Nos encontramos, pues, con este discípulo curioso, paciente, resuelto, enérgico y hábil. Lesentamos en un pupitre y ¿qué es lo que le enseñamos? Muchas cosas. En primer lugar, que elaprendizaje es algo al margen de la vida: “venís a la escuela a aprender”, les decimos, como si losniños no hubiesen estado aprendiendo antes, como si la vida se hubiese quedado fuera y el aprendizajedentro, y no hubiera ninguna relación entre ambos. En segundo lugar, que no cabe confiar en queaprendan y que no sirven para ello. Todo lo que hacemos para enseñarle a leer (tarea mucho mássencilla que las que el niño ya domina) parece indicarle: “si no te enseñamos a leer, no lo harás, y sino lo haces tal como te decimos, no podrás”. En resumen, llega a pensar que el aprendizaje es un proceso pasivo, algo que
te
hacen, en vez de algo que haces por
ti mismo
.Por muchos otros caminos el niño aprende que no vale nada, que no es digno de confianza, quesólo sirve para obedecer órdenes, que es como una hoja en blanco para que otros escriban en ella. Enla escuela se escuchan toda suerte de lindezas acerca del respeto hacia el niño, de las diferenciasindividuales y de cosas parecidas. Pero nuestras acciones, en contraposición a nuestras palabras, parecen decirle al niño: “tus experiencias, preocupaciones, curiosidades, necesidades..., lo que sabes,deseas, te preguntas, esperas , temes, te gusta o te disgusta, para lo que sirves y para lo que no, todoesto no tiene la más mínima importancia, no cuenta para nada. Lo que importa aquí, lo único queimporta, es lo que nosotros sabemos, lo que consideramos importante, lo que queremos que hagas, pienses y seas”. Así pues, el niño aprende pronto a no formular preguntas, que el profesor no está parasatisfacer su curiosidad. Tras aprender a ocultar su curiosidad, aprende a avergonzarse de ella. Sinninguna posibilidad de averiguar cómo es, y de desarrollar su personalidad, cualquiera que ésta sea, pasa pronto a aceptar la evaluación que hacen de él los adultos. El niño piensa como aquellosestudiantes de octavo grado, sumamente adelantados en una escuela privada de categoría: “no soynada o, en todo caso, algo malo; carezco de intereses o preocupaciones que no sean triviales, nada delo que me gusta es bueno para mí o para los demás; cualquier elección o decisión que adopto resultaestúpida; mi única esperanza de sobrevivir en este mundo r5adica en aferrarme a alguna autoridad yhacer lo que me diga”.Aprende también otras muchas cosas. Aprende que es un delito equivocarse, sentirse inseguro oconfuso. Lo que desea la escuela son respuestas acertadas y, tal como describí en mi obra
HowChildren Fail
, aprende un sinfín de estratagemas para “sacarle” dichas respuestas al profesor, parahacerle creer que sabe algo que no sabe. Aprende a engañar, a “echarse faroles”, a fingir y estafar.Aprende a hacerse perezoso. Antes de entrar en la escuela trabajaba horas y horas, por propia voluntady sin pensar en recompensas, en la tarea de descifrar el mundo y adquirir competencia en él. En laescuela aprende, como cualquier chupatintas o trabajador a la fuerza, a “escaquearse”, a no trabajar cuando el jefe no está mirando, a saber cuándo está mirando, a hacerle creer que trabaja cuando sabeque está mirando. Aprende que en la vida real no se hace nada a menos que te sobornen, intimiden oengañen para que lo hagas, que no hay ninguna cosa que merezca la pena por sí misma o que, si lahay, no se puede hacer en la escuela. Aprende a aburrirse, a trabajar con sólo una pequeña parte de sucerebro, a evadirse de la realidad que le rodea refugiándose en sus ensoñaciones y fantasías, pero noen fantasías como las de sus años preescolares, en las que desempeñaba un papel muy activo.Se habla mucho de la enseñanza de Valores Democráticos. Lo que los niños aprendenverdaderamente es una Esclavitud Práctica. Cómo burlarse del jefe. Cómo esquivar los problemas ymeter en ellos a otra gente: “Profesor, Billy está...” Colocado en mezquina competencia con otrosniños, aprende que todo el ser humano es el enemigo natural de los demás. La vida es, como dicen losestrategas, un juego de suma cero: lo que uno gana, lo pierde otro; por cada vencedor debe haber unvencido. (De hecho, nuestros educadores, y sobre todo nuestras llamadas “universidades de prestigio”,han convertido la educación en un juego en el que por cada ganador hay aproximadamente veinte perdedores). Al niño quizá se le permita trabajar “en equipo” con otros compañeros pero siempre paraalgún fin trivial. Cuando se lleva a cabo alguna tarea importante, importante para la escuela, seconsidera como una “trampa” ayudar o ser ayudado por los demás.El niño aprende no sólo a mostrarse hostil, sino también indiferente, como las treinta y ocho personas que, durante media hora, contemplaron cómo era atacada y asesinada Kitty Genovese, sin2
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