Welcome to Scribd. Sign in or start your free trial to enjoy unlimited e-books, audiobooks & documents.Find out more
Download
Standard view
Full view
of .
Look up keyword
Like this
1Activity
0 of .
Results for:
No results containing your search query
P. 1
In Memoriam

In Memoriam

Ratings:
(0)
|Views: 0|Likes:
Published by Ryan Hinton

More info:

Published by: Ryan Hinton on Nov 10, 2011
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

09/19/2014

pdf

text

original

 
 
In memóriam
 José Manuel López Blay
 
 
pág. 2
 Aproximadamente a la misma hora en la que en Santiago comenzaba elsangriento asalto al palacio presidencial, se me apareció por primera vez en mitad delsueño Gregorio Estébanez Munárriz, vestido con traje de luto riguroso.Y mientras los sables chilenos manchaban de sangre y de vergüenza hasta laúltima piedra de La Moneda, el célebre verdugo de la Audiencia de Valladolidpermaneció inmóvil, enroscado en los hilos de la pesadilla, con los ojos abiertos de lamuerte fijos en el siniestro maletín de cuero despellejado donde, envueltos en un traporojo, guardaba los hierros de agarrotar perfectamente engrasados.Gregorio era un hombre tosco y parco en palabras. El pelo cortado a cepillodejaba al descubierto un pescuezo excesivo, como de toro bravo, y unas orejas grandesy enrojecidas. Grotescamente cejijunto, tenía la triste mirada de quien ha vividoacostumbrado a la desgracia. Una cicatriz antigua le atravesaba la mejilla izquierda. Labarba cerrada y descuidada hacía más siniestros sus escasos amagos de sonrisa, queaireaban unos dientes amarillentos y desencajados. El pecho ligeramente hundido lehacía parecer un poco cargado de hombros. Pero lo que más llamaba la atención eransus manos. Unas manos huesudas, pero firmes. Unas manos que no temblaron nunca algirar la palanca del garrote y que le habían hecho ganar una cierta reputación en lospasillos del Ministerio de Gracia y Justicia.Desde el principio quise atribuir algún sentido a aquella primera- e inquietante,por otra parte- visita del verdugo. Resulta patético ver cómo intentamos cercenar elespanto que nos provoca la cercana presencia del horror posible, el sabernos tocados porla fría mano del mensajero de la muerte, siquiera sea en el umbral de un sueño maldito.Y confieso que no me hubiese sido difícil encontrar en mi vida de aquellos díasargumentos tranquilizadores para explicar, aunque- eso sí- de una forma provisional, laextraña presencia del ejecutor de la ley. En los últimos tiempos, una serie deacontecimientos encadenados la habían convertido, atribulada ya de por sí, en unpolvorín a punto de estallar en cualquier momento.La obstinación de Gobierno Civil en denegarnos reiteradamente a RicardoPallarés y a mí el preceptivo permiso para pronunciar un ciclo de conferencias que, bajoel pomposo título de
"Permanencia del pensamiento de Beccaria en nuestros días",
 intentaban ser un revulsivo para despertar el abolicionismo en determinados sectores
 
más concienciados políticamente, me tenía sumido en un estado de desánimo y ebriedadcasi permanentes. Por otro lado, mi ingreso en el clandestino Partido Comunista deEspaña había embroncado, hasta hacerlas insoportables, mis relaciones con MiguelBellés con quien compartía un piso en la calle san Félix desde primero. Mi aficiónrecién adquirida a llenar la casa de pelmazos correligionarios, que le robaban su tiempoy su coñac sin ningún escrúpulo revolucionario, acabó con una amistad que, comoninguna, me dolió perder. Durante unas semanas anduve errante, no sabiendo allevantarme dónde pasaría la noche, ni siquiera si llegaría a pasar la noche. Para acabarde retratar mi lamentable situación, Ana, mi novia de siempre, tomó la sensatadeterminación de abandonarme al darse cuenta de que mi propósito al comenzar losestudios de ser un abogado de renombre, titular de un prestigioso bufete, ibamalográndose irremediablemente por mi estúpida predisposición a complicarme la vidametiéndome siempre en asuntos truculentos y poco rentables.Hubiese resultado lógico pensar que la conjunción estelar de tanta desgraciapudiera explicar la aparición de fantasmas por alguna de las grietas del alma. Sinembargo, yo sabía que la presencia del verdugo nada tenía que ver con todas esaszarandajas con las que se nutren la piel los divanes de los psiquiatras. Si GregorioEstébanez Munárriz había venido a visitarme desde los infiernos, eso sólo podíasignificar una cosa.Cuando estuve absolutamente seguro de ello, le dije las únicas palabras quepueden decirse con cierta dignidad en esas ocasiones."Proceda".Sólo entonces, al escuchar aquella lacónica palabra que el viejo funcionariodebió interpretar como un gesto de buena voluntad o una invitación, tomó asiento enuna vieja silla de enea que había en el centro de la sala, con las piernas a horcajadas, nosin antes haberse asegurado de que el maletín quedaba a la vista. Sacó de un bolsillo dela chaqueta una mugrienta petaca y me ofreció amablemente tabaco. Después deescuchar mi negativa con cierta resignación, comenzó a liar parsimoniosamente y ensilencio un cigarro amorcillado. Yo no podía dejar de mirar sus manos ágiles, terribles,unas manos manchadas de horror y de sangre; la sangre de todas las víctimas que él sehabía encargado de asesinar legalmente.De pronto comenzó a hablar como si yo no estuviera allí.
...Cuando ayer oí aporrear mi puerta con la rabia de los que estánacostumbrados a obedecer por galones, supe que una pareja de tricornios me buscaba

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->