INTRODUCCIÓN
En los mismos conceptos de la enunciación de este trabajo secondensa ya la complejidad del fenómeno a analizar. Efectivamentehablamos del
tema del amor
en nuestro poeta, e inmediatamente surgeuna obvia cuestión: ¿es posible un acento nuevo en este viejo tema, almenos hasta el punto de hacerlo el centro excluyente de una monografía?El amor, literariamente tratado, ¿no habría sido agotado por esoscompatriotas y coetáneos suyos, por un Enrique Banchs, por ejemplo, acuyas alturas líricas parecen inaccesibles las hechuras desgarradas denuestro poeta?Otra problemática determinación se nos viene al paso con lasletras de la poesía de Discépolo, que son
letras de tango
, y aquí, comoaquel “coro de fantasmas” que nos habla desde
Por qué la quise tanto
,un abigarrado tropel de músicos y orquestas, cantores legendarios,celuloide incluso, complica sobremanera nuestro análisis. Lasmediatizaciones mencionadas sobredimensionan de tal forma la desnudasemántica del texto, que es imposible no tomar en cuenta esainterpretación sedimentada a lo largo de décadas en los tangos deDiscepolín.
El lado positivo de la cuestión es que, al ponerla sobre eltapete, se marca claramente la especificidad del poeta que nos ocupasobre otro tipo de creación literaria intimista y, entonces sí, podríamosavanzar confiados hacia una zona de originalidad.Pero es el último punto de la enunciación el que encierra, segúntrataremos de demostrar, el acceso interpretativo a los otros dos. Y estoes así porque consideramos a Enrique Santos Discépolo un
poeta
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Este trabajo fue presentado en 1988 para el seminario “Función de la Literatura en laCultura Popular y en la de Masas”, dictado por Eduardo Romano. Es el resultado dedos elaboraciones sucesivas, concebidas en su momento como aproximaciones a unatotalidad.
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A manera de ejemplo: no podemos pensar en
Yira… yira…
sin la impresionante marcaque allí ha dejado Gardel, rescatado a través de los “cortos” de Eduardo Morera. Eltango está, incluso, precedido por un breve diálogo con el mismo Discépolo, cuyafamiliaridad no anula el profundo dramatismo:(…)GARDEL: –Pero, el personaje es un hombre bueno, ¿verdad?DISCÉPOLO: –Sí; es un hombre que ha vivido la bella esperanza de la fraternidaddurante cuarenta años. Y, de pronto, un día, a los cuarenta años, se desayuna con quelos hombres son unas fieras.GARDEL: –Pero, ¡dice cosas amargas!DISCÉPOLO: –No pretenderás que diga cosas divertidas un hombre que esperadocuarenta años para “desayunarse.” (E. S. DISCÉPOLO,
Cancionero
, p. 95)Otro ejemplo –entre tantos–,
Cambalache
y su insoslayable asociación con Julio Sosa.
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