Era una carta de Brandon, su hermano mayor. Probablemente no eran más quetres líneas. Brand nunca había sido muy aficionado a escribir cartas. Como mucho, leenviaba unos recortes de prensa y una nota de su cuñada, siempre contándole sobre elnuevo bebé.Todavía tenía que ir a ver a su nueva sobrina. No estaba muy seguro de sussentimientos como tío. Para empezar, le hacía sentirse mayor. Como si la vida fuese unamarea baja que le hubiera dejado a él embarrancado en un arrecife desolado. Brandtenía el taller de barcos que habían montado juntos. Ahora también tenía esposa y unanueva hija. Lo único que Galen podía ofrecer tras sus treinta y tres años en esta vida erauna pierna que se le agarrotaba los días lluviosos, un reciente mechón de cabello blanco,un relativo interés en una vieja bañera que hacía aguas y que parecía más un prostíbulode alta alcurnia que un respetable barco casino, y un puñado de planes que ya tardabanen cumplirse más de lo que él esperaba.Al diablo. Hacía un minuto estaba ahí sentado, en la cima del mundo, y ahora sesentía como revolcándose en las aguas inmundas de la sentina. Abrió el sobre y sacóuna única hoja con membrete de Barcos McKnight con unas pocas líneas garabateadascon la letra ilegible de su hermano. Nada de recortes de periódico ni noticias sobre elbebé, ni nada en absoluto de Ana.«Gale», decía. Hasta ahí podía entender. Trató de descifrar las siguientespalabras. «Vas a quedarte sus... —¿suspendido?—. No, sorprendido cuando sepas quehas heredado dos... dos...» Galen forzó la vista, tratando de descifrar la siguiente frase.¿Dados? ¿Domas? Domase—Una mierda es lo que he heredado —murmuró, y prosiguió con la lecturafrunciendo el ceño. Damas no podía ser. Seguramente quería decir «lacayos». Enfebrero Brand le había enviado un muchacho de cabina que había perdido un ojo. Elchaval era listo como un lince, y se había convertido en el preferido de todos lostratantes. Galen le había arreglado lo de la vista con un ojo de cristal y ahora lo teníaayudando en la cantina del salón pequeño. Pero ¿qué demonios era esto de una «os...obs... oscultación»? Fuera lo que fuera, iba a llegarle por tren el día 14.—¿El 14? ¡Mierda, sólo dentro de tres días! —Se mesó los cabellos. Se las habíaarreglado para librarse de Áster unos días y ahora su hermano le enviaba... ¿El qué? ¿Unpar de viejas a las que cuidar? ¿Qué demonios se suponía que tenía que hacer con ellas,vestirlas de seda roja, adornarlas con ajorcas y verlas cojeando por allí sirviendo bebidasy puros?Y vaya que no le daban ganas de hacerlo, sólo para ver lo que decía Ástercuando volviera de visitar a su viejo. Pero ¿qué diablos quería decir Brand con que lashabía «heredado»? La gente no se hereda.—Ya veremos de qué va todo esto, hermano, pensó. Me encargaré de dar decomer a estas viejas tuyas, pasarán aquí la noche y luego tu paquetito sorpresa se va a iral sitio de donde salió, con mis mejores deseos para ti.Brand contaba con la ayuda de Ana para afrontar las vueltas de la vida. Ana erauna mujer bella y sensata. Que se encargue ella de los nuevos descarriados de Brand.Con lo único que Galen podía contar era con Áster Tyier, una arpía de lenguaafilada a la que no le importaba pelearse para conseguir sus propósitos. En estosmomentos su objetivo era competir con el otro barco casino de la ciudad, el
Bella Albemarle
, ofreciendo cenas a bordo, bailes, actuaciones en vivo y excursiones de tresdías los fines de semana. Galen casi no podía mantenerse lejos de sus triquiñuelas,como para encima tener un par de abuelas mezcladas en la historia. ¡Santo Judas! Y élque creía que la vida era buena. En realidad estaba llena de sorpresas, pero no estaba