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 BronwynWilliams
Tormenta de amor
Traducción de Inés BelausteguiTítulo Original: Beholden
 
 
- CAPITULO 1 -
Galen se recostó en su silla de cubierta, apoyó los pies en la barandilla, cruzó lasmanos detrás de la cabeza y concluyó que la vida, en conjunto, era buena. Ni una solanube manchaba el cielo. Iba a hacer un calor abrasador, pero le gustaba que hicieracalor. Cuanto más, mejor.Resonó el paso de una mula que avanzaba por el muelle tirando de un carrito dehielo. «¡Hieeelo fresco! ¡Cinco centavos el bloque! ¡Cómprelo ahora que está frío!»Tres chavales desarrapados perseguían un perro por el muelle a voz en grito. Elanimal se detuvo a olisquear a un borracho que dormía la mona en plena calle parareponerse de la juerga de la noche anterior. Los chicos aguardaron pacientemente paraver si el perro levantaba la pata. Al no hacerlo, reanudaron la persecución por elespigón, sin prestar atención a una prostituta malhumorada que se había sentado en unbanco a tomar su café de una taza desconchada, ni a los dos barcos-casino amarradospopa contra popa, cuyas cubiertas aparecían casi desiertas de clientes a esa hora tantemprana.Desde la ventajosa posición que le ofrecía su balcón privado en la cubierta másalta del Reina Pasquotank, Galen observó el mundo en que vivía con cierto grado desatisfacción. Después de haber crecido en Connecticut, nunca habría imaginado queacabaría siendo propietario de un barco-casino en una pequeña ciudad del Sur.Como tampoco había imaginado jamás que pasaría dos días a la deriva con unaherida en la cabeza y una pierna rota en las gélidas aguas de la costa de Irlanda, comohabía ocurrido dos años atrás. Si no hubiera sido por Declan 0'Sullivan, aquel pescadorcon más agallas que buena suerte, ahora podría estar allí todavía, a seis brazas deprofundidad.Sí, de verdad, la vida era buena. No perfecta pero bastante buena, caray,teniendo en cuenta las alternativas.Le llegaron los sonidos procedentes de dos cubiertas más abajo, anunciando queya comenzaba un nuevo día. El seco golpeteo de los dados. El repiqueteo de la ruleta.Una exclamación y la subsiguiente risilla de una de las chicas.Las chicas eran uno más de los muchos compromisos que había asumido desdeque consiguiera transformar aquella pequeña apuesta en el cincuenta y uno por ciento dela propiedad del Reina Pasquotank. Seguía sin estar muy seguro de que Elsworth Tylerno hubiera perdido deliberadamente aquella mano para así deshacerse del yugo al que letenía sometido su hija. Y es que, desde entonces, el caballero se había dedicado a viajarde un centro turístico a otro, poniendo de manifiesto su recién encontrada libertad ygastándose su parte de los beneficios tan pronto recibía el cheque cuatrimestral.A propósito, los beneficios iban al alza. A la hija de Tyier, Áster, se la llevabanlos demonios, porque ella tenía sus propias ideas sobre cómo organizar una empresa deéxito. Pero el cincuenta y uno por ciento de Galen dejaba sin poder el cuarenta y nuevepor ciento de Tyier. Quizá la dama tuviera reinas contra sotas, pero él tenía ases contrareyes. Y esta vez se proponía negociar sus ganancias a cambio de algo más grande ymejor. Algo más de su agrado que un maldito barco de apuestas.Al cambiar de postura en la silla plegable de roble para aliviar el dolorpermanente de su pierna izquierda, percibió un crujido de papel en el bolsillo de suabrigo. La carta que había llegado esa mañana a primera hora. Había estado tan sumidoen sus libros de contabilidad, tratando de desentrañar un apunte de Áster, que la habíaolvidado en el bolsillo.
 
Era una carta de Brandon, su hermano mayor. Probablemente no eran más quetres líneas. Brand nunca había sido muy aficionado a escribir cartas. Como mucho, leenviaba unos recortes de prensa y una nota de su cuñada, siempre contándole sobre elnuevo bebé.Todavía tenía que ir a ver a su nueva sobrina. No estaba muy seguro de sussentimientos como tío. Para empezar, le hacía sentirse mayor. Como si la vida fuese unamarea baja que le hubiera dejado a él embarrancado en un arrecife desolado. Brandtenía el taller de barcos que habían montado juntos. Ahora también tenía esposa y unanueva hija. Lo único que Galen podía ofrecer tras sus treinta y tres años en esta vida erauna pierna que se le agarrotaba los días lluviosos, un reciente mechón de cabello blanco,un relativo interés en una vieja bañera que hacía aguas y que parecía más un prostíbulode alta alcurnia que un respetable barco casino, y un puñado de planes que ya tardabanen cumplirse más de lo que él esperaba.Al diablo. Hacía un minuto estaba ahí sentado, en la cima del mundo, y ahora sesentía como revolcándose en las aguas inmundas de la sentina. Abrió el sobre y sacóuna única hoja con membrete de Barcos McKnight con unas pocas líneas garabateadascon la letra ilegible de su hermano. Nada de recortes de periódico ni noticias sobre elbebé, ni nada en absoluto de Ana.«Gale», decía. Hasta ahí podía entender. Trató de descifrar las siguientespalabras. «Vas a quedarte sus... —¿suspendido?—. No, sorprendido cuando sepas quehas heredado dos... dos...» Galen forzó la vista, tratando de descifrar la siguiente frase.¿Dados? ¿Domas? Domase—Una mierda es lo que he heredado —murmuró, y prosiguió con la lecturafrunciendo el ceño. Damas no podía ser. Seguramente quería decir «lacayos». Enfebrero Brand le había enviado un muchacho de cabina que había perdido un ojo. Elchaval era listo como un lince, y se había convertido en el preferido de todos lostratantes. Galen le había arreglado lo de la vista con un ojo de cristal y ahora lo teníaayudando en la cantina del salón pequeño. Pero ¿qué demonios era esto de una «os...obs... oscultación»? Fuera lo que fuera, iba a llegarle por tren el día 14.—¿El 14? ¡Mierda, sólo dentro de tres días! —Se mesó los cabellos. Se las habíaarreglado para librarse de Áster unos días y ahora su hermano le enviaba... ¿El qué? ¿Unpar de viejas a las que cuidar? ¿Qué demonios se suponía que tenía que hacer con ellas,vestirlas de seda roja, adornarlas con ajorcas y verlas cojeando por allí sirviendo bebidasy puros?Y vaya que no le daban ganas de hacerlo, sólo para ver lo que decía Ástercuando volviera de visitar a su viejo. Pero ¿qué diablos quería decir Brand con que lashabía «heredado»? La gente no se hereda.—Ya veremos de qué va todo esto, hermano, pensó. Me encargaré de dar decomer a estas viejas tuyas, pasarán aquí la noche y luego tu paquetito sorpresa se va a iral sitio de donde salió, con mis mejores deseos para ti.Brand contaba con la ayuda de Ana para afrontar las vueltas de la vida. Ana erauna mujer bella y sensata. Que se encargue ella de los nuevos descarriados de Brand.Con lo único que Galen podía contar era con Áster Tyier, una arpía de lenguaafilada a la que no le importaba pelearse para conseguir sus propósitos. En estosmomentos su objetivo era competir con el otro barco casino de la ciudad, el
 Bella Albemarle
, ofreciendo cenas a bordo, bailes, actuaciones en vivo y excursiones de tresdías los fines de semana. Galen casi no podía mantenerse lejos de sus triquiñuelas,como para encima tener un par de abuelas mezcladas en la historia. ¡Santo Judas! Y élque creía que la vida era buena. En realidad estaba llena de sorpresas, pero no estaba
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