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Alejandra Matus - El Libro Negro de La Justicia Chilena

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ALEJANDRA MATUS ACUÑA
 
EL LIBRO NEGRO DE LAEL LIBRO NEGRO DE LA JUSTICIA CHILENAJUSTICIA CHILENA
 
Alejandra Matus Acuña EL
 LIBRO NEGRO DE LA JUSTICIA CHILENA
2
Palabras preliminares
Llevaba varios días tratando de hallar el punto de partida de estas líneas explicativas, cuando recibí unallamada telefónica desde Santiago. Rodolfo Arenas, periodista de La Tercera, se comunicaba conmigo:habiéndose enterado de la existencia de este libro quería la primicia de un anticipo para su diario o, almenos, la información necesaria para preparar una crónica. Me vi forzada a recurrir a todo tipo deevasivas. No quería revelar detalles de su contenido, que, hechos públicos antes de la aparición de la obra,podían ponerla legalmente en peligro.Recordé algunos hechos ocurridos durante mis últimos meses en Chile. Los periodistas Rafael Gumucio yPaula Coddou fueron a parar a la cárcel sólo porque en un artículo ella reprodujo las opiniones expresadaspor él en una entrevista. Gumucio dijo simplemente que el ministro Servando Jordán de la Corte Supremaera "feo y de pasado turbio". Por menos fueron más tarde encausados y también encarcelados -por unbreve período, lo que no le quita gravedad al hecho- el ex director de La Tercera, Fernando Paulsen, y elperiodista José Ale.La llamada de Arenas sirvió para revivir en mi ánimo las aprensiones por los riesgos que corremos (lacasa editorial y la autora) por el sólo acto de difundir hechos que, aunque fundamentados y comprobados,van a resultar ciertamente incómodos para sus protagonistas. Y qué contrastante me resulta esta realidadcuando la comparo con la de otros países democráticos, en donde no hay cortapisas para criticar a susautoridades a través de los medios de comunicación, reírse de ellos incluso, sin que el periodista o escritorcorra el peligro de tener que ir a parar a la cárcel. No necesitamos ir muy lejos, basta cruzar la frontera yasomarse a la Argentina. Otro ejemplo -muy reciente y de resonancia planetaria- es el que hemos vistodesarrollarse en el país más poderoso del mundo, cuya seguridad no pareció sufrir ningún riesgo con lasescabrosas historias de la vida íntima del Presidente que se hicieron públicas.Recordé las dificultades que tuve muchas veces que enfrentar, ideando todo tipo de eufemismos y rodeoslingüísticos para esquivar los rigores de la Ley de Seguridad del Estado. Ella protege, como se sabe, anuestras autoridades políticas y administrativas, a los generales, a los ministros de la Corte Suprema yhasta a los obispos. ¡Cuántas veces fui censurada porque el artículo se ocupaba de alguno de estosintocables!La llamada revivió en mí un cierto miedo. El mismo que tuvieron que superar las casi ochenta personasque entrevisté a lo largo de varios años para poder penetrar en las intimidades de nuestro Poder Judicial.Similar también al que, sacando fuerzas de flaquezas, alimentó mis energías en la tediosa tarea deinvestigación, de verificación de antecedentes, de cotejo de fuentes. Artículos de diarios y revistas,expedientes legales, oficios judiciales, monografías, los pocos libros que se han escrito sobre el tema.Es absurdo y quizás si hasta ridículo, tener que admitir que sentí esos temores, y que en alguna medidatodavía los vivo, cuando en Chile ha transcurrido ya casi una década de haberse recuperado la democracia.Sin real libertad de expresión el periodismo se pervierte, pierde su altura ética y puede transformarse en unengendro monstruoso: inquisitivo, osado, mordaz, descalificador y hasta cruel contra quienes no tienenleyes que los protejan; tolerante, obsecuente y servil con los poderosos, sin excluir, por supuesto, a laautoridad, a la que sin embargo está llamado a fiscalizar.Creemos en la libertad de expresión y creemos en la necesidad del periodismo fiscalizador, que investiga einforma, que no persigue denigrar a personas o instituciones, pero que tampoco vacila en acometer sin

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