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Huye Nathan Huye - Gilstrap John

Huye Nathan Huye - Gilstrap John

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HUYE, NATHAN, HUYE
JOHN GILSTRAP
John Gilstrap concibió su novela
 Huye, Nathan, huye
durante un viaje denegocios. "Conducía un automóvil alquilado de Billings, Montana, aBozeman. El radio no funcionaba, de modo que para entretenerme recordéuna historia que había escrito en la universidad. Cuando terminó el viaje desiete horas, tenía en la mente el esbozo completo de
 Huye, Nathan, huye." 
Para escribir la novela de hecho tardó un poco más de tiempo: cuatro mesesen total.Si bien
 Huye, Nathan, huye
es la primera novela que John Gilstrap publica, ha venido puliendo sus habilidades como escritor desde el bachillerato, como lo demuestra una breve colección de tres novelas inéditas.Gilstrap vive en Virginia, en una población muy semejante a Brookfield,con su esposa Joy y su hijo Chris, de nueve años. "Tener un hijo me permitiócomprender muchas facetas del carácter de Nathan Bailey", comenta el autor,quien también recurrió a sus experiencias como "hermano mayor” de jóvenes desfavorecidos.Gilstrap, dueño de su propia firma de consultores en seguridad y asuntos ambientales, trabaja ya en una nuevanovela. En su tiempo libre, es un ávido lector. "Leo todo", dice riendo, "hasta las etiquetas en los tubos de pastadental."Ahora, con la venta de
 Huye, Nathan, huye
a más de una docena de países, sin duda los lectores de todo elmundo pronto lo leerán a él.
 
 Huye, Nathan, huye
Vea cómo Nathan escapade un cruel encierro.Vea cómo un asesino perverso intenta atraparloantes que los policías.Huye, Nathan, porquetu vida dependede ello.
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 Huye, Nathan, huye
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E
L TRONIDO ahogado de un mortero distante marcó el inicio del festejo principal. Milesde ojos siguieron el cohete que ascendió en espiral cientos de metros y desapareció en la nocheantes de estallar en una lluvia refulgente, roja y dorada. Unos segundos después se oyeron lasdetonaciones. Las personas sentadas en las primeras filas sintieron retumbar el ruido en el pechoy gritaron en señal de aprobación.Warren Michaels sonrió bajo el fulgurante resplandor de los fuegos de artificio. Aquel día seconmemoraba el trigésimo séptimo año consecutivo en que hacía lo mismo el cuatro de julio.Pensaba que las tradiciones eran importantes para poder cimentar una familia feliz. Tendidosobre el capó de su autopatrulla, con su esposa a un lado y sus hijas encaramadas sobre las lucesdel techo, se sintió genuinamente complacido por primera vez en mucho tiempo.-Y bien, señoritas, ¿se han divertido hoy? -preguntó Warren.-¡Sí!-¡Por supuesto!Monique únicamente gruñó, lo que hizo reír a Warren. Su esposa detestaba el calor, losinsectos y, sobre todo, los ruidos intensos. Que tolerara este ritual año tras año sólo demostrabasu gran amor por Warren.-Creo que Brian se habría divertido mucho hoy -declaró Kathleen de manera inesperada.-Yo también lo creo, linda -Monique asintió, al tiempo que oprimía la mano de Warren.Warren estrechó a su esposa; sin decir palabra, ella le correspondió con una suave palmada enel muslo.La familia Michaels había estado fuera de casa desde antes de las nueve de la mañana, cuandose iniciaron los festejos con una representación de la firma de la Declaración de Independenciaen el umbral del ayuntamiento, seguida por un gran desfile a las diez.El desfile, que duró tres horas y abarcó casi cinco kilómetros, fue auspiciado por el pueblonatal de Warren, Brookfield, Virginia. Y había crecido de modo impresionante con los años,robándole espectadores a su contraparte de la vecina Washington, D.C. Al parecer, a la gente nole importaba sacrificar un poco del relumbrón a cambio de un patriotismo más auténtico. En elespectáculo participaron los departamentos de bomberos de tres estados y no menos de ocho bandas de escuelas.Al final del desfile venía el carnaval, 'unto con la gran comida de todos los ciudadanos al airelibre. En el campo de béisbol se encendían cientos de asadores para carne, y familias, amigos yextraños se mezclaban en un patriótico frenesí culinario. En un instante determinado, los padresno tenían idea de dónde estaban sus hijos, pero eso no importaba; en Brookfield no ocurríancosas malas.Cuando apenas se habían disparado una docena de fuegos de artificio, el radiolocalizador deWarren vibró en el bolsillo de sus pantalones cortos. Molesto por la interrupción, retiró el brazode los hombros de su esposa y se puso delante de los ojos el pequeño aparato de cincocentímetros de largo, que él llamaba su "traílla de perro". La luminosa pantalla verde mostrabael número telefónico de su oficina seguido por la clave que indicaba que era urgente.-¿Qué ocurre? -inquirió Monique.
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