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Rif, el sueño roto (2 Abril)

Rif, el sueño roto (2 Abril)

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Segundo capítulo de la serie de cinco que escribí para el diario Melilla Hoy
Segundo capítulo de la serie de cinco que escribí para el diario Melilla Hoy

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Published by: Carlos Aitor Yuste Arija on Nov 15, 2011
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La muerte a las puertas
Por Carlos Aitor Yuste Arija,yuste.aitor@gmail.com 
Aquella mañana del 26 de julio de1909, traía en su primera página el bar-celonés diario La Vanguardia las esque-las de doña Juana Segura y Cortés, dedoña Rosa Oliva de Basso y, a menortamaño, la de don José Vidal y Gual. Ala derecha de éstas, se anunciabanentre otros el doctor Serrallach, especia-lista en vías urinarias, o el “SurditéThompson”, la solución para los proble-mas de zumbidos e, incluso, sordera. Ybajo estos, figuraba una escabrosa notasobre el uso que parecía estaban dandolos japoneses a los huesos de los solda-dos rusos caídos hacía cuatro años en laguerra ruso – japonesa. Aunque aúnestaba pendiente de confirmación, sesospechaba que con ellos estaban fabri-cando carbón, que posteriormente eraenviado a los arsenales japoneses paraelaborar con él un nuevo material explo-sivo “de efectos poderosísimos”.La segunda página, en cambio, presen-taba un cariz mucho más acorde a lososcuros días que se estaban viviendo entoda España. Hacia la mitad de la prime-ra columna de las cuatro en las que sedividían las páginas del diario, una notaponía sobre aviso de “las deficienciasque nuestros lectores puedan encontraren lo sucesivo en las informaciones deMelilla”. Por orden del ministro de laGobernación se hacía saber que“habiendo quedado prohibida la expedi-ción de todo despacho interior y para elexterior que contenga noticias de lasoperaciones militares de Melilla, movi-miento de fuerzas y cuanto con ellas serelacione, sólo podrán publicar los perió-dicos telegramas oficiales que circulen,previa censura para comprobar su exac-titud”. Añadiendo a continuación que “sialgún periódico publica otras noticias,aunque sean recibidas por correo, comose trata de revelación de noticias quepueden perjudicar operaciones militares,debe V.S. hacer que en el acto sedenuncien y no circulen por correo”.Demasiado tarde. España entera sabíaya que la situación en las proximidadesde Melilla había empeorado notablemen-te en las últimas semanas, que habíansido frecuentes los intercambios de dis-paros con los rifeños, y que éstos, ade-más, habían provocado no pocas bajasentre las filas españolas. Para colmo,también era público y notorio el hecho deque varios miles de soldados, muchosde ellos reservistas, estaban siendoenviados hacia allí, y que aún más espe-raban para ser trasladados en breve.Aún así, lo peor todavía no había llega-do. En Barcelona, este mismo númerode La Vanguardia habría de ser leído pormuy pocos: al igual que el resto de dia-rios locales sería secuestrado por ordengubernativa nada más salir a la calle. Laciudad en la que se editaba se habíadeclarado en abierta huelga general esamisma madrugada, por lo que desde lassiete mañana la inmensa mayoría de lasfábricas se encontraban cerradas, a loque unas horas después, ya por la tarde,se uniría la total paralización del serviciode tranvías. Desde ese momento ydurante los siguientes días, tan sólo losmercados de la ciudad abrirían a primerahora, para evitar el desabastecimientode la población. Así mismo, en un lugara las afueras de Melilla conocido como“el Barranco del Lobo”, las tropas espa-ñolas iban a sufrir al día siguiente, elmartes 27 de julio, una de las derrotasmás dolorosas de su historia reciente.No tanto, bien es cierto, por el númerode bajas, sino por la forma en que éstashabían de producirse.Dos gotas que terminaron de colmar elvaso de las amarguras de una naciónque ya nunca volvería a ser la misma. ElRif, que había entrado en la vida y losdestinos del país casi sin haberlo busca-do, comenzaba de esta forma a marcar
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MELILLA HOY
3 de abril de 2011
LA VOZ
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LA VOZ
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el pulso de nuestra historia contemporá-nea. A partir de estas jornadas, y hastabien entrada la segunda mitad del siglopasado, prácticamente todo lo que iba asuceder en España tendría algunaconexión, cuando no su mismo origen,con las yermas tierras del norte deMarruecos.
La reanudación de las obras
Poco antes de todo esto, a primerosdel anterior mes de junio de 1909, elGobierno del conservador AntonioMaura se veía envuelto en el enésimoquebradero de cabeza relacionado conel “problema de Marruecos”. Las obrasdel ferrocarril de la Compañía Españolade Minas del Rif, vital para llevar alpuerto de Melilla el mineral extraído enlas proximidades de la plaza, y quehabían quedado suspendidas ochomeses atrás, tras la agresión por partede un grupo de rifeños a varios obreros,estaban siendo usadas por el “partidocolonial” francés –lo que hoy llamaría-mos un “grupo de presión”, o “lobby”como dicen los anglosajones, a favordel expansionismo colonial galo- comouna prueba de la debilidad española ala hora de hacerse cargo de su compro-miso con respecto al control de la zonanorte de Marruecos. Aún no había nin-gún protectorado, se trataba sólo deáreas de influencia, y a ojos de estos, lazona española debía quedar tambiénbajo responsabilidad francesa antes deque fuera demasiado tarde.Para colmo, un grupo de agentes fran-ceses de la Compañía Norte Africanade Minas vino a demostrar que eraposible establecer una línea de explota-ción desde Argelia, con lo que ya nosería necesario contar con Melilla, per-diéndose así los beneficios que estetransporte generase. Ante esto, y pesea sus reticencias, al Gobierno no lequedó otra que autorizar la reanudaciónde las obras, ordenando a la Coman-dancia general de Melilla la vigilanciade éstas y la protección de sus trabaja-dores.En la ciudad la noticia fue muy bienrecibida por su comandante, el generalMarina, quien desde tiempo atrás veníadefendiendo esta medida. Aún así, estaera una victoria aciaga para él, ya queMaura seguía negándose a ocupar unaserie de puntos estratégicos a lo largode la línea para proteger a sus trabaja-dores y a los rifeños favorables a Espa-ña. La ocupación el año anterior de laRestinga y el Cabo de Agua había veni-do seguida de una protesta del nuevosultán de Marruecos, Mulay Hafid -her-mano del anterior, Abd al-Aziz, y bas-tante menos amigo de los europeos-,exigiendo su desalojo si se quería con-tar con su futura colaboración. Estandoasí las cosas, y como se considerabaque nadie mejor que él podría pacificara los rebeldes rifeños, no se quería oírni hablar de nuevas ocupaciones.Todo lo contrario ocurría entre lascabilas rifeñas hostiles, que veían enesta reanudación de las obras bajo elamparo de los militares, no sólo unaprovocación, sino una invasión. Llevadaa cabo, además, por unos extranjerosque, para colmo, eran cristianos. Losataques a los trabajadores y las provo-caciones fueron en aumento, llegándo-se a apalear a un policía indígena a pri-meros de julio, lo que provocó el envíode una columna española de castigo –compuesta por infantes, caballería yartillería- que destruyó algunas casas,requisó varios fusiles y cabezas deganado e incluso hizo seis prisioneros.Tan poco diplomática medida sólo sir-vió para unir más a los rifeños en tornoa la figura de un viejo enemigo del pre-tendiente “El Roghi”, el carismáticoMohammed Amezian –padre del queluego sería comandante general deCeuta y Capitán General de Galicia,Mohammed ben Mizzian-, quien suporeunir a su alrededor una jarca –grupoarmado de rifeños- con los campesinosque acababan de finalizar la cosecha ylos temporeros que habían regresadode Argelia. Con ella ya formada, planeóque su primer golpe consistiría en unrápido ataque a los trabajadores delferrocarril, con el objetivo de hacerrehenes que luego pudiesen ser canjea-dos por los apresados días atrás por losespañoles.El comienzo de la pesadillaSi bien el plan podía ser ese, lo ciertoes que, finalmente, la treintena derebeldes enviados a cumplir la misiónoptó por no arriesgarse. En lugar dehacer prisioneros, y estando aún a cier-ta distancia de ellos, prefirieron abrirfuego contra los trabajadores del ferro-carril, matando a seis de ellos, mientrasel resto lograba ponerse a salvo al huiren una locomotora. Cuando los supervi-vientes llegaron al Hipódromo, dóndese encontraba desplegada una fuerzapor si se producían incidencias de estecariz, la respuesta española fue inme-diata. En menos de dos horas el gene-ral Marina, poniéndose él mismo a lacabeza de sus fuerzas, desplazó a unos2500 hombres –la mitad de las fuerzasacantonadas en Melilla- al lugar del ata-que, entablando combate con los rife-ños allí reunidos. Tras unas horas defuertes combates, que costaron cincomuertos a las fuerzas españolas, setomaron las posiciones de Sidi Musa,Sidi Hamet el Hach y Sidi Ali, que elgeneral decidió conservar bajo su con-trol.Varios estudiosos han visto en estadecisión un grave error de cálculo. Laocupación y posterior fortificación deestas posiciones hubiese tenido sentidosi la táctica hubiera sido continuar cami-no hacia Nador, plaza de la que esta-ban a media distancia desde Melilla. Encambio, convertidas en punta de lanzade las posiciones españolas, se mostra-ron poco útiles para proteger las obrasdel ferrocarril y sus trabajadores. Y loque es aún peor, a medio guarnecer ysiendo fácilmente batidas desde lasalturas del Gurugú que aún permanecí-an en manos rebeldes, hicieron que suprotección y abastecimiento fuesencausantes de constantes bajas y, final-mente, la razón última del desastre queesperaría a las tropas españolas pocosdías después.Paralelamente a esta ocupación, yaprovechando los días de calma apa-rente que siguieron a la misma, Marinaescribió al Gobierno solicitando el envíoinmediato de refuerzos, petición quesería atendida en el acto. Marruecos yahabía sido escenario de miserableschapuzas, como las que habían marca-do en 1894 la “guerra de Margallo”,donde las fuerzas españolas habían flir-teado con el desastre no pocas veces yque, de hecho, había costado la vida alpropio gobernador de Melilla, Juan Gar-cía y Margallo. Un episodio éste pocoestudiado, pero que marcó a los líderesindependentistas cubanos por entoncesdeportados en la plaza, quienes no per-dieron detalle de la dificultad del ejércitoespañol para responder adecuadamen-te al ataque rifeño, lección que serviríapara precipitar definitivamente la inde-pendencia cubana. Un episodio, desdeluego, que el Gobierno Maura no quisover repetido, aunque como veremosluego, por arreglar un descosido, hubie-ran de enfrentarse a un roto aún mayor.Al punto, el ministro de la Guerra, elgeneral Linares, ordenó el envío de laTerceraBrigada Mixta al mando del generalMiguel de Imaz, compuesta por aproxi-madamente 6300 hombres entre man-dos y tropa, a la par que ordenabamovilizar a la Primera Brigada Mixta,formada por igual número de uniforma-dos y al mando del general GuillermoPintos Ledesma. Asimismo, el Gobiernosuscribía un crédito por valor de más detres millones de pesetas para adquirirlos pertrechos y materiales necesariospara el mantenimiento de la tropa.Sin embargo, el ejército español dista-ba mucho de ser equiparable a los delas otras naciones europeas. Por unaparte contaba con una proporción deoficiales cuatro o cinco veces superior ala de los ejércitos francés, alemán o bri-tánico, por otra, y esto era aún peor sicabe, acababa de ver cómo, por ordendel mismo general Linares, se habíalicenciado a gran parte del personal dela División Reforzada. Ésta, creada porsu predecesor a cargo del ministerio, elgeneral Fernando Primo de Rivera,había pasado por ser posiblemente laúnica unidad perfectamente equipadapara entrar en combate de forma inme-diata. En cambio, ahora que era verda-deramente necesaria, ya no se podíacontar con ella.Por todo esto, cuando a partir del día

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