1716de un tono intenso y tentador a uno apagado y sin vida. Meobligué a recordar el tormento al que se estaba sometiendo pormí y el hecho de que, si no se controlaba, podría acabar conmi-go y con toda esa gente sin vacilar ni un segundo.—¿Cómo te encuentras? —le pregunté con cautela.—¿Es una broma? —musitó en un hilo de voz, volviendo des-pacio la cabeza hacia mí y arqueando una ceja. Incluso en sutono podía notarse el dolor que estaba soportando.—No, perdona. —Arrugué el gesto—. Ha sido una preguntaestúpida. —Volví a escuchar—. Tu corazón se está…—... parando —terminó él—. De un momento a otro, en cuan-to desaparezca el último rastro de guardián que hay en mis venas.—¿Cuánto tiempo crees que queda? —pregunté preocupada.Apretó la mandíbula con fuerza y tomó aire, provocando quelas aletas de su nariz se dilataran y otorgándole, por un segundo,el rostro fiero de un animal salvaje.—No mucho.Volví a mirar a mi alrededor. Eran varias las personas sentadasallí dentro, posibles candidatas a convertirse en víctimas de unChristian descontrolado, incluso yo. No pasé por alto el hechode que muchos nos observaban, tal vez por nuestro aspecto. Nohabíamos tenido tiempo para cambiarnos o asearnos en nuestrahuida de la casa de los Lavisier. Nuestra ropa estaba manchadade tierra, la de Christian incluso presentaba manchas de sangre,y el mismo hollín que la cubría ensuciaba nuestras caras y ma-nos. También podía ser porque, a pesar de esa imagen deteriora-da y del corte sangrante en su cuello, producido por las zarpasde Silvana, incluso con ese aire mortecino, salvaje y peligroso,resultaba igualmente cautivador para los humanos. Cierto, notenía buen aspecto comparado con su apariencia normal pero, alfin y al cabo, seguía siendo Christian Dubois y, tal y como habíapodido experimentar en mis propias carnes, poseía un encanto yapariencia arrebatadores, un tipo de atracción imposible de com-batir. Así que, desde luego, no podía culparles; fuese por lo quefuese, tenían motivos para hacerlo.Me sentía culpable por ser la razón de su sufrimiento. Él ha-bía sido el que más se había sacrificado por mí, se había tortura-do a sí mismo y expuesto a una infinidad de peligros para evitarque nadie me hiciera daño y lo había conseguido, pero el preciopor mantenerme a salvo había sido alto, sin duda, ignoraba quéhabía sido de los De Cote, e incluso de Helga Lavisier; todosellos se habían puesto en peligro por mí. Mi única lesión corres-pondía a un corte en el hombro, producido por la afilada hojaensangrentada de Silvana. Dolía, ardía de frío y calor a la vezpero, sinceramente, después de verlo a él, sin pronunciar unapalabra sobre su propio dolor, ¿cómo podría quejarme yo porun ridículo e insignificante corte? Por mucho que me doliera lasangre de guardián, no merecía que emitiera ni un leve gemido.Incómoda, intenté evitar las curiosas, a la vez que reprobato-rias, miradas de la gente y me centré en lo que aparecía al otrolado de la ventanilla. Un segundo después, se encendió el pilotoque indicaba que había que abrocharse los cinturones de seguri-dad, y comenzamos el descenso a tierra.Lo que había ocurrido desde que la casa de los Lavisier habíacomenzado a arder estaba borroso. Todo parecía lejano y envueltoen una densa bruma a pesar de no haber transcurrido más de unashoras desde entonces. Sentí algo pesado en el estómago cuando elavión inclinó el ala derecha, ofreciendo una amplia panorámica dellugar al que nos dirigíamos. Era de noche, una noche sin luna. Laciudad ahí abajo estaba repleta de pequeñas lucecitas que comen-zaron a hacerse cada vez más y más grandes, hasta que pude dis-tinguir con claridad los coches circulando por la carretera.Notamos unas pequeñas sacudidas y poco después aterriza-mos. Christian vigilaba atento, pero con el rostro impasible, todomovimiento a nuestro alrededor, pendiente del momento en queparásemos. La gente comenzó a hablar entusiasmada, y muchosse despertaron, retorciéndose y estirándose, doloridos por las in-cómodas posturas. El avión comenzó a frenar. Christian se vol-vió hacia mí, con una mirada elocuente, y se llevó con cuidadomis manos a la boca, besándolas sin apartar sus ojos de los míos.El corazón le latía desbocado. Entonces, una pequeña sacudida
Leave a Comment