Welcome to Scribd, the world's digital library. Read, publish, and share books and documents. See more
Download
Standard view
Full view
of .
Look up keyword
Like this
17Activity
0 of .
Results for:
No results containing your search query
P. 1
Cruzando el Umbral de la Esperanza. Juan Pablo II

Cruzando el Umbral de la Esperanza. Juan Pablo II

Ratings: (0)|Views: 8,211 |Likes:
Published by César Reyes
Siento un especial afecto, naturalmente, por los colegas -periodistas y escritores- que trabajan en la televisión. Por eso, a pesar de repetidas invitaciones, nunca he intentado quitarles su trabajo. Me parece que las palabras, que constituyen la materia prima de nuestro quehacer, tienen consistencia e impacto diferentes si se confían a la «materialidad» del papel impreso o a la inmaterialidad de los signos electrónicos.
Sea lo que sea, cada uno es rehén de su propia historia, y la mía, referente a lo que aquí importa, es la de quien ha conocido sólo redacciones de periódicos y editoriales, y no estudios con cámaras de televisión, focos, escenografía.
Tranquilícese el lector: no voy a seguir con estas consideraciones más propias de un debate sobre los medios de comunicación, ni deseo castigar a nadie con desahogos autobiográficos. Con lo que he dicho me basta para hacer comprender la sorpresa, unida quizá a una pizca de disgusto, provocada por un telefonazo un día de finales de mayo de 1993.
Como cada mañana, al ir hacia mi estudio, me repetía interiormente las palabras de Cicerón: Si apud bibliothecam hortulum habes, nihil deerit. ¿Qué más quieres si tienes una biblioteca que se abre a un pequeño jardín? Era una época especialmente cargada de trabajo; terminada la corrección del borrador de un libro, me había metido en la redacción definitiva de otro. Mientras tanto, había que seguir con las colaboraciones periodísticas de siempre.
Actividad, pues, no faltaba. Pero tampoco faltaba el dar gracias a Quien debía darlas, porque me permitía sacar adelante toda esa tarea, día tras día, en el silencio solitario de aquel estudio situado sobre el lago Garda, lejos de cualquier centro importante, político o cultural, e incluso religioso. ¿No fue acaso el nada sospechoso Jacques Maritain, tan querido por Pablo VI, quien, medio en broma, recomendó a todo aquel que quisiera continuar amando y defendiendo el catolicismo que frecuentara poco y de una manera discreta a cierto «mundo católico»?
Sin embargo, he aquí que aquel día de primavera, en mi apartado refugio, irrumpió un imprevisto telefonazo: era el director general de la RAI. Dejando sentado que conocía mi poca disponibilidad para los programas televisivos, conocidos los precedentes rechazos, me anunciaba a pesar de todo que me llegaría en breve una propuesta. Y esta vez, aseguraba, «no podría rechazarla».
Siento un especial afecto, naturalmente, por los colegas -periodistas y escritores- que trabajan en la televisión. Por eso, a pesar de repetidas invitaciones, nunca he intentado quitarles su trabajo. Me parece que las palabras, que constituyen la materia prima de nuestro quehacer, tienen consistencia e impacto diferentes si se confían a la «materialidad» del papel impreso o a la inmaterialidad de los signos electrónicos.
Sea lo que sea, cada uno es rehén de su propia historia, y la mía, referente a lo que aquí importa, es la de quien ha conocido sólo redacciones de periódicos y editoriales, y no estudios con cámaras de televisión, focos, escenografía.
Tranquilícese el lector: no voy a seguir con estas consideraciones más propias de un debate sobre los medios de comunicación, ni deseo castigar a nadie con desahogos autobiográficos. Con lo que he dicho me basta para hacer comprender la sorpresa, unida quizá a una pizca de disgusto, provocada por un telefonazo un día de finales de mayo de 1993.
Como cada mañana, al ir hacia mi estudio, me repetía interiormente las palabras de Cicerón: Si apud bibliothecam hortulum habes, nihil deerit. ¿Qué más quieres si tienes una biblioteca que se abre a un pequeño jardín? Era una época especialmente cargada de trabajo; terminada la corrección del borrador de un libro, me había metido en la redacción definitiva de otro. Mientras tanto, había que seguir con las colaboraciones periodísticas de siempre.
Actividad, pues, no faltaba. Pero tampoco faltaba el dar gracias a Quien debía darlas, porque me permitía sacar adelante toda esa tarea, día tras día, en el silencio solitario de aquel estudio situado sobre el lago Garda, lejos de cualquier centro importante, político o cultural, e incluso religioso. ¿No fue acaso el nada sospechoso Jacques Maritain, tan querido por Pablo VI, quien, medio en broma, recomendó a todo aquel que quisiera continuar amando y defendiendo el catolicismo que frecuentara poco y de una manera discreta a cierto «mundo católico»?
Sin embargo, he aquí que aquel día de primavera, en mi apartado refugio, irrumpió un imprevisto telefonazo: era el director general de la RAI. Dejando sentado que conocía mi poca disponibilidad para los programas televisivos, conocidos los precedentes rechazos, me anunciaba a pesar de todo que me llegaría en breve una propuesta. Y esta vez, aseguraba, «no podría rechazarla».

More info:

Published by: César Reyes on Nov 21, 2011
Copyright:Attribution Non-commercial

Availability:

Read on Scribd mobile: iPhone, iPad and Android.
download as PDF, TXT or read online from Scribd
See more
See less

11/02/2014

pdf

text

original

 
CRUZANDO ELUMBRAL DE LAESPERANZA
Juan Pablo II y V. Messori
 
 -INTRODUCCIÓNSOBRE ESTE LIBROUN TELEFONAZOSiento un especial afecto, naturalmente, por los colegas -periodistas yescritores- que trabajan en la televisión. Por eso, a pesar de repetidasinvitaciones, nunca he intentado quitarles su trabajo. Me parece que laspalabras, que constituyen la materia prima de nuestro quehacer, tienenconsistencia e impacto diferentes si se confían a la «materialidad» del papelimpreso o a la inmaterialidad de los signos electrónicos.Sea lo que sea, cada uno es rehén de su propia historia, y la mía, referentea lo que aquí importa, es la de quien ha conocido sólo redacciones deperiódicos y editoriales, y no estudios con cámaras de televisión, focos,escenografía.Tranquilícese el lector: no voy a seguir con estas consideraciones máspropias de un debate sobre los medios de comunicación, ni deseo castigar anadie con desahogos autobiográficos. Con lo que he dicho me basta parahacer comprender la sorpresa, unida quizá a una pizca de disgusto,provocada por un telefonazo un día de finales de mayo de 1993.Como cada mañana, al ir hacia mi estudio, me repetía interiormente laspalabras de Cicerón: Si apud bibliothecam hortulum habes, nihil deerit.¿Qué más quieres si tienes una biblioteca que se abre a un pequeño jardín?Era una época especialmente cargada de trabajo; terminada la correccióndel borrador de un libro, me había metido en la redacción definitiva de otro.Mientras tanto, había que seguir con las colaboraciones periodísticas desiempre.Actividad, pues, no faltaba. Pero tampoco faltaba el dar gracias a Quiendebía darlas, porque me permitía sacar adelante toda esa tarea, día trasdía, en el silencio solitario de aquel estudio situado sobre el lago Garda,lejos de cualquier centro importante, político o cultural, e incluso religioso.¿No fue acaso el nada sospechoso Jacques Maritain, tan querido por PabloVI, quien, medio en broma, recomendó a todo aquel que quisiera continuaramando y defendiendo el catolicismo que frecuentara poco y de una maneradiscreta a cierto «mundo católico»?Sin embargo, he aquí que aquel día de primavera, en mi apartado refugio,irrumpió un imprevisto telefonazo: era el director general de la RAI.Dejando sentado que conocía mi poca disponibilidad para los programastelevisivos, conocidos los precedentes rechazos, me anunciaba a pesar detodo que me llegaría en breve una propuesta. Y esta vez, aseguraba, «nopodría rechazarla».
 
En los días siguientes se sucedieron varias llamadas «romanas», y elcuadro, un poco alarmante, se fue perfilando: en octubre de aquel 1993 secumplían quince años del pontificado de Juan Pablo II. Con motivo de talocasión, el Santo Padre había aceptado someterse a una entrevistatelevisiva propuesta por la RAI; hubiera sido absolutamente la primera en lahistoria del papado, historia en la que, durante tantos siglos, ha sucedido detodo. De todo, pero nunca que un sucesor de Pedro se sentara ante lascámaras de la televisión para responder apresuradamente, durante unahora, a unas preguntas que además quedaban a la completa libertad delentrevistador.Transmitido primero por el principal canal de la televisión italiana en lamisma noche del decimoquinto aniversario, el programa sería retransmitidoa continuación por las mayores cadenas mundiales. Me preguntaban siestaba decidido a dirigir yo la entrevista, porque era sabido que desde hacíaaños estaba escribiendo, en libros y artículos, sobre temas religiosos, conesa libertad propia del laico, pero al mismo tiempo con la solidaridad delcreyente, que sabe que la Iglesia no ha sido confiada sólo al clero sino atodo bautizado, aunque a cada uno según su nivel y según su obligación.En especial no se había olvidado el vivo debate -aunque tampoco su eficaciapastoral, el positivo impacto en la Iglesia entera, con una difusión masiva enmuchas lenguas- suscitado por Informe sobre la fe, libro que publiqué en1985 y en el que exponía lo hablado durante varios días con el más estrechocolaborador teológico del Papa, el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto delantiguoSanto Oficio, ahora Congregación para la Doctrina de la Fe. Entrevista quesuponía también una «novedad», y sin precedentes, para una instituciónque había entrado hacía siglos en la leyenda anticlerical, con frecuencia«negra», por su silencio y secreto, rotos, por primera vez, con aquel libro.Volviendo a 1993, diré solamente, por ahora, que la fase de preparación -llevada con tal discreción que ni una sola noticia llegó a oídos de losperiodistas- incluía también un encuentro con Juan Pablo II enCastelgandolfo.Allí, con el debido respeto pero con una franqueza que quizá alarmó aalguno de los presentes -aunque no al amo de casa, manifiestamentecomplacido de mi filial sencillez-, pude explicar qué intenciones me habíanllevado a esbozar un primer esquema de preguntas. Porque, efectivamente,un «Hágalo usted mismo» había sido la única indicación que se me habíadado.UN IMPREVISTOEl mismo Papa, sin embargo, no había tenido en cuenta el implacablecúmulo de obligaciones que tenía programadas para septiembre, fecha

Activity (17)

You've already reviewed this. Edit your review.
Lisbeth Menchú liked this
1 thousand reads
1 hundred reads

You're Reading a Free Preview

Download
scribd
/*********** DO NOT ALTER ANYTHING BELOW THIS LINE ! ************/ var s_code=s.t();if(s_code)document.write(s_code)//-->