Sanación Solidaria
Uno de los sueños más impetuosos que tenía Cocho eraconocer la peregrinación del pueblo Huichol, caminando300 km a través del desierto en busca del peyote. “Lo veíaen las revistas de la National Geographic y quería estarahí”, confiesa, a pesar de asegurarme que su viaje fue porotro motivo.Cuando pisó tierras mexicanas preguntó por los Huicholesy distintas personas lo desanimaron, le dijeron que era gen-te cerrada, que ni se moleste en intentar encontrarlos.Lejos de oír los consejos, prefirió hacer caso a su llamadointerno y fue en busca de la comunidad.A partir de allí Cocho percibió que todo se dabamágicamente. Al encontrar a los wirrarikas (porque así sellaman a sí mismos), conoció a su chamán y resultó seraquel que en su revista extranjera figuraba como “El últi-mo chamán de la medicina”, uno de los últimos hombresque conservan la sabiduría ancestral de las plantas y elespíritu, Matsewa Marakame.Parece ser que Cocho le cayó bien a Matsewa, y pudoparticipar de la ceremonia junto a otras 7 personas que noformaban parte de la comunidad. Javier lo recuerda y setransporta: “estar en una ceremonia que se hace desdehace miles de años, donde el chamán se comunica con losdioses y le canta al fuego, le canta al sol, le canta a lasestrellas, al viento, para mí fue estar en la punta de la ola”.Esa noche, Matsewa le puso una condición si quería se-guir el camino de las plantas y conocer de su cultura: “tenésque venir acá durante 5 años seguidos”. De las 8 personasque hicieron la ceremonia ese día, solamente 2 cumplieronel pacto. Cocho fue uno de ellos.A pesar de la intensa experiencia, asegura que “solo conestar ahí te das cuenta que jamás un hombre blanco va apoder llegar a ser chamán”. Eso lo tiene claro: “en estos 5años, apenas hice una especie de jardín de infantes deese camino espiritual”. El último de los grandeschamanes de América, lleva ya 30 años de estoscompromisos.
“muchas plantas sagradas están mezcla-das entre nosotros, si bien algunas estánen medio de la selva, otras las podemosencontrar en los jardines de la ciudad,desde muchos cactus y enredaderas has-ta una Pasionaria, que es una planta me-dicinal”.Fue así que nació la primera versión desu tienda en internet. Una página sencillacon solo algunas semillas a la venta, y alpoco tiempo comenzaron a surgir los in-teresados. Con el tiempo siguió viajandoen busca de esos “conocimientosancestrales” y entró en contacto con co-munidades de Matses, Shipibos yHuicholes. Encontró enseñanzas espiri-tuales e incorporó saberes que el mundoacadémico no pudo brindarle, y una cosafue llevando a la otra: “seguí investigan-do y buscando especies, empecé a hacerintercambios de semillas con gente de dis-tintos países o comprándole a distintascomunidades y a los 2 ó 3 años estaba fun-cionando a pleno con más de 200 produc-tos a la venta”.Cuando volvemos al presente, luego deescuchar muchas de sus historias de la sel-va, de los rituales, de los cantos a los dio-ses y de cómo comenzó a vincularse conel cultivo de lo sagrado, recuerdo cómofue avasallado por la ignorancia y la limi-tada visión occidental. Pero a Cocho pa-rece no importarle tanto como a mí.Ahora busca un impasse, tanto de sutrabajo como de sus viajes. Piensa redu-cir su tienda a un menor número de pro-ductos y descansar un tiempo de sus par-tidas, que en los últimos 5 años fueronmuchas e implicaron un gran sacrificioeconómico y emocional, principalmen-te por alejarse de su pequeña hija,Selva. Sin embargo, se siente orgu-lloso de todo lo aprendido y confie-sa que “conocer el mundo de lasplantas sagradas directamente des-de la fuente y vivir esas experienciases algo único”.´Enseguida se entusiasma y mecuenta de rituales que aun quie-re vivir y sueños por cumplir enel desierto junto a sus com-pañeros de ruta. Entoncesme doy cuenta que solo escuestión de tiempo, una pe-queña pausa antes de continuarel camino que hace tiempo eligió.
Pablo Ayala
El camino de las plantas
Hace algunos años, en uno de sus via- jes, Cocho aprendió los secretos de laceremonia ancestral de sanación co-nocida como Temazcal. Viene de lasculturas nativas de México y EstadosUnidos, y se lleva a cabo dentro de unpequeño iglú de barro al que ingresanlos participantes. Una vez allí, se vier-ten infusiones de agua con plantassobre piedras volcánicas calientes, y elvapor actúa como un purificador delas toxinas del cuerpo, tanto a travésde la piel como en cada respiración.A su vez, todo el ritual genera una co-nexión con la tierra, con su historia ycon nuestros antepasados. Cocho meexplica que en esta ceremonia se re-presenta “el vientre de la madre tierra”,es como volver allí, al lugar de dóndevenimos, para llegar a un estado derenacimiento y sanación de nuestrocuerpo, mente y alma.Desde que conoció esta ceremoniaen uno de sus viajes, Cocho comenzóa realizarla aquí en Olavarría, dondeconstruyó la estructura y preparótodo lo necesario. Enseguida me acla-ra que esto “va por el mismo lado”,pero no es parte de su trabajo.En sus viajes no solo se impregnó desaberes culturales, sino que tambiénfue viendo realidades y asumiendocompromisos: “no podes ser ajeno alo que están viviendo los grupos nati-vos en cualquier parte del mundo. Larealidad es que son marginales, o seaque no tienen recursos ni para la comi-da, ni para el agua, ni para ir a la escue-la”. Me cuenta que en la comunidadSan Francisco de los Shipibos hay uncomedor comunitario para 120 chicosque no cuenta con acceso directo alagua, y deben acarrear 200 litros dia-rios en baldes desde 400 metros dedistancia.Por esta razón es que destina todo lorecaudado en los “temascales” y unporcentaje de las ganancias de su tien-da para construir un pozo dentro de lacomunidad. Cocho quiere devolveralgo de todo lo que aprendió a partirde su trabajo con las plantas sagradas,y quienes participan del temazcal tam-bién ayudan: “hacemos esta ceremo-nia, los sanamos y de paso la gentecolabora”.
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