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 21Complicarse la vida
ntré en casa todo los silenciosamente que pude. Se suponía que esa noche iba adormir con Pablo y no me esperaban, así que no quería que oyeran a alguien entraren casa en plena madrugada y se llevaran un susto.Santiago no me había invitado a dormir con él y yo tampoco lo había pretendido.Me había pedido mi número de teléfono y yo se lo di, sin ni siquiera saber si eso significabaalgo. No estaba muy seguro de si nos íbamos a ver de nuevo o no, en todo caso, aquellanoche no había salido como yo esperaba. Mi antiguo profesor era en la cama muy diferentea cómo yo había supuesto que sería: parecía tener mucha experiencia, pero casi parecíaexigirme a mí que la tuviera también. En medio del sexo empecé a darme cuenta de que yoestaba empezando a preocuparme más por hacerlo bien que por pasarlo bien, lo cual suponeuna gran diferencia, casi como si fuera verdad que tenía que sacar buena nota en un examencomplicado. Yo, que estaba bastante acostumbrado a tirarme a tíos mayores, empezando porDavid y terminando por un par de cuarentones que me habían follado en el cuarto oscuro,nunca había visto esa actitud. Nunca ninguno se había quejado por mis capacidades, y entodo caso, si habían notado alguna carencia no lo mostraban, y parecían contentarse con mi juventud y mis ganas. Tampoco es que ninguno de ellos le exigiera a un chico de dieciochoaños otra cosa más que una cara bonita y un culo bien dispuesto.Por otro lado, Santiago era en la cama sorprendentemente inexpresivo, y yo nosabía si bien era de carácter introspectivo o si bien yo no le había puesto lo suficientementecachondo, lo que hacía que yo tampoco consiguiera excitarme a tope.No era que no hubiera disfrutado, pero sí que era verdad que no había disfrutadotanto como yo esperaba, y de algún modo seguía sin sentirme satisfecho y seguro. Esonunca me había pasado antes.Fui a la cocina a por algo caliente, y metí una taza con agua en el microondas paraque hirviera. Mientras tanto, fui al baño a lavarme un poco y me puse uno de esos pijamasde franela a los que me había aficionado gracias a Pablo. Cuando volví a la cocina, meencontré con que Lola estaba allí, sentada a la mesa y con un fino camisón blanco. A pesar
E
 
del fresco que hacía y de lo desabrigada que estaba, parecía acalorada y se abanicaba con unpequeño panfleto de publicidad que había estado olvidado sobre la encimera.
 — 
Siento haberte despertado
 — 
le dije al entrar.
 — 
No, no lo sientas, ojalá hubieras sido tú
 — 
me contestó
 — 
. Me ha despertado lamenop
ausia, esa cabrona…
 Saqué la taza de agua del microondas y le eché una bolsita de té de jengibre conlimón, una variedad a la que mi padre se había aficionado de joven tras vivir en Inglaterra.Ahora estaba empezando a gustarme a mí también.
 — 
¿Quieres un té?Negó con la cabeza.
 — 
Tráeme un vaso de agua fresca, si no te importa.Saqué una botella de agua de la nevera y se la tendí, junto con un vaso. Luego leeché un poco de miel a mi té y me senté frente a ella en la pequeña mesa de la cocina.
 — 
¿No ibas a dormir en casa de Pablo?
 — 
me preguntó, pegando el vaso lleno deagua fría a sus arreboladas mejillas.
 —Sí, pero… hubo un cambio de planes.
 
 — 
¿Ligaste?
 — 
Algo así 
 — 
Bebí un poco de té y decidí cambiar de tema
 — 
. ¿Siempre tedespiertas de noche?
 — 
Casi siempre. A veces dos o tres veces en una noche. Desde que me vino lamenopausia que no duermo de corrido.
 — 
Pues qué putada.
 —Sí. Y tu padre ni se entera. Ahí está, roncando tan feliz. Me da una envidia…
 Sonreí.
 — 
Mi madre decía lo mismo. Ella tuvo la menopausia cuando mis padres seguían
 juntos. Siempre se quejaba de lo mal que dormía y… — 
Me interrumpió un inesperado nudoen la garganta, y bebí algo de té para disimularlo.
 — 
¿Estás bien?
 — 
me preguntó ella, notando mi turbación.
 —Sí, es que… Por lo visto me si
enta mal hablar de mi madre.
 — 
Lo siento.Me encogí de hombros.
 — 
Ni que fuera culpa tuya.
 — 
No, pero mi existencia te lo está poniendo más difícil todavía
 — 
me dijo. Ella eramuy consciente del hecho de que mi madre se había enfadado aún más al saber de ella.
 — 
Me voy a dormir si no te importa.
 — 
Me levanté, llevándome la taza conmigo
 — 
.No te preocupes por esas cosas, Lola. No es culpa tuya si mi madre si no sabe aceptar lavida sexual de los demás.
 
 — 
Ni tuya tampoco
 — 
me dijo por encima del hombro.Me pegué el resto de la noche intentando convencerme de que eso era verdad.*Tardé casi dos semanas en volver a tener noticias de Santiago, y de hecho, casi habíaolvidado nuestro pequeño affaire y dado por sentado que no íbamos a volver a vernos. Alparecer a él le costó decidir si llamarme o no: quería verme, me dijo, pero yo era muy joveny no sabía si quería complicarme tanto la vida. Yo sonreí cuando le oí decir eso, porque enrealidad en las dos semanas que había pasado entre nuestro encuentro y su llamada, mi vidase había complicado como nunca antes, y no había tenido nada que ver con él.
 —Noah, tenías que habérmelo dicho… — 
me dijo Pablo por teléfono tres o cuatrodías más tarde de mi lío con Santiago. Me había llamado por la mañana, en mitad de mihorario de clases, y eso no era propio de él.
 — 
¿El qué?
 — 
pregunté yo.
 — 
Joder Noah, esas cosas no se hacen sin avisar a tu mejor amigo
 — 
se quejó
 — 
, ymenos si tu mejor amigo conoce a tu novio. O bueno, ex-
novio…
 
 — 
¿De qué estás hablando?Le oí chasquear la lengua con fastidio.
 — 
Ven a mi casa, anda.
 — 
Esta tarde puedo pasarme por ahí a última hora
 — 
dije apresuradamente. Lallamada de Pablo me había pillado en el cambio entre dos clases, pero la segunda iba aempezar ya.
 — 
No, ven ahora.
 — 
Pablo
 — 
siseé
 — 
, que estoy en clase.
 — 
No te lo diría si no fuera urgente, cariño.
 — 
¿Me vas a decir qué pasa?
 — 
Cuando llegues.Suspiré mortificado y colgué el teléfono. Entré de nuevo en el aula para coger miscosas mientras el profesor entrante acomodaba las suyas en su mesa.
 — 
Clara
 — 
le susurré a esta al oído
 — 
, ha pasado algo. Me tengo que ir.
 — 
¿Estás bien?
 — 
me preguntó alarmada.
 — 
Sí, pero Pablo dice que vaya a su casa. Pasa algo, pero no sé
qué…
 
 — 
Seños Estévez
 — 
me llamó el profesor
 — 
. ¿Algún problema?Me di cuenta entonces de que la clase ya había empezado pero que yo seguía de pieen medio del aula con la mochila colgando de un hombro. Me acerqué hasta donde estaba elprofesor y le dije algo sobre un problema familiar.
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