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23Camino de Santiago
on el final de la Navidad llegaron el momento de reanudar las clases y los nerviospor la proximidad de los exámenes del primer cuatrimestre. Aunque yo habíaintentado minimizar mis probabilidades de fracaso, llevando mis estudiosescrupulosamente al día, no podía evitar sentirme algo inquieto. Por otro lado, el fantasmade mis problemas hacía justo un año planeaba sobre mí ahora que empezaba a enamorarmede alguien que no me convenía y me preocupaba que lo que Clara me había comentado jocosamente se hiciera realidad, y volviera a tener problemas en el primer cuatrimestre porculpa de un mal novio. O lo que quiera que Santiago fuese.Santiago y yo habíamos seguido viéndonos, pero sin haber concretado un ápice delo que pasaba entre nosotros dos. Nunca hablábamos de salir juntos, de quedar para algo queno fuera follar, de nuestros sentimientos o de lo que esperábamos del otro. Yo seguíasintiendo que Santiago levantaba un muro emocional cuando estaba conmigo, cosa que meparecía cada vez más molesta, a medida que yo empezaba a necesitar algo más de él. Aunasí, nuestra relación parecía avanzar: por fin habíamos conseguido conectar en la cama y sibien seguíamos sin hacernos carantoñas postcoitales, ahora por lo menos charlábamos.Pensaba en todo esto una tarde tumbado en su cama, tras uno de nuestros polvos defin de semana. Santiago, fiel a su costumbre, se había levantado nada más terminar para ir albaño, dejándome a solas con mis pensamientos.Me di la vuelta en la cama hasta quedar boca arriba y me rasqué con pereza elabdomen, donde una mancha reciente de semen empezaba a secarse sobre mi piel. Oía aSantiago lavarse en el baño, pero yo me sentía demasiado amorriñado para levantarme yhacer lo mismo.Salió del baño y le oí caminar por el pasillo, el sonido de sus pies desnudos de unahabitación a otra. Volvió al dormitorio portando un voluminoso libro y se tumbó boca abajoen la cama, abriendo el libro y apoyándolo contra la cabecera.
 — 
Este es el libro del que te hablé
 — 
dijo haciendo referencia a la conversación quehabíamos tenido antes de follar, mientras buscaba una página en concreto
 — 
. ¿Lo quieresver?
C
 
 — 
Claro
 — 
contesté dándome la vuelta de nuevo y apoyándome sobre mis codospara poder ver el libro.Era una especie de atlas sobre la cultura y la mitología griegas, la gran pasión deSantiago. A mí no dejaban de interesarme esos temas, y disfrutaba oyéndole relatar mitosdurante horas.
 — 
Aquí está
 — 
dijo al fin, mostrándome una página en la que se veía una fotografíaaérea de la Acrópolis de Atenas. Bajo ella había una ilustración que la reproducía tal y comodebía haber sido en la antigüedad
 — 
. Este es el templo de Erectión.
 — 
Señaló una estructuraal norte de la acrópolis.
 — 
¿Es del que me hablaste?
 — 
pregunté con genuino interés.
 — 
Sí 
 — 
respondió
 — 
. Se construyó sobre los restos de otro templo, el Atenea Polias,que fue destruido por los persas en el cuatrocientos y pico antes de Cristo. Según la leyenda
 — 
dijo con la voz preñada de entusiasmo, de una manera que me recordó vivamente laépoca en la que fue mi profesor
 — 
, en este mismo lugar fue donde Atenea y Poseidón sedisputaron el patrocinio de Atenas.
 — 
¿Y qué hicieron?
 — 
pregunté con la intención de conseguir una nueva historia
 — 
.¿Pelearse por ella?
 — 
No. Hacer un regalo a los atenienses para que en base a él, eligieran a su patrón.Poseidón les regaló una fuente magnífica, pero cuando fueron a verla, descubrieron que elagua que brotaba de ella era salada, por lo que no servía de nada. En cambio, Atenea lesregaló un olivo, un árbol del que pueden conseguir aceite, alimento y madera, por lo que laeligieron a ella. Eso enfureció mucho a Poseidón, que envió una inundación contra laciudad, pero esa es otra historia.
 — 
Sonreí ante su manía de irse por las ramas
 — 
. El caso esque se supone que este templo se construyó en ese mismo lugar, y que a su lado estaba elolivo de Atenea.Me fijé en que, efectivamente, en la reproducción se veía junto al templo un enormeárbol que identifiqué con un olivo.
 — 
¿Y el Partenón?
 — 
Es este.
 — 
Señaló una enorme estructura en el centro de la acrópolis
 — 
. Era elmayor de los templos, y estaba dedicado por entero a Atenea.
 — 
¿Y es verdad que dentro hay una enorme estatua?
 — 
La Atenea Partenos, de Fidias
 — 
anunció con solemnidad mientras buscaba en ellibro una ilustración de la escultura para enseñármela
 — 
. Por desgracia ya no existe y sóloha llegado a nosotros a través de descripciones y reproducciones. Se perdió entre los siglosV y X, no se sabe muy bien.Miré la ilustración que me mostraba antes de preguntar:
 — 
¿Y se sabe a ciencia cierta que era así?
 
 — 
Pues más o menos, tal y como la describe Pausanias, un historiador de la época,estaba hecha de marfil y cubierta de oro, salvo en el rostro y los brazos de la diosa, como seve aquí. Se sabe que las placas de oro fueron quitadas en el 296 a.c. por Lacares, que las usópara pagar a sus tropas. La copia más antigua es la Atenea Varvakeion, del siglo II, y sesupone que es la más fiel a la original, pero tampoco está en el Partenón, sino en el museoArqueológico de Atenas.
 — 
¿Cuántas veces has estado allí?
 — 
pregunté asombrado por su sapiencia.
 — 
Dos veces, pero por mí, me iba allí a vivir y a buscar ruinas antiguas.
 — 
Sonrióante la mera idea
 — 
. Y tú, ¿nunca has estado?
 — 
No, pero estuve en Roma este verano con mi padre. El Coliseo me encantó.
 — 
Roma está bien
 — 
dijo con condescendencia mientras cerraba su libro yacariciaba la portada con afecto
 — 
, pero yo prefiero la cultura helénica.
 — 
Y yo. Los romanos eran unos copiones.Eso le sacó una carcajada.
 — 
En realidad, eran tremendamente inteligentes: integrar elementos de la cultura yla religión de los pueblos a los que asimilaban fue una estrategia de lo más efectiva. Losprimeros cristianos hicieron algo parecido en los siglos II y III y quizás esa fue la clave desu éxito.
 — 
¿Ah sí?
 — 
Sí, por ejemplo: ¿sabías que Cristo no nació el 25 de diciembre?
 — 
¿En serio?
 — 
le dije, aunque ya había oído algo así antes.
 — 
Resulta que el 25 de diciembre era la fiesta del nacimiento del Sol y el solsticiode invierno
 — 
me explicó
 — 
. Ubicar la fecha del nacimiento de Jesús ese mismo díaayudaba a su pretensión de divinidad, al mismo tiempo que le identifica con el astro rey.Fíjate cómo el cristianismo se apodera de las fiestas paganas. San Juan es la fiesta delsolsticio de verano, la noche más corta del año. La costumbre de hacer hogueras desvela suorigen, así como la de adornar un abeto en Navidad era una costumbre druídica, anterior a laevangelización de Europa del norte. Oh perdona, ¿te estoy incomodando?
 — 
preguntó,malinterpretando mi mutismo.
 — 
¿Cómo?
 — 
Quizás eres religioso y mis comentarios te molestan.
 — 
No, qué va. No lo soy para nada. De hecho, le tengo cierta tirria al catolicismo.Tú tampoco eres creyente, ¿verdad?
 — 
supuse por su manera de hablar de los orígenes delcristianismo.
 — 
Bueno, no creo en la doctrina de ninguna iglesia, pero sí creo que algo hay. Soyagnóstico, pero no ateo.
 — 
Pues yo sí que lo soy.
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