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John Holt: “
 Las escuelas son lugares nefastos para los niños”
*
Por supuesto, no todas las escuelas son iguales. Algunas de las que conozco son muy buenas. Delas que no lo son tanto, unas son mejores que otras, y muchas están en proceso de mejora. Además, hehablado con bastantes personas relacionadas con la escuela, profesores, planificadores yadministradores a todos los niveles, como para saber que muchos de ellos se sienten sumamenteinsatisfechos de nuestras escuelas tal como son actualmente y que, si supiesen cómo, o si se atrevierana ello, les gustaría convertirlas en lugares mucho más adecuados para los niños. No obstante, nuestras escuelas siguen siendo más o menos lo que siempre han sido, lugaresnefastos para los niños, o, para el caso, para cualquiera que tenga que estar, vivir o aprender en ellas.En primer lugar, la crueldad no está aún desterrada de las aulas. El relato de Jonathan Kozol acerca delas escuelas de Boston puede aplicarse a casi todas las ciudades grandes, según me han informadonumerosas personas que se han criado o que han enseñado en otras urbes. El profesor de psicología deun centro en el que muchos de los estudiantes de una ciudad cercana de dimensiones medias hacen prácticas de enseñanza, me contó no hace mucho tiempo que, cuando una alumna entró a enseñar enuna escuela, el director le entregó un palo y le dijo: “no me importa que les enseñe algo o no, lo quequiero es que los mantenga a raya”. Ni que decir tiene que los niños que asistían a esta escuela eran pobres; los padres ricos no toleran por lo general este tipo de conducta. Este incidente no esexcepcional, sino bastante corriente. Muchos de los alumnos del mencionado profesor de Psicología,todavía llenos de esperanzas e ideales en los niños y la educación, volvían de sus prácticas deenseñanza con lágrimas en los ojos y diciendo: “no quiero maltratar a los niños”. Pero lo cierto es queésta sigue siendo todavía la regla en determinadas escuelas.Leí en cierta ocasión que, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña, las sociedades protectoras de animales cuentan con más miembros y recursos económicos que las sociedadesdestinadas a prevenir la crueldad contra los niños. Interesante.Muy pocos de los que se dedican a la enseñanza se atreverán a defender abiertamente la crueldadcontra los niños, salvo quizá algún que otro chalado de derechas, y por tanto no tiene mucho sentido elcombatirlos. En cualquier caso, la mayoría de las veces los niños pueden defenderse de la crueldad. Setrata al menos de algo directo y abierto. Cuando alguien te golpea con un palo, o trata deliberadamentede hacer que te sientas como un imbécil delante de todas la clase, sabes lo que te están haciendo yquién te lo está haciendo. Sabes quién es tu enemigo. Pero los niños no pueden defenderse, ni lohacen, contra la mayor parte del daño que se les inflige en las escuelas, porque desconocen lo que seles está haciendo o quién lo hace, o porque, aunque lo conozcan, creen que se lo hacen personasafables por su propio bien.En el momento de poner por primera vez los pies en el edificio escolar, casi todos los niños sonmás listos, más curiosos, menos asustados ante lo que desconocen, mejores en deducir y averiguar cosas, más seguros, llenos de recursos, tenaces e independientes de lo que volverán a ser durante todasu permanencia en la escuela o, a menos que sea un tipo raro y afortunado, de lo que serán en todo elresto de su vida. En ese momento, y habiendo prestado una profunda atención y mantenido unaestrecha interacción con el mundo y las personas que le rodean, ha realizado ya una tarea mucho másdifícil, complicada y abstracta que ninguna de las que se le exigirán en la escuela o de las que hanhecho sus profesores en muchos años. Ha descifrado el misterio del lenguaje. Lo ha descubierto, losniños de pecho ni siquiera saben que existe, y han averiguado cómo funciona y aprendido a utilizarlo.Tal como lo describí en mi obra
 How children learn
, lo ha conseguido explorando, experimentando,desarrollando su propio modelo de gramática del lenguaje, probándolo y viendo si funciona,modificándolo y perfeccionándolo gradualmente hasta hacerlo funcionar. Y mientras hacía todo esto,ha ido aprendiendo también otras muchas cosas, incluidos muchos de los “conceptos” que las escuelascreen ser las únicas en poder enseñarles, así como otros mucho más complicados que los que intentanimbuirles.
*HOLT, J. (1987).
 El fracaso de la escuela
. Madrid: Alianza, pp. 21-39
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 Nos encontramos, pues, con este discípulo curioso, paciente, resuelto, enérgico y hábil. Lesentamos en un pupitre y ¿qué es lo que le enseñamos? Muchas cosas. En primer lugar, que elaprendizaje es algo al margen de la vida: “venís a la escuela a aprender”, les decimos, como si losniños no hubiesen estado aprendiendo antes, como si la vida se hubiese quedado fuera y el aprendizajedentro, y no hubiera ninguna relación entre ambos. En segundo lugar, que no cabe confiar en queaprendan y que no sirven para ello. Todo lo que hacemos para enseñarle a leer (tarea mucho mássencilla que las que el niño ya domina) parece indicarle: “si no te enseñamos a leer, no lo harás, y sino lo haces tal como te decimos, no podrás”. En resumen, llega a pensar que el aprendizaje es un proceso pasivo, algo que
te
hacen, en vez de algo que haces por 
ti mismo
.Por muchos otros caminos el niño aprende que no vale nada, que no es digno de confianza, quesólo sirve para obedecer órdenes, que es como una hoja en blanco para que otros escriban en ella. Enla escuela se escuchan toda suerte de lindezas acerca del respeto hacia el niño, de las diferenciasindividuales y de cosas parecidas. Pero nuestras acciones, en contraposición a nuestras palabras, parecen decirle al niño: “tus experiencias, preocupaciones, curiosidades, necesidades..., lo que sabes,deseas, te preguntas, esperas , temes, te gusta o te disgusta, para lo que sirves y para lo que no, todoesto no tiene la más mínima importancia, no cuenta para nada. Lo que importa aquí, lo único queimporta, es lo que nosotros sabemos, lo que consideramos importante, lo que queremos que hagas, pienses y seas”. Así pues, el niño aprende pronto a no formular preguntas, que el profesor no está parasatisfacer su curiosidad. Tras aprender a ocultar su curiosidad, aprende a avergonzarse de ella. Sinninguna posibilidad de averiguar cómo es, y de desarrollar su personalidad, cualquiera que ésta sea, pasa pronto a aceptar la evaluación que hacen de él los adultos. El niño piensa como aquellosestudiantes de octavo grado, sumamente adelantados en una escuela privada de categoría: “no soynada o, en todo caso, algo malo; carezco de intereses o preocupaciones que no sean triviales, nada delo que me gusta es bueno para mí o para los demás; cualquier elección o decisión que adopto resultaestúpida; mi única esperanza de sobrevivir en este mundo r5adica en aferrarme a alguna autoridad yhacer lo que me diga”.Aprende también otras muchas cosas. Aprende que es un delito equivocarse, sentirse inseguro oconfuso. Lo que desea la escuela son respuestas acertadas y, tal como describí en mi obra
 HowChildren Fail 
, aprende un sinfín de estratagemas para “sacarle” dichas respuestas al profesor, parahacerle creer que sabe algo que no sabe. Aprende a engañar, a “echarse faroles”, a fingir y estafar.Aprende a hacerse perezoso. Antes de entrar en la escuela trabajaba horas y horas, por propia voluntady sin pensar en recompensas, en la tarea de descifrar el mundo y adquirir competencia en él. En laescuela aprende, como cualquier chupatintas o trabajador a la fuerza, a “escaquearse”, a no trabajar cuando el jefe no está mirando, a saber cuándo está mirando, a hacerle creer que trabaja cuando sabeque está mirando. Aprende que en la vida real no se hace nada a menos que te sobornen, intimiden oengañen para que lo hagas, que no hay ninguna cosa que merezca la pena por sí misma o que, si lahay, no se puede hacer en la escuela. Aprende a aburrirse, a trabajar con sólo una pequeña parte de sucerebro, a evadirse de la realidad que le rodea refugiándose en sus ensoñaciones y fantasías, pero noen fantasías como las de sus años preescolares, en las que desempeñaba un papel muy activo.Se habla mucho de la enseñanza de Valores Democráticos. Lo que los niños aprendenverdaderamente es una Esclavitud Práctica. Cómo burlarse del jefe. Cómo esquivar los problemas ymeter en ellos a otra gente: “Profesor, Billy está...” Colocado en mezquina competencia con otrosniños, aprende que todo el ser humano es el enemigo natural de los demás. La vida es, como dicen losestrategas, un juego de suma cero: lo que uno gana, lo pierde otro; por cada vencedor debe haber unvencido. (De hecho, nuestros educadores, y sobre todo nuestras llamadas “universidades de prestigio”,han convertido la educación en un juego en el que por cada ganador hay aproximadamente veinte perdedores). Al niño quizá se le permita trabajar “en equipo” con otros compañeros pero siempre paraalgún fin trivial. Cuando se lleva a cabo alguna tarea importante, importante para la escuela, seconsidera como una “trampa” ayudar o ser ayudado por los demás.El niño aprende no sólo a mostrarse hostil, sino también indiferente, como las treinta y ocho personas que, durante media hora, contemplaron cómo era atacada y asesinada Kitty Genovese, sin2
 
 prestarle ninguna ayuda ni molestarse en pedir socorro. El niño llega a la escuela lleno de curiosidad por las demás personas, y especialmente por los demás niños. Pero tiene que actuar como si esos otrosniños, que se encuentran todos a su alrededor, a muy pequeña distancia, no estuviesen allí. No puedemantener una relación con ellos, hablarles, sonreírles, muchas veces ni siquiera mirarles. Ennumerosas escuelas no puede hablar con los demás niños en los recreos entre clase y clase; en más deuna, algunas de ellas de refinados barrios, no puede hablar con ellos ni tan siquiera durante la comida.Maravillosa preparación para un mundo en el que, cuando no estás estudiando a la otra persona paraver cómo puedes engañarle, no le prestas ni la más mínima atención.El niño aprende de hecho a vivir sin prestar atención a nada de lo que ocurre a su alrededor. Cabedecir que la escuela es una buena lección de cómo “desconectarse” de los demás, lo que puedecontribuir a explicar por qué tantos venes que buscan una mayor conciencia del mundo ycomunicación que las que tuvieron de pequeños, creen que sólo pueden encontrarlas en las drogas.Aparte de resultar aburrida, la escuela es casi siempre fea, inhóspita e inhumana, incluso las deconstrucción mejor acabada y lujosa, a 20 dólares el pie cuadrado. Tengo recorridos cientos y cientosde edificios escolares, algunos muy nuevos, pero podría contar con los dedos de las manos aquellos enlos que las paredes se veían alegradas y humanizadas por cualquier tipo de obra artística o decorativa,obra de los niños o de otras personas, por cuadros, murales o esculturas. Normalmente, lo único que sesuele ver en las paredes es alguna pintada que dice: “Sacudir a los de Jonesville”, “Fuera, Vampiros”,o algo parecido.¡Estaos quietos! ¡Callarse! Estas son las grandes consignas de la escuela. Si un espía enemigovenido del espacio exterior estuviese planeando apoderarse del planeta Tierra y su estrategiaconsistiera en preparar a la Humanidad para esta invasión convirtiendo a los hijos de los sereshumanos en los entes más estúpidos que fuese posible, no podría encontrar mejor forma de hacerloque exigirles, durante varias horas al día, que se mantuviesen quietos y callados. Este sistema tienetodas las garantías de conseguir los resultados apetecidos. Los niños están hechos de una pieza. Suscuerpos, sus músculos, sus voces y sus cerebros están firmemente unidos entre sí. Si se desconectauna parte, se desconecta todo su ser. No hace mucho tiempo giré una visita por una maravillosa escuela de ideas avanzadas, fundada ydirigida por jóvenes recién salidos de la Universidad o todavía en ella, la Comunidad de Niños de AnnArbor, Michigan. (Esta escuela, ubicada en la próspera sede de una de nuestras mayores y mejor consideradas universidades, ha tenido que cerrar, temporal y quizás definitivamente, por falta dedinero). Ese mismo año se le había concedido derecho a uitlizar dos salas del Centro de Encuentros,una muy pequeña y la otra del tamaño de un aula media. Los niños habían sugerido y demandado quela más pequeña se reservara para actividades tranquilas: lectura, narración de cuentos, reflexión,dibujo, tareas aritméticas, charlas, construcciones, rompecabezas, etc., etc., dejando la mayor paratodo tipo de trabajos y juegos activos y ruidosos. Agitada y ruidosa lo era, sin duda. Aproximadamentela mitad de los niños eran de raza negra, y la mayoría pobres, lo que ahora calificamos como “menosfavorecidos”, para ocultar el molesto hecho de que lo que los pobres no tienen y necesitan esfundamentalmente dinero. Estos niños se pasaban gran parte del tiempo jugando, y mucho másruidosa y agitadamente de lo que permitirían incluso las escuelas llamadas “progresivas”. Mientras jugaban, hablaban, tanto con los profesores como entre sí, en voz alta y con gran excitación, pero almismo tiempo con notable fluidez y expresividad. No parecían haberse enterado de que los niños pobres, especialmente los negros, carecen de vocabulario y hablan sólo con gruñidos y monosílabos.Posteriormente, a finales del verano pasado, estuve observando, en Santa Fe, Nuevo México, auna media docena de niños pobres, pertenecientes a familias de habla hispana, los “menosfavorecidos” del Sudoeste, mientras jugaban al fútbol con un estupendo joven del Departamento deRecreo y Entretenimientos de la ciudad. Gracias a su casi milagroso tacto y habilidad, era capaz de jugar con ellos sin herir su susceptibilidad ni asustarle, pero también sin mostrar ante ellos la menor condescendencia. De una u otra forma consiguió hacerles sentir que era una persona seria, pero no peligrosa. Los niños, el mayor de los cuales apenas tenía ocho años, jugaban con gran vigor y notabledestreza. Mientras jugaban no paraban de hablar, de forma fluida, correcta y con frecuencia divertida.3
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