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perro 13

perro 13

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el perro,mexico,revista,cultura,poesia
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06/29/2012

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el perro
Año dos Número trece Veinte pesos
legaron a mi casa casi todas las personas que he ofendido en mi vida.Me dijeron que habían formado una asociación o algo así, se habían
L
organizado para venir a cobrar retribución de la única persona que podíaotorgarla. Era una fila bien grande que terminaba a media cuadra deledificio donde vivo.Las primeras juntas se habían cocinado en un cuarto de azoteadespués de una fiesta donde abrí la boca de más, como siempre, y les soltéa tres hermanos que su música era poco convincente, renga. Me rebasa laidea de que alguien pueda guardar ese tipo de rencor por una observaciónestética. Una guitarrita solemne, una partitura épica que insistía en unclímax mentiroso, innecesario. Esa letra de amor narciso y barato medaban la razón: pierden su tiempo, esa bandita es un despropósito. Al principio se reunieron para reírse de mí y para seguir escuchando elgrupete ese de rocksito barato, pero al desdeñar mi opinión se dabancuenta de que iba cobrando cada vez importancia. Como un tufo ilocaliza- ble, la apreciación sobrevolaba el aparato de sonido hasta que ninguno delos tres la pudo obviar. El riff de la guitarra, efectivamente era solemne yresultaba obvio que aquél hombre que cantaba como levantando unaespadita de cartón se quería mucho más a sí mismo que a la musa. Unencuentro fortuito conmigo les había echado a perder ese gusto y de paso,
Self-righteous bastards 
Ira Franco
 
nació en la Ciudad de México en el siglo pasado con una habilidad sobrenatural para ofender que aúnno aprende a usar a su favor.
 
2
había introducido una semilla de discordia entre los hermanos. Seechaban la culpa uno al otro de magnificar un simple comentario quenunca debió tener tanta importancia. Un día estuvieron a punto deagarrarse a golpes porque alguien notó cómo se forzaba el clímax a lamitad de la melodía. Al poco tiempo tomaron una decisión; dejarían de pelear entre ellos y me irían a buscar. El plan sonaba violento, pero noquedaba otra solución: eran ellos o yo. Uno de los hermanos cuestionó pues entendía que una vez frente a mí quedaban pocas opciones para ser retribuidos: yo tendría que retirar lo dicho sinceramente, lo cual era poco probable, o bien, habría que recurrir a métodos menos ortodoxos. Así fueque se les ocurrió poner un aviso en el periódico e imprimir unos cuantosflyers para dejarlos en las fiestas que yo frecuentaba. Quizás si había más personas en la misma situación, con el mismo deseo de venganza, notendrían que explicarle a nadie su proceder: cuando muchos resientenalgo, tienen derecho a organizarse para que se les restituya, quizás tienenderecho a regresar todo ese odio que el otro les provocó, hacerlo pedazos,dañarlo en serio.Después de tres meses habían captado cinco personas más que seunían a la causa. Uno de ellos aseguraba que yo me había atrevido acuestionarle un adjetivo en un recital de poesía; otro llevaba siguiendomi blog durante años, sólo para documentar su odio: estaba claro que yoera una lanza-opiniones, sin ningún filtro y con un aire de superioridadque enfermaba. Alguien tenía que detenerme. Ellos tenían que detener-me. La puerta del cuarto de azotea en la que ahora sostenían sus juntascargaba un pizarrón blanco con la famosa frase que usa Tarantino en sus películas, pero que en realidad pertenece a un viejo manual chino sobre elarte de la guerra: “La venganza es un plato que se come frío”. Odio aTarantino, por cierto. Es una máquina de trivialización. También a él lehabía escrito para compartirle mi opinión sobre sus películas, aunquedudo que haya recibido nada. No importa. El caso es que llegó el día enque ya nadie pudo más con la indignación. Poco a poco iban resumiendoen sus mentes que yo era la única razón por la que no podían seguir siendo felices. Llamaron a mi puerta; cuando los vi supe que todo habíaacabado. Cada uno reclamaba un pedazo de mí, nada más un pedazo, unarete, un dedo, un mechón de pelo que iban cortando y jalando, pellizcan-do levemente y por partes. La fila era larga.
 
3
Hoy me lo jugaré todo al diez 
e pondré mis mejores playeras, le diré a la más limpia de todas que se ensucieconmigo esta noche, que no hace falta el pantalón blanco, que mejor será bailar 
M
sin ropa, (da igual el origen o el destino), que pida lo que quiera pedir, que la vida, por mucho que lea, no se puede ordenar en un taxi (para eso están la zapatillas), que nadie nostrazará el camino, que disfrute del atardecer y coleccione cada detalle, que se rompa lascuerdas vocales gritando los sueños que no alcanza, que no se deje engañar por ellos, quehay vida más allá de los tropos, que me bese con todas sus fuerzas en la mejillas másdesgastadas, que me mire los dedos más largos de la mano que tenga más cerca, que seacerque al oído más fino y susurre alguna obscenidad, que nunca nadie le pida cuentas por amar sin freno a una farola, que vuele todo lo alto que pueda y que se estrelle con lasestrellas de alguna constelación absurda (así nos sentiremos más vivos), que mirefijamente a los ojos de los que llevan gafas oscuras, que deje de pintarse los labios y hagamalabares con manzanas, que se quite los dos calcetines y haga las señales de emergencia,que acaricie todos los bordillos y bese en el pico a las palomas, que firme el suelo con otronombre, y también los bancos de los parques, que arranque corbatas con la boca, quecambie los sombreros de percha, que se vacíe los dos bolsillos y floten papeles en el aire,que el amor es tan sólo un columpio que baila en la rama de un gran árbol.Y luego me iré como si nada.
Pablo Medel
Madrid, 1978). Autor del libro
Paraíso en ruinas
(Ediciones del primor, 2007).
 

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