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Hesse Hermann - Bajo La Rueda

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Bajo la ruedaHermann Hesse
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Librodot Bajo la rueda Hermann Hesse
CAPITULO I
Joseph Giebenrath, agente y comisionista, no se diferenciaba en particular del resto de susconciudadanos. Al igual que ellos, poseía una naturaleza corpulenta y sana, un regular talentocomercial unido a una adoración ingenua y cariñosa al dinero, una casa con un minúsculo jardincillo, una tumba familiar en el cementerio, una afición por la iglesia algo clarificada por sus aficiones materiales, un comedido respeto de Dios y de la Justicia y una férrea sumisión alos mandamientos del decoro y la decencia ciudadana. Acostumbraba beber algunas veces, pero jamás se emborrachaba, y aunque emprendía, de pasada, algunos negocios no libres dereproche, nunca los llevaba más allá de lo permitido formalmente. Maldecía por igual a losmíseros que mendigaban una limosna y de los potentados que hacían ostentación de suriqueza. Era miembro de una sociedad burguesa y ciudadana y tomaba parte cada viernes enlos juegos de bolos, cuidando de elegir con cautela el momento propicio para cada jugada.Su vida interior se diferenciaba en nada a la de un patán. Las cualidades de su alma estaban poco menos que embotadas y constituían muy poco más que un buen sentido familiar, undesconmensurado orgullo de su propio hijo y una oportuna e intermitente dadivosidad paracon los pobres. Sus aptitudes y capacidades espirituales no sobrepasaban las de una astucia yun cálculo nativos y limitados. Sus lecturas se circunscribían a los periódicos, y para ocultar su falta de goces artísticos bastaba la representación anual que la sociedad dedicaba a sus protectores y la visita a un círculo en cualquiera de los días del año.Con cualquier vecino hubiera podido cambiar vivienda y nombre, sin que sus costumbres ysu existencia entera sufrieran la menor variación. En lo más hondo de su alma, compartía conlas restantes familias de la ciudad la desconfianza en toda fuerza superior y toda personalidaddescollante y la hostilidad implacable e instintiva contra todo lo extraordinario, lo libre, loselecto y lo espiritual.Pero basta ya con él. Sólo un profundo humorista podría seguir la descripción de su vidatrivial y su desconocida tragedia. Nuestro hombre tenía un hijo único y de él queremos hablar.Sin duda alguna Hans Giebenrath era un niño talentoso. Para darse cuenta de ello, bastabacontemplar el retraimiento y la abstracción casi constante que le diferenciaba de los demás. La pequeña villa de la Selva Negra no era pródiga en tales figuras y jamás se había dado ningunaque sobrepasara en algo el nivel de sus habituales ciudadanos. Sólo Dios sabía de donde habíasacado aquel muchacho los ojos graves y la frente ancha. ¿Acaso de su madre? Esta habíamuerto hacía bastantes años, y en todo el tiempo que duró su vida no se advirtió en ella nadaextraordinario, aparte de la frágil naturaleza que la hacía estar siempre enfermiza. A su padreno había que tenerlo siquiera en cuenta, de modo que la misteriosa inteligencia del muchacho parecía haber caído súbitamente en la villa, que en ocho o nueve siglos de existencia habíadado siempre ciudadanos honrados a carta cabal, pero nunca un talento o un geniodescollante.Acaso un observador imbuido de las modernas tendencias y teniendo en cuenta la débilnaturaleza de la madre y la vetustez de la estirpe, hubiera podido señalar un síntoma clarísimode degeneración en aquella hipertrofia de la inteligencia. Pero la villa tenía la dicha de nocontar con tales observadores, y sólo los más jóvenes entre los funcionarios y los maestros deescuela poseían una indecisa noción del "hombre moderno" a tras de los arculos periodísticos. Allí se podía subsistir y seguir siendo culto y civilizado sin conocer siquiera losdiálogos de Zaratustra. La vida era reposada, los matrimonios sólidos y algunas veces felices,y toda la existencia estaba impregnada de ese irremediable hálito de cosa vieja que exhalan
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Librodot Bajo la rueda Hermann Hessenuestras villas cerradas. Los ciudadanos del pequeño municipio eran muy dichosos, y algunoshabían logrado incluso transformarse durante los últimos veinte años de artesanos enfabricantes. Seguían quitándose el sombrero delante de los funcionarios, seguíanofreciéndoles todos sus respetos, aunque luego, a sus espaldas, les llamaran mendigos ycovachuelistas y, paradójicamente, no tuvieran otra ambición ni otra meta que la de dar a sushijos los estudios necesarios para llegar a alcanzar la anhelada prebenda.Desgraciadamente la idea no pasaba de ser un bello sueño irrealizable para los más. ya quesólo a costa de grandes esfuerzos y repetidos sacrificios lograba atravesar el retoño losestudios primarios.Pero desde el primer momento no cupo ninguna duda sobre el talento de Hans Giebenrath.Los profesores, el rector, los vecinos, el párroco y los condiscípulos, todos los que tuvieronocasión de tratarle, coincidieron en afirmar que el muchacho era una mente privilegiada. Ycon ello quedó decidido su destino, pues en las tierras suabas sólo existe un estrecho camino aseguir para los muchachos inteligentes y de padres ambiciosos: el ingreso en el Seminario,después de sufrir el examen necesario para ser admitido, de allí al Seminario SuperioEvangélico-teológico de Tubinga, para salir luego destinado al pulpito o la cátedra. Año trasaño recorren tres o cuatro docenas de hijos del país ese camino silencioso y seguro. Pálidos ydelgados, como corresponde a los que acaban de recibir la confirmación, exploran por cuentadel Estado los diferentes campos de la ciencia humanística y emprenden, ocho o nueve añosmás tarde, el segundo y la mayoría de las veces más largo, trecho de su camino, en eltranscurso del cual tienen que devolver al Estado los beneficios anteriormente recibidos.Faltaban pocas semanas para que tuviera lugar un nuevo examen. Así se llama lahecatombe anual en la que "el Estado" selecciona la floración espiritual del país, y a lo largode la cual, desde pueblos y pequeñas ciudades se dirigen los sollozos, las plegarias y losdeseos de muchas familias hacia la capital, en cuyo seno tiene lugar la prueba.Hans Giebenrath era el único candidato seleccionado en la pequeña ciudad. El honor eragrande, pero no adquirido sin esfuerzo. Las clases de la escuela, que duraban diariamentehasta las cuatro, tenían su colofón en una lección de gramática griega que el rector le daba deañadidura. El señor párroco era tan amable de añadir, a las seis, unas lecciones de repaso delatín y religión, y dos veces a la semana hallaba aún tiempo el profesor de matemáticas paradar su lección después de la cena. En la clase de griego se le resaltaba el valor de la variedadde partículas enunciadas en el encadenamiento de las frases, en latín se le obligaba a ser claroy lacónico en el estilo y a conocer perfectamente las muchas sutilezas prosódicas, mientras enmatemáticas tenía que demostrar su eficiencia a través de complicadas cuentas finales. Comoel profesor acentuaba con frecuencia, todas esas cosas no tenían un valor aparente para posteriores estudios o para la vida normal.Pero eso era sólo en apariencia. En realidad eran más importantes que ciertas otras cosas, pues componían la base de las capacidades lógicas y los fundamentos de toda la ciencia ysaber humanos.Pero a fin de no tener una sobrecarga espiritual y a fin de que la razón y la inteligencia nole hicieran olvidar el alma, tuvo Hans que frecuentar cada mañana, antes de que comenzaranlas clases en la escuela, la lección de los catecúmenos, donde el catecismo, los ejerciciosmemorísticos y las frecuentes preguntas y respuestas henchían con soplo renovador laconciencia religiosa de las almas juveniles. Desgraciadamente, Hans no se preocupabademasiado de aquellas lecciones, y con ello les arrebataba todo su influjo bienhechor.Colocaba anotaciones griegas y latinas entre las páginas de su catecismo y se pasaba casi todala hora enfrascado en aquellos conocimientos puramente profanos. Pero a pesar de todo noestaba su conciencia tan embotada que no hallara con ello una permanente y penosainseguridad y una leve sensación de temor. Cuando el decano se acercaba a él o pronunciabasimplemente su nombre, no podía evitar un estremecimiento temeroso que se transformaba en
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