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 Joseph Stiglitz
Un Nobel de Economíadetiene el tiempo
Una cita con Diego Fonseca
¿Podemos confiar el futuro del mundo aun hombre que llega tarde a todas partes?
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Que un Nobel llegue con retraso a las reuniones con familia y amigos lo humaniza.
Que llegue tarde a las cenas con presidentes y nadie se enfade con él certica su estatus de celebridad.
El poder es capaz de esperar por un señor miope que ve las cosas con demasiada claridad 
debió entrevistarlo varias veces en Manhattan paraescribir un reportaje biográfico, todas las entrevistascomenzaban al menos una hora tarde. Cuando era elconferencista principal de un debate sobre el mundodespués del 11 de setiembre, estuvo a punto de perdér-selo porque había olvidado en qué día estaba. Una vezpor fin llegó puntual a una charla en Australia, pero, alno tener tiempo de revisar la presentación que habíapreparado en el avión, cometió errores durante su dis-curso. Sus estudiantes en la Universidad de Columbia lepreguntan por qué llega tarde y él les explica que, si suimpuntualidad fuese real, la clase empezaría sin él. Enuna disciplina donde el prestigio está en acertar a lospronósticos, todos pueden asegurar que Stiglitz llegará,pero nadie se atreve a predecir cuándo. Que un Nobelllegue con retraso a las reuniones con familia y amigos,lo humaniza; que lo haga a las cenas con presidentes ynadie se enfade con él, certifica su estatus de celebri-dad: el poder es capaz de esperar por un señor miopeque ve las cosas con demasiada claridad. Esta tarde de verano de 2011, el Nobel de Economía más rebelde dela historia entra al
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ejecutivo de un lujoso ho-tel en Washington con el paso apurado de los que hanaprendido a llegar tarde. Stiglitz mueve su metro se-tenta y cinco con agilidad, y como si la almohada quetiene por barriga fuera de plumas. Viste un traje azuloscuro y una camisa celeste de algodón que se afanapor salirse del pantalón. Se ha sentado en el filo deun sillón de terciopelo borravino con filigranas dora-das y ha depositado el codo sobre el apoyabrazos y elmentón sobre su puño derecho con la tranquilidad delos que tienen todo el tiempo del mundo. Pero no esasí: pronto deberá cenar, y antes tendrá que descan-sar, ver correos, darse un baño. No parece importar-le. Su trabajo es pensar el futuro del mundo pero nosuele tener en mente sus próximas dos horas.The Fairmont es un hotel para poderosos como JosephStiglitz. En los años noventa, Bill Clinton lo puso al frentede sus asesores en la Casa Blanca y él luego recibió el siglocomo el economista jefe del Banco Mundial. Stiglitz tam-bién es el Nobel de Economía del año en que los talibanesaprendieron a estrellar aviones, y antes fue el mejor eco-nomista joven de Estados Unidos el año en que los taliba-nes se fueron a las montañas de Afganistán a combatir a lossoviéticos. En los últimos veinte años, Stiglitz se peleócon todos sus poderosos empleadores de Occidente y seganó el cariño de naciones en miniatura como Indonesia y Ecuador, los globalifóbicos y la China poscomunista
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dijo que era el economista teóricomás inuyente de su generación sólo para que una déca-da después
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lo llamara el hombre más incom-prendido por el poder en Estados Unidos. Para llegar alhotel The Fairmont, esa tarde Stiglitz tomó un taxi en elcentro de Washington DC hacia el noroeste de la ciudada la hora en que los burócratas y los diplomáticos se su-ben a sus autos y escapan del verano de una capital quese derrite en un país que se derrite. Anya Schiffrin, sumujer, lo llamó a mitad de camino para planicar la cena.Quería que descanse, pues asumía que se sentaría a con- versar, un ejercicio al que se lanza con la determinaciónde los clavadistas. El hombre más esperado del mundoestimó que llegaría en diez minutos. Lo hizo en mediahora, y con la camisa a punto de salirse del cinturón. Joseph Stiglitz ha hecho de la impuntualidad un mé-todo. Si no llegó tarde a ser investido por la Academiasueca era porque el premio Nobel lo estaba esperando, y ese miércoles de octubre de 2001 un transporte pasó abuscarlo temprano por su hotel. Cuando lo conocí en suocina de la Universidad de Columbia, en Nueva York,una mañana de primavera de 2011, Stiglitz venía de su casacon el periódico bajo el brazo y llegaba, por supuesto, tar-de. Había postergado una entrevista previa y la siguiente
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s su última cita del día y Joseph Stiglitz no va a llegar a tiempo. Dentro de doshoras tiene una reservación para cenar y su mujer luce preocupada: a veces él sequeda conversando durante horas sobre economía con sus colegas y se olvida decomer. Esperar por Joseph Stiglitz es un ejercicio de fe. Su vida es una vasta colecciónde momentos que suceden a destiempo. Cuando alguien pide una cita a su asistente paradiscutir con él sus problemas con el tiempo, la muchacha que debe administrar el caosde su agenda sólo atina a reírse. En 2002, cuando un periodista de la revista
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 y, cuando concluyó, la agenda de sus asistentes ya era uncalendario viejo. En un momento de la reunión, Stiglitzlevantó el brazo para rascarse la cabeza y la manga de lacamisa dejó asomar el reloj: eran las 11.30, pero marcaba las10.30. Stiglitz es un iconoclasta que parece creer que losrelojes, las agendas y los calendarios no son más que pro-ductos perecederos. Para él su tiempo personal resulta unaabstracción de importancia efímera, un recurso que distade ser una ventaja competitiva. Pero cuando le preguntansi siempre llega tarde, no tarda un segundo en responder:—Por supuesto que no: lo consigo si me lo propongo.—¿Nadie le dice nada por sus demoras? Anya Schiffrin, la esposa, que lleva la estadística desus tardanzas, sí.—Joe olvida una cosa importante cada día.Stiglitz bebe de la copa de agua Perrier que su mujerha depositado sobre la mesa de centro en The Fairmont.Elige una uva de un plato con quesos y panecillos y lalanza a la boca sin mirar.—¿Cómo define su relación con el tiempo? Juega con la uva, la mueve de un lado al otro y parpadea.—Yo diría que es más bien relajada.Stiglitz tiene los ojos mínimos y azules, y mira con laintensidad de un búho. Uno de sus amigos dice que esla encarnación del Profesor Tornasol de
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, un genio que se distrae por experimentar entodos los campos posibles del conocimiento. Un sibaritade la curiosidad que goza pensando en la misma econo-mía que a otros los tiene con los dientes apretados. Elhombre relaja el nervio: a su lado parece que el capita-lismo no se desmoronará jamás. La sonrisa de Stigtliz esbreve, de labios nos como vainas que dejan asomar losdientes blancos, odontológicamente perfectos. Mientrasescucha, la sonrisa está siempre a punto de soltarse, tem-blando en los labios, pero cuando habla se ensancha yse contrae en un solo movimiento; ese gesto dubitativoque los tímidos muestran cuando parecen recordar unapicardía. Stiglitz, que se gana la vida resolviendo compli-cadas fórmulas matemáticas y traduciéndolas para que elresto de los mortales entiendan las leyes que gobiernanlos bolsillos es un bromista sutil que oculta lo que ríe.Tiene la voz suave de los astutos. Joseph Stiglitz ofrece esperanza para los menos favore-cidos en un lenguaje que todos pueden entender. Sus pa-labras taciturnas se reproducen en las naciones emergen-tes y el mundo más pobre. Es un descastado voluntario y,para muchos, un traidor. Su exuberancia no soporta elcorsé retórico de los gobiernos y las instituciones, y suspeleas han sido grabadas en la memoria de quienes siguenlos chismes de académicos como si fueran fenómenos delas guías de espectáculos. En 1999 el Banco Mundial lodespidió por criticar abiertamente sus políticas. Él, un justiciero de marcadores indelebles, ha declarado apoyarel cobro de un impuesto estilo Robin Hood a las activi-dades de la banca especulativa para aliviar las diculta-des de los pobres. En 2002 Kenneth Rogoff, ex jefe deldepartamento de investigaciones del Fondo MonetarioInternacional (FMI), le escribió una carta abierta en laque cuestionaba su autopromocionado estilo de lanzadorde piedras. Rogoff recordaba una conversación de amboscuando enseñaban en la Universidad de Princeton, en laque Stiglitz le había preguntado sobre Paul Volcker, ex jefe de la Reserva Federal (FED) durante las presiden-cias de Jimmy Carter y Ronald Reagan. «Ken, tú traba- jaste para él» —le dijo Stiglitz—. «Dime, ¿es realmentelisto?». Rogoff había trabajado para Volcker y creía quehabía sido el mejor presidente de la FED en todo el siglo veinte. Stiglitz insistió: «Pero ¿es listo como nosotros?».Después explicó que con esa pregunta sólo había queri-do indagar sobre la capacidad de Volcker como teórico,no sobre su inteligencia. Stiglitz también ha declaradoque las políticas del Departamento del Tesoro de Esta-dos Unidos son sentencias de muerte y ha sido severocon sus ex colegas del Banco Mundial, a quienes acusó
 
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de imponer a las naciones más débiles recetas económicascomo si fueran manuales de tormentos. Su blanco preferi-do ha sido el FMI, el nancista de los gobiernos con pro-blemas de dinero. Stiglitz lo ha comparado con un hospitaldonde los enfermos empeoran que contrata estudiantes detercera categoría en universidades de primera. Un día lepreguntaron qué debían hacer los países en desarrollo conlos consejos de los técnicos del FMI sobre sus economías.—Juntarlos y tirarlos a la basura —respondió.La vida de Joseph Stiglitz es hoy la de una persona-lidad global con una armada de detractores y seguido-res en cada rincón del planeta. Han fracasado las ideasmás conservadoras —lo que él llama el
 fundamentalismode mercado
—, y la heterodoxia de Stiglitz ocupó su espa-cio a la par que nuevas naciones —desde China a Bra-sil, desde India a Sudáfrica— suben como espuma paradesaar a Estados Unidos y Europa. La aburrida y re-servada existencia de los economistas se ha convertidoen una asamblea pública en la que el nombre de JosephStiglitz crece en los pasillos creando bandos. El Nobel escándido y humano para tirios y un intolerable arrogantepara troyanos. Un ingenuo bienintencionado o un teóri-co puro incapaz de gestionar. Un intelectual insurgente,alborotador y tirabombas o un intelectual insurgente, al-borotador y tirabombas. Amigos como Barry Nalebuff,un colega en Yale que sabe de su trato amable de abuelotranquilo, no dudan.—Joe es un perrito hogareño. Anya Schiffrin, la esposa, asegura que cuando sus pa-dres querían saber quién era ese hombre veinte años ma- yor que ella y con un Nobel en su vitrina, les dijo de Sti-glitz: «Es igual que nosotros, pero buena persona». Parasus enemigos, en cambio, Joseph Stiglitz, la mascota delhogar, muerde.Cuando Stigliz propuso reemplazar el dólar comomoneda global por una nueva, el eje del planeta se mo- vió, pues los chinos giraron los oídos hacia sus oficinasde Nueva York. Robert Johnson, un economista del Se-nado de Estados Unidos que ha viajado con él, dice queen Asia lo reciben como si fuera un dios. Cuenta quegracias a sus ideas de una economía con los ojos en lospobres, algunas personas en Asia y Sudamérica lo re-conocen en la calle. No hay movimiento anticapitalistaque no lo cite —sin saber qué hace— ni presidente sud-americano que no desee fotografiarse con él —sin saberqué es capaz de hacer—. Hugo Chávez tiene sus libros
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