del fresco que hacía y de lo desabrigada que estaba, parecía acalorada y se abanicaba con unpequeño panfleto de publicidad que había estado olvidado sobre la encimera.
—
Siento haberte despertado
—
le dije al entrar.
—
No, no lo sientas, ojalá hubieras sido tú
—
me contestó
—
. Me ha despertado lamenop
ausia, esa cabrona…
Saqué la taza de agua del microondas y le eché una bolsita de té de jengibre conlimón, una variedad a la que mi padre se había aficionado de joven tras vivir en Inglaterra.Ahora estaba empezando a gustarme a mí también.
—
¿Quieres un té?Negó con la cabeza.
—
Tráeme un vaso de agua fresca, si no te importa.Saqué una botella de agua de la nevera y se la tendí, junto con un vaso. Luego leeché un poco de miel a mi té y me senté frente a ella en la pequeña mesa de la cocina.
—
¿No ibas a dormir en casa de Pablo?
—
me preguntó, pegando el vaso lleno deagua fría a sus arreboladas mejillas.
—Sí, pero… hubo un cambio de planes.
—
¿Ligaste?
—
Algo así
—
Bebí un poco de té y decidí cambiar de tema
—
. ¿Siempre tedespiertas de noche?
—
Casi siempre. A veces dos o tres veces en una noche. Desde que me vino lamenopausia que no duermo de corrido.
—
Pues qué putada.
—Sí. Y tu padre ni se entera. Ahí está, roncando tan feliz. Me da una envidia…
Sonreí.
—
Mi madre decía lo mismo. Ella tuvo la menopausia cuando mis padres seguían
juntos. Siempre se quejaba de lo mal que dormía y… —
Me interrumpió un inesperado nudoen la garganta, y bebí algo de té para disimularlo.
—
¿Estás bien?
—
me preguntó ella, notando mi turbación.
—Sí, es que… Por lo visto me si
enta mal hablar de mi madre.
—
Lo siento.Me encogí de hombros.
—
Ni que fuera culpa tuya.
—
No, pero mi existencia te lo está poniendo más difícil todavía
—
me dijo. Ella eramuy consciente del hecho de que mi madre se había enfadado aún más al saber de ella.
—
Me voy a dormir si no te importa.
—
Me levanté, llevándome la taza conmigo
—
.No te preocupes por esas cosas, Lola. No es culpa tuya si mi madre si no sabe aceptar lavida sexual de los demás.
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