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UN TRATAMIENTO POSIBLE DEL EXCESO
LILIANA AGUIRRE

Cuando el Principio de Placer como ley reguladora, no opera los fenómenos clínicos con los que tenemos que vérnoslas los analistas no son precisamente sueños, síntomas, lapsus, esas producciones que denotan la vigencia del inconciente, del inconciente estructurado como un lenguaje.

Cuando la función fálica no opera, cuando los síntomas no son transacciones simbólicas y
entonces no se trata de descifrar, cuando la angustia es automática y no alcanza a constituirse
como señal, los analistas vemos conmovida cierta posición “cómoda” que nos permite la
neurosis cuando es de transferencia, y somos convocados a intervenir de otro modo.
Encrucijadas de nuestro quehacer que nos plantea en estos casos tal vez, más que en otros,
múltiples interrogantes acerca de nuestras intervenciones..
La singularidad de cada cura, la particularidad de cada transferencia irá orientando en una
dirección. El hacer del analista no es calculado, responde a un saber no sabido; sostenido por
su deseo, el analista dirige la cura. Es a posteriori que se interroga por el estatuto de su hacer.
Cada vez que nos proponemos conducir una cura hacemos una apuesta, suponemos que un
sujeto podrá producirse. En el caso que me interesa plantear hoy, la apuesta fue fuerte.
Me propongo situar algunos momentos en el recorrido de un análisis con la intención de
señalar, lo que entiendo. como movimientos producidos en transferencia.

Claudia es una joven que consulta desesperada por su excesivo consumo de cocaína. Dice que
toma porque eso la empuja, le permite salir a la calle y “enfrentar las miradas”, aunque se dió
cuenta que no lo logra ya que vive encerrada en su cuarto. La cocaína la ayuda a tolerar el
dolor, un dolor insoportable...dice: “ es un castigo....me voy a morir.”
El consumo diario e incontrolable comienza hace 8 años, cuando muere el abuelo y ella
decide irse a vivir a la calle con su novio. Trabaja para que a él nunca le falte: comida, alcohol
y droga. Dice: “Fue un amor muy fuerte, yo era todo para él y él era todo para mí...si no
hubiera caído presa no sé si lo hubiera dejado”
Casi todos los días va al cementerio a “visitar” al abuelo, le pide que se la lleve con él.
Escribe cartas de despedida que les entrega a cada uno de los miembros de la familia

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pidiéndoles perdón, pero “no puede más.”. También me escribe una carta pero no me la puede
dar porque la pierde, no recuerda lo que decía.
En una sesión, especialmente difícil en la que Claudia afirma no encontrar otra salida que irse
en paz con su abuelo, al despedirla digo: “Espera un poco y vení a la próxima, te voy a estar
esperando.... si querës, también podés llamarme por teléfono.”
A partir de ese momento algo empieza a aliviarse, tengo la impresión que nos alejamos un
poco del abismo, solo un poco.
La critica superyóica es de una ferocidad extrema, le dice: “ falopera merquera, mantenida,
pendeja de mierda, no servís para nada, lo único que hiciste en tu vida es hacer sufrir a tu

familia”.
Cuando digo: “Vos también sufrís y mucho” parece sorprendida.. Responde: “es verdad que
sufro pero.... yo me la busqué

Su relato es sufriente y muy conmovedor. Dice que hace tanto que no está “careta” que ya no
se acuerda quién es, lo que si recuerda muy bien es que no le gusta como es.
Va ubicando su sufrimiento como algo muy antiguo. Recuerda que tenía la “voz tomada”,no
podía hablar. Lloraba, vomitaba y se meaba todos los días.
Dice: “el dolor lo tuve siempre, desde chica... era una nena triste, sola, siempre asustada... y

sin droga”.

La enunciación permite leer que en la infancia, esa nena triste, sola y asustada no contaba con
la droga para mitigar el dolor. En ese momento recuerdo un graffiti callejero que decía: “La
droga mata pero...droga” y me interrogo por la función que cumple la droga para esta chica.
Ella dice que la cocaína la deja más “buena”. Pudimos ir trabajando que ese estado al que
llama “buena”, es como una especie de anestesia general: no piensa, no siente, no contesta, no
elige ni se opone nada, está como muerta.
Refiriéndose a la madre y al novio dice: “No entiendo, parece que ellos quieren que esté mal,
así me quedo encerrada en mi casa...si hablo la ligo. Mi mamá dice que me ama pero... esa

mirada..tan odiosa.”
Describe escenas violentas y escandalosas en las que la madre, la insulta y la echa de la casa,
reprochándole que va a morirse por su culpa. Claudia queda perpleja, no entiende que es lo

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enoja tanto a su madre..A veces responde perdiendo efectivamente la voz; otras callando
deliberadamente. En todos los casos, se encierra en su cuarto a “bardear”.
Podemos ir situando que lo que enloquece a la madre es que Claudia produzca algún
movimiento subjetivo que la saque del encierro.
La violencia de estas escenas se repite con el novio quien, cuando la insulta o le pega,
amenaza con matarla para ser “el último que la toque”.
Empieza a decir que el novio es como “la merca”, le hace mal pero no lo puede dejar.
En una sesión dice:”Tuve unos días de mucho dolor, curtí bastante, pero no a reventar como
antes, hace mucho que no me velo.” No parece advertir la asociación con velorio.
Cuando la interrogo relata por primera vez una escena que armaba en su cuarto todas las
tardes a modo de ceremonia, cerrando las ventanas y rodeando la cama con unas velitas
blancas. Una vez preparado el escenario, se acostaba y allí permanecía consumiendo,

inmóvil, muchas muchas horas. Se velaba.

La demanda del Otro es que no exista, la quiere toda...muerta.
Claudia responde a esta demanda recurriendo a la droga, como un intento de impedir ser
tomada por entero. Recurso extremo y desesperado para no ser arrasada por el Otro. Intento
de autoconservación paradojal, ya que por efecto de la droga logra sustraerse pero, cuanto
más se sustrae, más desaparece. Por esta vía ninguna subjetivación es posible.
Operatoria en la que la droga como pharmakon muestra su doble vertiente de remedio y
veneno. Incorporar un cuerpo extraño equivaldría a devenir un cuerpo extraño, se mata un
cuerpo que fue requerido para hacer donación de lo imposible y se rehace cada día como

“extraño”, para poder subsistir.

Le regalan un loro, ella lo cuida con devoción, hasta se levanta cada tres horas durante la
noche para darle de comer. Un día la madre la llama para anunciarle la muerte del loro.
Dice: “No lo supe cuidar, ni para eso sirvo,....lo protegí tanto para que no se muera que lo
terminé matando,“ A mi mamá le molestaba, decía que me lo iba a matar. Le dije:¿No será
que soy yo la que te molesto, no el loro?”

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