—
Pues más o menos, tal y como la describe Pausanias, un historiador de la época,estaba hecha de marfil y cubierta de oro, salvo en el rostro y los brazos de la diosa, como seve aquí. Se sabe que las placas de oro fueron quitadas en el 296 a.c. por Lacares, que las usópara pagar a sus tropas. La copia más antigua es la Atenea Varvakeion, del siglo II, y sesupone que es la más fiel a la original, pero tampoco está en el Partenón, sino en el museoArqueológico de Atenas.
—
¿Cuántas veces has estado allí?
—
pregunté asombrado por su sapiencia.
—
Dos veces, pero por mí, me iba allí a vivir y a buscar ruinas antiguas.
—
Sonrióante la mera idea
—
. Y tú, ¿nunca has estado?
—
No, pero estuve en Roma este verano con mi padre. El Coliseo me encantó.
—
Roma está bien
—
dijo con condescendencia mientras cerraba su libro yacariciaba la portada con afecto
—
, pero yo prefiero la cultura helénica.
—
Y yo. Los romanos eran unos copiones.Eso le sacó una carcajada.
—
En realidad, eran tremendamente inteligentes: integrar elementos de la cultura yla religión de los pueblos a los que asimilaban fue una estrategia de lo más efectiva. Losprimeros cristianos hicieron algo parecido en los siglos II y III y quizás esa fue la clave desu éxito.
—
¿Ah sí?
—
Sí, por ejemplo: ¿sabías que Cristo no nació el 25 de diciembre?
—
¿En serio?
—
le dije, aunque ya había oído algo así antes.
—
Resulta que el 25 de diciembre era la fiesta del nacimiento del Sol y el solsticiode invierno
—
me explicó
—
. Ubicar la fecha del nacimiento de Jesús ese mismo díaayudaba a su pretensión de divinidad, al mismo tiempo que le identifica con el astro rey.Fíjate cómo el cristianismo se apodera de las fiestas paganas. San Juan es la fiesta delsolsticio de verano, la noche más corta del año. La costumbre de hacer hogueras desvela suorigen, así como la de adornar un abeto en Navidad era una costumbre druídica, anterior a laevangelización de Europa del norte. Oh perdona, ¿te estoy incomodando?
—
preguntó,malinterpretando mi mutismo.
—
¿Cómo?
—
Quizás eres religioso y mis comentarios te molestan.
—
No, qué va. No lo soy para nada. De hecho, le tengo cierta tirria al catolicismo.Tú tampoco eres creyente, ¿verdad?
—
supuse por su manera de hablar de los orígenes delcristianismo.
—
Bueno, no creo en la doctrina de ninguna iglesia, pero sí creo que algo hay. Soyagnóstico, pero no ateo.
—
Pues yo sí que lo soy.
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