Capítulo 1
«Tiene que descansar, James»Era uno de esos días en que la vida, para James Bond, constituía una apuesta contodas las probabilidades en contra.Para empezar, cosa rara en él. se sentía avergonzado. Tenía una resacaespantosa, le dolía la cabeza y sentía rígidas las articulaciones. Cada vez quetosía (cuando se bebe más de la cuenta también se fuma en exceso, lo cualmultiplica la resaca), un enjambre de manchitas negras luminosas le bailaban enel campo visual como amebas en una charca. La copa de más siempre se anunciade manera inconfundible. El último whisky con soda en el lujoso piso de ParkLañe no fue nada diferente de los diez anteriores, pero había bajado con ciertarenuencia y le había dejado un sabor amargo y una desagradable sensación dehastío. Aunque comprendió el mensaje, había aceptado jugar solamente unapartida más. ¿Cinco libras por manga, tratándose de la última? De acuerdo. Yhabía jugado como un estúpido. Todavía le parecía estar viendo a la dama depique, con esa tonta sonrisa de Mona Lisa en la cara rechoncha, cayendotriunfante sobre su jota, esa misma dama -como su pareja no había perdidoocasión de recordarle ásperamente- que llevaba el Sur inequívocamente impresoy que había marcado toda la diferencia entre un gran slam redoblado (por efectodel alcohol), a su favor, y cuatrocientos puntos por encima de la línea, en favorde los rivales. Al final resultó ser una partida de veinte puntos, cien librasperdidas. Un dinero.Sin dejar de aplicar el lápiz hemostático manchado de sangre sobre el corte quese había hecho en la barbilla, Bond sintió desprecio por la cara huraña que ledevolvía la mirada desde el espejo del lavabo. ¡Vaya idiota! Eso le pasaba por notener nada que hacer: más de un mes de papeleo incluyendo su número enexpedientes estúpidos, escribiendo memorandos que con el paso de las semanasse iban volviendo cada vez más quisquillosos y colgando el teléfono cuandoalgún pobre jefe de sección intentaba discutir con él. Para colmo, su secretariaestaba de baja con gripe y la sustituta era una arpía medio imbécil y -peor aún-fea, salida de la reserva de secretarias, que le llamaba «señor» y hablaba congazmoñería, como si tuviera la boca llena de piedras. Y era otro lunes por lamañana. Empezaba otra semana. La lluvia de mayo golpeteaba en las ventanas.Bond se tragó dos analgésicos mientras buscaba la sal de frutas. Cuando sonó elteléfono en su dormitorio, reconoció el tono agudo de la línea directa con elCuartel General.Con el corazón latiendo más rápido de lo que correspondía, incluso después dela carrera a través de Londres y de la irritante espera del ascensor para subir al