la idea de dormir bajo las algas.-Los marineros estamos tan acostumbrados a sacrificar nuestra vida, que siempretomamos las cosas por lo peor -comentó el joven, siempre sonriente-. Claro que es posible que exagere un poco. Además, el capitán conoce su oficio y la tripulación es buena.-¿Usted sólo es pasajero?-Sí, soy alférez de navío de la Compañía de Indias.Rocambole parpadeó admirado al oír tal respuesta. Aquello le recordaba algointeresante.-¿Va usted al Havre? -preguntó.-No, a París. Debo tener una madre y una hermana a quienes no veo desde hacedieciocho años..., desde el día -añadió emocionado- en que embarqué como grumeteen un buque de la Compañía de Indias. Entonces tenía diez años.Aquellas palabras estremecieron a Rocambole, que olvidó la cercana tormenta y la perspectiva de naufragio. Aquella historia la había leído en el cuaderno de notas de sir Williams. ¿No sería aquel desconocido el protagonista de ella?-Así que es usted francés- murmuró.-Si -respondió el joven, con un afirmativo movimiento de cabeza-. Comprendo quele extrañe, pero el que esté en la Compañía de Indias se debe a secretos de familia.Rocambole indicó con un gesto ambiguo que no deseaba traspasar los límites de ladiscreción, y el joven marino, tras una cortés inclinación, le dijo:-Perdone que le abandone un momento, pero debo recoger unos documentos muyimportantes, que no me gustaría perder si naufragamos. Incluso me echaré con ellos alagua, si es preciso.Rocambole correspondió a su saludo y le dejó marchar. Sin embargo, no dejó de pensar en cuanto le había dicho. Si aquel hombre era el muchacho a quien se referíanlas notas escritas por sir Williams años atrás, debía prestar atención. Podría, incluso,atreverse a formular un tenebroso proyecto.-Francés -murmuraba, mientras vigilaba los pasos del marino con ánimo decaptarse su confianza, para conseguir su secreto-. Al servicio de la Compañía deIndias. Hace dieciocho años que abandonó París embarcando como grumete. Sinduda, éste es el hijo de la marquesa a quien sir Williams se refería en sus notas.
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