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Lacuestióncriminal
Eugenio Raúl Zaffaroni
Suplemento especial de
P
ágina
I
12
21
 
47.¿Por qué?
 Nos reservamos para el final la pregunta acerca del
 por qué 
de las masacres.
¿Por qué un grupo de podermonta un estado de policía, elimina las limitaciones a su poder punitivo y aniquila a una masa humana que señalay sustancializa como enemiga?
Es cierto que señalar a un enemigo es un modo decanalizar malestar y venganza, pues poner todo el malen cabeza de un grupo es un fortísimo recurso políti-co, todo lo amoral que se quiera, pero siempre muyeficaz, hasta el punto de que un teórico psicópata co-mo Carl Schmitt lo consideró la
esencia de la política.
Pero más allá de esta verificación, cabe preguntarsequé es lo que mueve a un grupo humano a buscar se-mejante acumulación de poder en pos de un poderabsoluto, al que nunca se llega y que termina en supropia ruina. Llama la atención que este recurso sereitere sin desgastarse a lo largo de milenios, pese aque se sabe que si nadie lo detiene siempre acaba enuna masacre, cuya proximidad ni siquiera detectanmuchas de las propias víctimas.Se trata de preguntas que son clave para cualquiertentativa seria de prevención de masacres.Hemos visto que para acercarnos un poco a las res-puestas debemos salir de la criminología y mirar haciaotros campos del conocimiento. Así fue como recor-damos que desde la psicología Norman Brown corre-gía las tesis de los últimos años de Freud, atribuyendoa una
 patología civilizatoria
el impulso a la acumula-ción indefinida de riquezas que miles de vidas muylongevas no podrían consumir, lanzando la idea deque la historia humana sería la
historia de una neurosis
que obedecería a la incapacidad de incorporar lamuerte, pues al separarla radicalmente de la vida pro-vocaría una ambivalencia irreductible.En definitiva, los bienes dan poder y, por lo tanto,lo que se persigue es una búsqueda indefinida de po-der, que comprende también la acumulación del
sabercomo poder
en la forma de
saber señorial
, de
Dominus
.Por consiguiente, resulta que la sociedad modernapresenta características morbosas respecto de los es-quemas que rigen la búsqueda del conocimiento, quetienen por meta la dominación de los entes. El capi-talismo salvaje –estimulador de la acumulación inde-finida– sería la expresión de esta neurosis civilizato-ria, que al señalar como meta dominante la acumula-ción de riqueza llevaría a la negación de
Eros
, a la su- blimación del cuerpo: la riqueza se vuelve un fin en símismo, el cuerpo se neutraliza y triunfa
Tanatos
, lapulsión de muerte.Vimos antes que una acumulación infinita de poderpresupone la idea del tiempo lineal, en forma de fle-cha, que supera la existencia individual y no retorna,y que sobre esa misma idea del tiempo se asienta lavenganza, a cuyo respecto recordamos a Nietzsche:
lavenganza es siempre venganza contra el tiempo
, porqueno se puede hacer que lo que fue no haya sido.Por ende, la idea lineal del tiempo es presupuestotanto de la acumulación indefinida de poder como dela venganza. También vimos cómo el
saber señorial
, osea, la
ciencia del dominus
, lleva a la cosificación de lapersona e impide cualquier diálogo, acabando en unfenómeno de retroalimentación peligroso.La
neurosis civilizatoria
tanto como la acumulaciónseñorial de saber, apoyadas ambas al igual que la ven-ganza sobre la idea lineal del tiempo, si bien explicanmucho en forma convincente, parecen quedarse enhechos del último milenio, pero las masacres no se li-mitan a nuestra civilización dominante, moderna ypremoderna. Las masacres suelen encubrirse con vi-siones religiosas y son tan antiguas como la religión y,al igual que ella, son
 pre-estatales
, pues aparecen ensociedades con organizaciones muy diferentes a lasmodernas y también muy distintas entre sí.Esta verificación abre el espacio para una tesis quesubyace en Hobbes y que se deforma hasta la aberra-ción en todo el inmoralismo que pretende legitimar alestado de policía como única forma posible de organi-zación social, que es la
naturalización
de las masacres.Según esta tesis, la persistencia y antigüedad del fe-nómeno respondería a razones biológicas, o sea, a algono mutable de la biología humana. La lógica
naturali-zante
es impecable: si venimos fallados genéticamentey el
 gen
perverso nos lleva a la violencia, adelante, si-gamos por ese camino que vamos bien, al estilo deCarl Schmitt.Esta
lógica masacradora
podía sostenerse en el siglopasado con cierto gesto de indiferencia y hasta de so- berbia, porque las masacres mataron a un habitantedel planeta por cada cincuenta, pero quedaron cua-renta y nueve.Michel Serres sostuvo en su
 Atlas
(1994) que desdeHiroshima aparece el temor a una
nueva muerte
: la dela especie. Pero desde hace tiempo se viene observan-do que el avance tecnológico habilita hoy la posibili-dad de una masacre que afecte a toda la especie, y noya mediante un conflicto bélico, sino por el propiosistema de producción que en su búsqueda de acumu-lación de bienes no se detiene ni siquiera ante el ries-go de aniquilamiento total de la vida humana.Cuando nos referimos a la
cautela
de Spee, lo ciertoes que –con este u otro nombre– su recomendaciónsobrevuela el pensamiento contemporáneo. Es claroque responde a este principio la
ética de la responsabili-dad
de Hans Jonas, cuyo imperativo podrá sintetizarseen la fórmula
obra de tal manera que los efectos de tu ac-ción no destruyan la posibilidad futura de la vida.
El naturalista francés del Sahara, Theodor Monod,candidateó a los
cefalópodos
del fondo de los mares paraque después de algunos millones de años reemplacen alos humanos extinguidos por su violencia intraespecífi-ca. Parece que cada vez que comemos un
 pulpo a la galle- ga
estamos masacrando a los candidatos a sucedernos.Imaginemos a un pulpo cabezón e inteligente dentro dealgunos millones de años, dedicado a la arqueología,describiendo cómo una especie de gigantes tontos seextinguieron por tener los brazos lejos de la cabeza.La amoral e irresponsable tesis de la naturalizaciónde las masacres significa hoy –por decirlo claramen-te– impulsar masacres mucho mayores que las pasa-das. Poco tiempo nos quedaría en el planeta de sercierta esta tesis. (En el café me dicen algo así como
 pará el mundo loco, que quiero bajarme.
Otro reflexio-na:
 por agarrar la sortija no nos damos cuenta de que lacalesita no para más
.)Pero no es necesario apelar a antidepresivos, puesno existe prueba alguna de esta fatalidad biológica dela especie. Recordemos que si miramos nuestro plane-ta en tiempos geológicos, o sea, desde su aparición, yeso lo imaginamos como una semana, nosotros hemosllegado a su superficie unos pocos segundos antes de lamedianoche del domingo. A lo largo de nuestra brevehistoria sobre el pequeño planeta que ocupamos seconsideraron
naturales
demasiados productos cultura-les –como la esclavitud o las jerarquías racistas– y, enconsecuencia, no podemos dejar de sospechar que lapretendida fatalidad de las masacres sea también unproducto cultural
 políticamente naturalizado
.Por ende, hay unas cuantas cosas que podemos ha-cer para que la calesita no nos arrastre y para seguircomiendo pulpo a la gallega con cierta tranquilidadde conciencia.
48.¿Qué puede hacer la criminología?
Las masacres son un crimen (el más grave de todos)y cuando de prevenir delito se trata, desde siempre sesabe que hay dos niveles de prevención: la
 prevención primaria
, que va a la raíz social del conflicto (porejemplo, en delitos callejeros contra la propiedad, engeneral, la renta
 per cápita
y la estratificación socialmuy marcada), y la
 prevención secundaria
, que es laque opera contra el hecho mismo (la seguridad públi-ca, la policía y el aparato penal).Respecto de las masacres, sería
 prevención primaria
corregir nuestra neurosis civilizatoria y detener elefecto acelerador del capitalismo salvaje. Obviamenteéstas no son tareas que corresponden a la criminolo-gía, sino a la humanidad toda, pero sobre las que éstadebe alertar.Cuando los criminólogos bajamos de la
cátedra
ytomamos el colectivo en la esquina somos seres hu-manos que votamos por alguien, nos afiliamos a unpartido o a un sindicato, participamos en una pro-testa, nos asociamos a la protección de animales,discutimos el partido del domingo, etc., o sea, nosintegramos a la dinámica social y –aunque sea porun acto de fe– suponemos que ésta nos llevará a unasociedad un poco mejor, capaz de neutralizar un díanuestra neurosis civilizatoria asentada sobre el tiem-po lineal y la venganza.Pero en tanto –y como criminólogos– tenemos al-gunas tareas para la casa: en principio, llamar laatención sobre la necesidad de preservar los espaciosde libertad social necesarios para la dinámica social,es decir, para el cambio que permita esa sociedadmejor. Y, además, trabajar sobre la
 prevención espe-cial de las masacres.
Para estas
tareas para el hogar
contamos con unascuantas pistas que nos proporcionan las últimas pa-labras de la academia y
otras palabras
provenientesde la psicología y de la etnología, que hemos men-cionado antes.
II
JUEVES 13 DE OCTUBRE DE 2011JUEVES 13 DE OCTUBRE DE 2011
III
En principio, hemos verificado que los sistemas pe-nales canalizan la violencia vindicativa, pero tambiénque cuando ese mismo poder rompe los diques de con-tención que le oponen los operadores del segmentojurídico –o cuando éstos faltan a su tarea– el poderpunitivo estalla en masacres, cuyos autores son preci-samente los que según el discurso tienen la función deprevenirlas. (
Si no lo controlás nos hace bolsa
, observa-ría el sociólogo de la esquina.)Por eso creemos firmemente que el jurista –el pena-lista, no el criminólogo– debe dejar de lado las racio-nalizaciones con que pretende explicar la pena, paraaceptar que ésta responde a un contenido irracional–la venganza– y, por lo tanto, su primordial y casi úni-ca función sería la de contenerla, con lo cual llegaría-mos a una política criminológica que responda a la in-vitación a la
cautela
del viejo Spee.El saber de los juristas recuperaría de este modo unajerarquía y dignidad que va perdiendo a medida que busca desesperadamente ceñirse a una técnica políti-camente desteñida.(El sociólogo de la esquina se enojaría:
¿Nos vieronla cara esos chabones? Si eso no es política ¿qué es?
–aquíintercalaría una palabra que omito–
Dale, que no naci-mos ayer.
)El derecho penal concebido como contención jurí-dica de las pulsiones vindicativas del poder punitivoy, por tanto, como garantía del estado de derecho,asumiría en el momento político un papel equivalenteal del derecho humanitario en el momento bélico;ambos servirían para contener un
 factum
: a la guerrael derecho internacional humanitario y al poder puni-tivo el derecho penal. (Obviamente, todo en la medi-da de su limitado poder de contención.)Debido a esta característica del poder punitivo esque no podemos creer que este mismo poder sea capazde prevenir las masacres, pues sería como poner al zo-rro al cuidado del gallinero.El poder punitivo, por el hecho de internacionali-zarse no pierde su carácter selectivo, sino que, por elcontrario, hasta parece que se acentúa aún más. Antelos tribunales internacionales comparecen sólo algu-nos que perdieron el poder en estados periféricos y lasgrandes potencias ya no los necesitan. (El internacio-nalista del café, que lee todo el diario, observa:
Sí, al- gún negro del Africa va allí. Y mirá lo que hicieron con elSadam ése. ¿Y el otro? ¿Cómo se llama? El Bin Ladenese. ¿Qué pasó? Se metieron en la casa de al lado, lo hi-cieron pelota y nadie dijo nada.
)De cualquier manera, el poder punitivo internacio-nalizado cumple funciones útiles, tanto prácticas co-mo teóricas. En lo práctico sirve para evitar un posi- ble caos por descontrol del principio
universal
, segúnel cual cualquier estado puede juzgar un crimen con-tra la humanidad, aunque no se haya producido en suterritorio. El principio es muy lindo, pero si no se po-ne un poco de orden se corre el riesgo de que cadauno quiera juzgar al vecino.Pero hay algo más importante. Cuando el criminalcontra la humanidad no es sometido a un juicio,queda en los hechos en una condición de
no persona
.Si alguien le da muerte, un tribunal imparcial no po-dría condenar al homicida o ejecutor. Esto se ha vis-to en los pocos casos en que ha sucedido: así, en lamuerte de Mussolini y sus acompañantes, en que lajusticia cerró el caso fantaseando que fue un
acto de guerra
, o en el caso del joven armenio ejecutor deTalât, en que el tribunal alemán inventó que era in-imputable. (El internacionalista sigue reflexionando:
Claro, cualquiera lo barre y los jueces no pueden decirnada, se quedan pintados.
)El derecho que no juzga al criminal contra la hu-manidad pierde fuerza ética y, aunque ninguna sen-tencia lo diga y las pocas que hubo lo disimulen coninventos, debe reconocer que la impunidad lo dejóen condición de
no persona
. Al juzgarlo con las debi-das garantías el derecho se reivindica y le restaura enla condición de la que el propio genocida salió porefecto de su crimen.Pero con esto no se previenen las masacres y, por lotanto, la criminología debe enfrentarse al tema olvi-dado, al detalle que dejó en el tintero, que son los másde 100.000.000 de muertos del siglo pasado.En principio, dado que las masacres se anunciancon técnicas de neutralización de valores, la crimi-nología debe abandonar su increíble pretensiónaséptica para entrar al campo de la
crítica de las ideo-logías
, con el objeto de analizar las palabras y estable-cer cuándo éstas constituyen una técnica de prepara-ción de masacres mediante discursos vindicativos,incluso penales y criminológicos. Todos los días, conlas discriminaciones, se lanzan
semillas de masacres
que, por suerte no brotan. No es sencillo para un saber que ha querido presen-tarse como
neutro
por creer que eso es condición de lo
científico
, cuando en realidad es la renuncia al conoci-miento de la dimensión de poder del saber.Si bien el primer signo lo dan las
técnicas de neutrali-zación
, dado que se sabe que el agente de las masacreses el poder punitivo, es claro que además la crimino-logía debe ocuparse de observar muy de cerca el ejer-cicio de este poder y en particular las prácticas de susagencias ejecutivas.Es duro aceptar que nunca se había reconocido queel agente de las masacres es el mismo al que supuesta-mente se le encarga la prevención de los homicidios,pese a que siempre estuvo muy a la vista.La participación de las agencias ejecutivas del po-der punitivo en las masacres se consideró como unapatología institucional, pero lo cierto es que desdelos siglos XI y XII hasta el presente, siempre puso demanifiesto su tendencia a descontrolarse con el pre-texto de combatir enemigos que generan emergen-cias de inminente riesgo para la humanidad y frentea las que nunca hizo nada eficaz. Llevamos ocho-cientos años creando enemigos, erigiendo
chivos ex- piatorios
y cometiendo masacres.Desde la segunda mitad del siglo pasado queda cla-ro para la criminología que el poder punitivo –con suestructural selectividad– criminaliza a unas pocaspersonas y las usa para proyectarse como neutraliza-dor de la maldad social.Se presenta como el poder racional que encierra a lairracionalidad en prisiones y manicomios. Ataviadode este modo canaliza las pulsiones de venganza, loque le proporciona una formidable eficacia política,que no se explica por circunstancias coyunturales,pues se mantiene inalterada a lo largo de la historiadel poder punitivo estatal e incluso
 pre-estatal
.Al enemigo que en ocasiones deviene
chivo expiato-rio
, lo construye una agencia empresaria moral quehegemoniza el discurso punitivo y el poder masacra-dor, hasta que otra agencia se lo disputa, comenzandopor negar el riesgo y la peligrosidad del enemigoconstruido por la anterior, pero para construir otro,como el verdadero o nuevo peligro generador de otraemergencia y de otro posible
chivo expiatorio.
Si la inquisición romana contra las brujas decayóreemplazada por su nueva orientación contra los re-
of 00

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