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Francisco Lacueva - Etica Cristiana

Francisco Lacueva - Etica Cristiana

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Published by: Guillermo de la Cruz on Oct 21, 2011
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CURSO DE FORMACIÓNTEOLÓGICAEVANGÉLICATOMO 10ÉTICA CRISTIANAFRANCISCO LACUEVA
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INTRODUCCIÓN
El lector estudioso de los volúmenes que integran este Curso de FormaciónTeológica Evangélica, extrañará una vez más que la cronología que seguimosen la publicación de dichos volúmenes no se ajuste a la "lógica" sistematizaciónque la lista numerada de la primera página de cada volumen hace entrever.Una vez más, nos saltamos otros títulos y nos disponemos a estudiar el temadel volumen indicado como el X, es decir, el penúltimo de la serie teológica quevenimos publicando.¿Qué nos ha movido a lanzar ahora estudiar la ÉTICA CRISTIANA, dejandopara más adelante otros temas que lógicamente previos, como sonGRANDEZA Y MISERIA DEL HOMBRE, LA PERSONA Y LA OBRA DEJESUCRISTO YDOCTRINAS DE LA GRACIA(con algo tan básico como eltema de la justificación por la fe)Las razones personales que Me han impulsado a escribir ahora este volumen Xson principalmente dos1. Acabo de dar un cursillo en Barcelona sobre ÉTICA CRISTIANA, apetición del Consejo de Ancianos de la Iglesia Evangélica sita en calleToldrá, 54, a quienes agradezco, entre otros muchas cosas, laoportunidad que me han brindado de estudiar una materia que para mírevestía un extraordinario interés, pero en la que no soy precisamenteun experto. La discusión que seguía a cada una de las lecciones me haservido para clarificar muchas ideas. Hay un proverbio español que dice:"A hierro caliente, batir de repente",' y no he querido que las ideas quedicho cursillo me ha sugerido, se me fueran enfriando.2. El segundo motivo que me ha impulsado a publicar ahora este volumenha sido la urgencia del tema, que hoy se palpa en todos los ambientessensibilizados por los problemas morales que plantea la modernasociedad de consumo. Esta urgencia es sentida de un modo especialpor 108 pastores y escritores evangélicos a quienes constriñe el amor deCristo por las ovejas encomendadas a su cuidado. En realidad, el primernúcleo de estas lecciones lo formaron cuatro conferencias dadas en elverano de 1973 en Santa Cruz de Tenerife, en la iglesia evangélica de laFIEIDE que pastorea D. Bernardo Sánchez. Quiero expresar tambiénpúblicamente mi gratitud a dicha iglesia.¿Pero es que nos hace realmente falta a los evangélicos un volumen sobreÉTICA CRISTIANA? ¿Es que no tenemos bastante con la Biblia e incluso,apurando más, con el Nuevo Testamento? ¿No hemos acabado ya con la Ley ycon sus detalladas normas? ¿No es Jesucristo el que vive en el creyente y elque, por medio de su Espíritu, obra en nosotros su fruto? ¿No es el Amor laúnica "Ley" del cristiano? ¿No podemos suscribir la bien conocida y bella frasede Agustín de Hipona: "Ama, y haz lo que quieras"?
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A todas estas objeciones esperamos dar cumplida respuesta a lo largo deestas páginas. Pero permítaseme, ya de entrada, una observación general bienfundada en mi propia experiencia privada. Cuando yo salí por primera vez deEspaña y de una Iglesia que, a la sazón, disponía de una Casuística Moralcompleta y minuciosamente cuadriculada, y me
 
bastaba para orientarme en laesfera de lo ético, del índole moral.Y es que, para saber a qué atenerse en multitud de circunstancias que nosapremian a decidirnos aquí y ahora por lo que es "la buena voluntad de Dios,agradable y perfecta" (Rom. 12:1), se necesita una gran madurez espiritualcristiana, basada en una total consagración al Señor, con las antenas siemprealerta a las indicaciones de su Espíritu, y en un conocimiento no corriente deesa sabiduría de salvación que proporcionan las Sagradas Letras (cf. 2.a Tim.3:14-17).Ahora bien, ¿cuántos son los evangélicos de habla castellana que disponen deltiempo suficiente (aun suponiendo que no les falten ganas) para adentrarse delleno en todo el cuerpo de enseñanzas éticas -muchas veces, implícitas-,diseminadas a lo largo de toda la Palabra de Dios según lo demandaban laspeculiares circunstancias de tiempo y lugar, puesto que la Biblia lo esprimordialmente un Credo ni un Código, sino una Historia de la Salvación? Yaun conociendo exhaustivamente, si ello cupiera, todas las enseñanzas éticasde la Sagrada Escritura, ¿dónde encontrar allí alguna indicación clara sobre lalicitud o ilicitud de cosas tan importantes, y siempre actuales, tales como el usode anticonceptivos en el matrimonio, la ejecución de la pena de muerte o elempuñar las armas en caso de guerra "legítima"?Si se me arguye que basta, para el verdadero creyente, con seguir lasindicaciones del Espíritu Santo, replicaré inmediatamente que, aun en el másconsagrado de los creyentes, la acción del Espíritu Santo, aun siendo unabrújula infinitamente fiable, no garantiza la infalibilidad ni la impecabilidad deningún ser humano -excepto las del Hombre con mayúscula, que era tambiénel Hijo de Dios-, puesto que todos los demás albergamos todavía en nuestroentendimiento y en nuestro corazón la vieja naturaleza caída, con su "yo"destronado, pero no destruido. Creyentes y líderes evangélicos de la más altacompetencia y de la más profunda espiritualidad, piensan a veces (y obran)equivocadamente, en notoria contradicción con lo que el Espíritu de Diosrequiere en determinadas circunstancias, creyendo sinceramente que susideas, sus planes, sus métodos, sus complejos, sus realizaciones, son un ecode la voluntad de Dios, cuando sólo son producto de una esclerosis mental queno les permite conjugar sabiamente la inmutabilidad de los principios con laflexibilidad de de métodos de adaptación a la circunstancia, o son víctimas máso menos conscientes de la corrosión que en el carácter de las personas másespirituales produce el instinto primordial de afirmación de la propiapersonalidad y que se manifiesta en el afán de crearse un nombre mediante laconstante búsqueda de realizaciones "para la gloria de Dios" o "para la mayorextensión del Evangelio", en la propensión a encontrar defectos en los demás ya sufrir celillos por los éxitos ajenos, los hay inclinados a sentirse siemprevíctimas de la incomprensión ajena, sin sacudirse jamás el complejo depersecución. Con todo ello, ni hacen ni dejan hacer; y el demonio sigue tan
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