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Luis MADRIGAL TASCÓN
EL HOMBREQUE LLEGABA SIEMPRE TARDE
No acostumbró nunca a ser demasiado puntual, ya desdecuando niño. Más exacto sería decir que fue siempre un empedernidoe irreformable impuntual. A estos adjetivos, ya de por sí dramáticos,se podrían añadir además los de rigurosamente inexacto e impreciso,lo que hacía de él un personaje paticamente condenado aldescrédito, cuando no al propio sufrimiento. Llegaba siempre tarde acualquier parte, tratárase de lo que se tratase, desde las sbaladíes citas con los amigos, hasta las más graves obligaciones,deberes o solemnidades de cualquier clase. En su infancia, casisiempre llegó tarde al Colegio de párvulos, donde le enseñaban lasprimeras letras, y desde luego no por culpa de su madre, quien seafanaba en conseguir el efecto contrario, haciéndolo heroicamente apuro pulmón, para contrariedad y justa indignación de los vecinosmás próximos:-
¡Paqüito
Paqüito
…!, gritaba, durante más de media hora, conun cierto acento italiano, y tan desaforada como inútilmente, labuena mujer. Pero nada, él seguía durmiendo hasta tener que serarrastrado por los pies, para llevarlo al cuarto de baño.Después, cuando ya fue un adolescente, de esos que tienencara de bobalicón, pómulos coloreados y granos en la cara, llegabahabitualmente tarde a las clases del Instituto, en la época de suBachillerato. Aquel, era un Bachillerato como Dios manda, el del Plande 1938, y no estas actuales basuras didácticas y de contenidosraquíticos, de xima bajura intelectual. Para su desgracia, losInstitutos de aquella época funcionaban con arreglo a un regimensimilar al de las Universidades. No eran, precisamente, el Colegio delos Hermanos Maristas, o el de los Padres Agustinos. Allí, en unambiente puramente laical, pese al franquismo, o al llamado después “nacional-catolicismo”, que por entonces reinaba en España, el chicoque quería ir a clase, iba, y el que no, no iba; a unas clases sí y aotras, no. Al final del curso, cada Profesor, que generalmenteexplicaba su respectiva materia muy bien, examinaba en profundidada cada alumno y le aprobaba o le suspendía con arreglo a sus
 
conocimientos, no al número de veces que había asistido a clase.Menos aún, por lo tanto, a la puntualidad con la que había ido. Esoera cosa de cada alumno o, más bien, de cada padre y de cadamadre. Y, en aquel régimen de estudios, él siempre fue un alumnobrillante, de excelentes calificaciones, porque era un tipo muyinteligente, de muy inmediata captación de conceptos y muy altacomprensión de todos ellos, que seguidamente podía exponer consistemática y metódica habilidad. Lo de la impuntualidad no contaba,lo cual comenzó a ser el principio de su desorganizada vida y mástarde de su desgracia. No digamos, ya en la Universidad. En suFacultad, eran más bien los Catedráticos quiénes no llegaban casinunca a su hora, y alguno de ellos ni aparecía en todo el curso, o a losumo pasaba por allí un par de veces. Esto continuó favoreciendo sumaravilloso estilo y régimen de vida, similar al de un verdaderoparaíso. Él era el único señor y soberano de su tiempo y de suespacio. Estudiaba, comía, salía o entraba, a su entero capricho yabsoluta comodidad. Sobre todo dormía, todo y cuanto le parecíanecesitar, que siempre era mucho. Especialmente, cuando adoptó lacostumbre de estudiar por las noches, a veces hasta muy altas horas,y dormir por el día, en principio levantándose a una hora discreta, nomás de las once de la mañana, pero tampoco menos, para terminarhaciéndolo a la hora de comer.El
sumum
de la desfachatez en materia de impuntualidad, llegóa alcanzarlo nada menos que en el mismísimo Ejército, cuando, en sucondición de Oficial de Complemento del Arma de Infantería, lecorrespondhacer las “pcticasde la I.P.S., la InstruccnPremilitar Superior, institución también conocida popularmente como “Milicia Universitaria”. Pero, allí, en aquél sórdido escenario, y encierta ocasión, se vio en el trance de que su particular manera deentender el horario le jugase una mala pasada. Aquel Capin “chusquero”, o “de patata”, de aquellos que por entonces malamentesabían leer y escribir, le quiso ajustar las cuentas, una mañana delmes de Marzo, lloviznosa, en la que, como en otras soleadas yradiantes, llegó tarde a la instrucción en el Cuartel. Y aquel día seexplicaba nada menos que la bomba de mano:- Usted, siempre viene tarde, bramó aquel Capitán de tan pocasluces, con cara de bestia y de muy pocos amigos, pero que, sin dudahabía lanzado muchas bombas en la Guerra contra el enemigo. Elresto de los oficiales de la guarnición, le llamaban “el Chucho”,excepto los más jóvenes recién llegados de la Academia de Toledo,que le despreciaban. Le apodaban así, porque, aunque su nombre erael de Segundo, tenía cara de perro, de esos perritos falderos quemueven graciosamente la cola, pero éste tenía bigote y muy malaleche.
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La soldadesca, sin embargo, le llamaba el
“Capitán Brutencio” 
,porque, una vez que el mando le ordenó seleccionar al 85 por 100 desus subordinados para un determinado experimento táctico, aquelbruto exclamó: “¡Pero… ¿cómo puedo seleccionar al 85 por 100 delpersonal, si sólo tengo 73 soldados en la Compañía?”. Acostumbradoa tratar con los caballos, a veces con algún mulo y hasta con elmismísimo Coronel del Regimiento, el Coronel Carnicero, queasimismo había hecho la Guerra y, en consecuencia lanzado tambiénmuchas bombas de mano, no poa entender demasiadas cosas,pero, sobre todo, no podía entender como “Paquito”, el Alférez Lirón,llegase siempre tarde a sus explicaciones de cátedra castrense. ¡Ymenos n si se trataba de explicar el funcionamiento, y modocorrecto de matar al enemigo, haciéndolo papilla, de la bomba demano!- Lo siento, mi Capitán, replicó sumiso Paco, poniéndose enposición de firmes, aunque con cara de mucho sueño.Por aquella vez, no pasó nada, pero el maldito sueño, que leobligaba a dormir entre diez y once horas diarias, a veces doce, habíasido siempre, a la larga, su propio martirio. Ciertamente, además delliberal régimen de estudios de su primera juventud, a ello habíancontribuido, y no en escasa medida, las prescripciones facultativas deun sabio doctor del S.O.E, el Seguro Obligatorio de Enfermedad, novaya nadie a incurrir en algún posible y peligroso error. Este doctortan sabio, el Dr. Don Atenedoro Laspenas, le dijo en cierta ocasión,encontrándose en cama, aunque tan sólo aquejado, no ya de la gripe,que es una enfermedad muy peligrosa, sino de un simple catarrobanal, que necesitaba dormir diez horas diarias, como mínimo, y nolas ocho estrictas y tan proclamadas. El incremento, en principioprogresiva y moderadamente de una hora s, lo estableció élmismo, por su propia autoridad, cuando comenzó a sentir, bajo elamparo de tan sabia prescripción facultativa, aquel placerindescriptible, que se quintaesenciaba precisamente al sonar elmaldito reloj despertador, a las diez de la mañana. Entonces, sentíael amoroso seno del lecho, el calorcillo de las mantas en el invierno, yel delicioso tacto de las sábanas que se pegaban a su piel comolapas. Y entonces, sin dejar de estar dormido, o entre los más dulcesentresueños, iniciaba también su placenteras tandas de “estiramientos”, mucho más deleitosas, y por ello, pensaba, muchos eficaces que las que algunos ingenuos practicaban en losgimnasios, que ya por entonces comenzaban a ponerse de moda, yrequerían complejos y sofisticados aparatos, además de lasumamente desagradable tarea de romperse la crisma. Mientras queél, allí tan calentito, podía practicar tales ejercicios mucho mejor y sinningún esfuerzo, casi como si alguien le estuviese rascando elespinazo. Ya se lo había dicho también el sabio y prestigioso doctor.
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