LETRAS
cc
ballerizas y carruajes, testigos de la ri-queza agraria’:
EL COLEGIO
No
alabó el colegio, pensó
lo
peor delsistema educacional, a medio caminoentre
los
modos ingleses y el espíritu de
los
convictorios Carolino y San Francis-co Javier, aunque el sello de Barros Ara-na y la educación concéntrica noparecía una mala solución para un paísen formación, al que pondrían un “cúm-plase” las reformas del tiempo de Bal-maceda y, sobre todo, la transformaciónprofunda de la enseñanza que se produ-ciría por el influjo de
los
grandes profe-sores alemanes que organizan elInstituto Pedagógico de la Universidadaño del cólera, de la salida del tranquede Mena, de la voladura del puente deCal y Canto. Darío acababa de lanzardesde
los
cerros de Valparaíso un gritoazul a toda el habla hispana
..
y se ibapara siempre de la tierra del cóndor y delhuemul. Balmaceda presidenciaba enLa Moneda’!Su niñez, admirablemente recreadaen su novela Valparaíso, ciudad delviento, coincidía con la era de la respeta-bilidad porteña, en la que se fundían elrigor de la educación y del trabajo, laseriedad mercantil, la probidad, el valorde la palabra empeñada, el culto de
los
modales, la salud y la educación física.“Valparaíso tuvo ínfulas de vida propia yde capital.
No
admiraba ni imitaba aSantiago, como hacían en Talca. Desde
1906,
perdió su carácter, sus fábricas,sus astilleros, sus tiendas de maletasinglesas, sus chalecos de piqué y supaso gringo’: pudo decir.Santiago, la enemistdsa Feópolis,como solía llamarla, le parecía ruin ydesportillada, levantada en un suelo devicio feraz y de politiquería, que denun-cia en su novela
El
roto. Sin embargo, enun texto muy bello ha dejado un dague-rrotipo de la capital del Reino de Chile,evitando la propensión a considerarla
sólo
una gran aldea. Era “algo más dis-tinguida que ahora; sus calles, trazadascon regularidad de octavas reales, eranmás homogéneas; las familias próceresconservaban orgullosamente sus tradi-ciones y palacios. Por
lo
menos, asíllamaban a sus casonas de
la
Alameda,de las calles de Monjitas y Agustinas.Estas casonas, cubiertas con caparazo-nes de tejas morunas, uniformes, osten-taban mecheros de gas alegóricos, enlas fachadas, con estrellas
o
leyendas,como “Dios y Patria’: Enormes puertascocheras revelaban la existencia de ca-de Chile, un vivero de artistas, maestrosy hombres de talento capaces de derra-mar por todo el país una semilla muyviva.Joaquín Edwards
Bello
se quejaba delenciclopedismo y de esa forma aleve delrigorismo pedagógico.
“No
or ser porroen matemáticas -anotó con su letragrande y sólida- dejó de ser feliz FrancisJammes.
Al
contrario, su obra nos haceentender mejor
los
encantos de la vidasencilla. Del amor de las musas
y
de lacaza es el título de su libro preferido
..
El
terror de ser llamados a la pizarra produ-ce lesiones para toda la vida. Henri Ba-taille contó el terror del colegio en otrolibro de memorias. Kipling contó
lo
si-guiente: se encontraba lejos de su fami-lia, en cierto internado. Cuando llegó sumadre de la India, y fue a visitarle en lacama, su primer movimiento fue el deponerse en guardia. Temía una bofeta-da. Otros hombres célebres se escapa-ron del colegio. Caja1 hacía novillos(cimarra). El gran Stanley, más tardeexplorador de Africa, se escapó de uninternado para huérfanos’!
LITERATURA
Y
PERIODISMO: SUS HADASMADRINAS
Desde muy joven, la literatura y elperiodismo fueron sus hadas madrinas yse regocijaba eyendo The Graphic y lasrevistas europeas y
los
diarios chilenos,en
los
que ya solía cosechar curiosida-des. Comenzó a experimentar el placerde
los
viajes, y desde Quillota a Madrid
o
a París, aprendió de la vida cotidiana ydirecta
lo
que la educación formal leregateara, por propia prevención del es-critor. Así fueron naciendo sus novelas ytestimonios, desde
El
nútil, El monstruo,Cuentos de todos colores, a Tres mesesen
Río
de Janeiro, La tragedia del Tita-nic, Cap. Polonio,
lo
cual se acrecenta-rá con sus libros mayores, entre ellos
El
roto,
El
chileno en Madrid, Criollos enParís, La chica del Crillón y el inolvida-ble Valparaíso, ciudad del viento, quemás tarde rebautizaría como En el viejoAlmendral.Hacia
1914,
el periodismo
lo
atrapó y
él
se condenaría a crónica perpetua, en laque fijó
los
rasgos del país, la descrip-ción de sus hábitos y valores, el peso dela noche que
lo
tocaba siempre, el hervorcolectivo y
las
insuficiencias, las mitolo-gías de consuelo que se convertían enestadísticas
o
en discursos. Las cróni-cas están marcadas por un tono y uncarácter que Gabriela Mistral denomina“reprendedor” y en ellas llama a
las
cosas por su nombre, evitando el eufe-mismo
o
la perífrasis. Le parece a Ed-wards que Chile es -como expresaría elrumano Cioran, mucho después y alu-diendo a la civilización actual- un siste-ma de equivocaciones. Con soberbiacasi infantil, enfurruñado, prepara ya elemético, ya el emoliente, para este enfer-mo crónico que es el país, agotado porimprevisionesy excesos, inexcusable detanto lidiar consigo mismo, próximo alagotamiento por su’labor de
Sísifo,
queel sagaz Ortega y Gasset vio comosímbolo del carácter y el comportamien-to de este esforzado país, en
1928.
Edwards Bello quiso durar como hom-bre de letras, pero se apresuró a señalarsus limitaciones con el índice en alto.Lamentó siempre no ser un escritor
más
sólido y resistente, como
los
dioses de
~ ~~~
iJOAQUlN EDWARDS BELLO A LA VICTAI. ALFONSO CALDERON.
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