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Texto La Construccion de La Cronica

Texto La Construccion de La Cronica

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06/17/2013

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El panel de la mañana del sábado prometía resolver el dilema de cómo organizar eltrabajo, estructurar un texto y finalmente publicar una crónica exitosa. Pero lo único quehizo fue confirmar que cada autor es un mundo y que cada uno tiene su método ymanías. Me atrevo a decir que algunos de ellos no son completamente concientes de sumétodo y me atrevo a más: creo que son estos espacios los que les permiten sentarse apensar en cómo lo hacen. El resto del tiempo lo están haciendo.Pero si que se pueden reseñar algunos denominadores comunes que estos Nuevoscronistas emplean, viven o sienten, mientras tratan de retratar la realidad. Por ejemploque al comienzo del trabajo siempre flotan en el aire algunas preguntas: ¿Quién decideque este tema interesa?, ¿A quién le interesa?, ¿Cuáles son las historias que no secuentan pero que interesan a la gente?. Respondidas o no, si el cronista decide apostarpor el tema, en adelante tendrá que detenerse para observar las escenas, los espacios.Para escuchar. Incluso para casi meterse en la piel del otro. Tendrá que conversar conmuchas personas y fijarse en cómo se expresan, que palabras utilizan, qué gestos hace,cómo se viste. Y un impreciso número de qués, cómos, cuándos y dondes, que como lasal y el azúcar, han de ser administrados a gusto y necesidad del autor.El periodista Wilber Torres, de México, incluso llegó a identificar qué dolencias padecíael tan popular y desconocido gremio de los camareros para una crónica extensa que losretrataba. José Alejandro Castaño, de Colombia, retrató la cruda realidad del país, apartir del cruel destino de un perro
mula.
Son detalles, cosas, a primera vista simples,cotidianas o irrelevantes, las que marcan la diferencia en la manera de abordar yfinalmente contar las historias. ¿Cómo se hace un perfil de un asesino antropófago conel que tienes un sinfin de entrevistas, pero cuyo testimonio no es fiable porque, entreotras cosas, está diagnosticado de esquizofrenia? Sinar Alvarado, colombovenezolano,asegura que entrevistó a más de 80 personas (familiares, víctimas, autoridades, etc.)para reconstruir lo más fielmente posible, la historia.Durante esta sesión surgieron un par de discusiones "escueleras", sobre las herramientaspara trabajar. Que si a la grabadora, que no. Que escondida, que hay que contarle alentrevistado que está siendo grabado. La conclusión es que no hay conclusión. La usa elque la necesita y el que le tiene fe y la desdeña el que confía en su memoria. Latriunfadora sigue siendo la libreta de notas.
La crónica, ornitorrinco de la prosa
 Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclamaun símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa. De la novela extrae la condiciónsubjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión devida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datosinmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de quela realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de laentrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatrogrecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la "voz deproscenio", como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo
Un género híbrido
 
 
antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectarsaberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primerapersona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con elinfinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es unanimal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintosque podría ser.De acuerdo con el dios al que se debe, la crónica trata de sucesos en el tiempo. Alabsorber recursos de la narrativa, la crónica no pretende "liberarse" de los hechos sinohacerlos verosímiles a través de un simulacro, recuperarlos como si volvieran a sucedercon detallada intensidad.Por lo demás, la intervención de la subjetividad comienza con la función misma deltestigo. Todo testimonio está trabajado por los nervios, los anhelos, las prenociones queacompañan al cronista adondequiera que lleve su cabeza. La novela Rashomón, deAkutagawa, puso en juego las muchas versiones que puede producir un solo suceso.Incluso las cámaras de televisión son proclives a la discrepancia: un futbolista está enfuera de lugar en una toma y en posición correcta en otra. En forma aún más asombrosa,a veces las cámaras no muestran nada: desde 1966 el gol fantasma de la final enWembley no ha acabado de entrar en la portería.El intento de darles voz a los demás -estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio deaproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia. En Lo quequeda de Auschwitz, Giorgio Agamben indaga un caso límite del testimonio: ¿quiénpuede hablar del holocausto? En sentido estricto, los que mejor conocieron el horrorfueron los muertos o los musulmanes, como se les decía en los campos de concentracióna los sobrevivientes que enmudecían, dejaban de gesticular, perdían el brillo de lamirada, se limitaban a vegetar en una condición prehumana. Sólo los sujetos física omoralmente aniquilados llegaron al fondo del espanto. Ellos tocaron el suelo del que nohay retorno; se convirtieron en cartuchos quemados, únicos "testigos integrales".La crónica es la restitución de esa palabra perdida. Debe hablar precisamente porque nopuede hablar del todo. ¿En qué medida comprende lo que comprueba? La voz delcronista es una voz delegada, producto de una "desubjetivación": alguien perdió el hablao alguien la presta para que él diga en forma vicaria. Si reconoce esta limitación, sutrabajo no sólo es posible sino necesario.El cronista trabaja con préstamos; por más que se sumerja en el entorno, practica unartificio: transmite una verdad ajena. La ética de la indagación se basa en reconocer ladificultad de ejercerla: "Quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tieneque dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar", escribe Agamben.La empatía con los informantes es un cuchillo de doble filo. ¿Se está por encima o pordebajo de ellos? En muchos casos, el sobreviviente o el testigo padecen o inclusodetestan hallarse al otro lado de la desgracia: "Esta es precisamente la aporía ética deAuschwitz", comenta Agamben: "el lugar en que no es decente seguir siendo decentes,en el que los que creyeron conservar la dignidad y la autoestima sienten vergüenzarespecto a quienes las habían perdido de inmediato".¿Qué espacio puede tener la palabra llegada desde fuera para narrar el horror que sólo seconoce desde dentro? De acuerdo con Agamben, el testimonio que asume estascontradicciones depende de la noción de "resto". La crónica se arriesga a ocupar una
 
frontera, un interregno: "los testigos no son ni los muertos ni los supervivientes, ni loshundidos ni los salvados, sino lo que queda entre ellos".La vida depara misterios insondables: el aguacate ya rebanado que entra con todo yhueso al refrigerador dura más. Algo parecido ocurre con la ética del cronista. Cuandopretende ofrecer los hechos con incontrovertible pureza, es decir, sin el hueso incomibleque suele acompañarlos (las sospechas, las vacilaciones, los informes contradictorios),es menos convincente que cuando explicita las limitaciones de su punto de vistanarrativo.
Objetividad
 Una pregunta esencial del lector de crónicas: ¿con qué grado de aproximación yconocimiento se escribe el texto? El almuerzo desnudo, de William S. Burroughs,depende de la intoxicación y la alteración de los sentidos en la misma medida en queEntre los vándalos, de Bill Buford, depende de percibir con distanciada sobriedad laintoxicación ajena.El tipo de acceso que se tiene a los hechos determina la lectura que debe hacerse deellos. Definir la distancia que se guarda respecto al objetivo autoriza a contar comoinsider, outsider, curioso de ocasión. A este pacto entre el cronista y su lector podemosllamarlo "objetividad".Siguiendo usos de la ficción, la crónica también narra lo que no ocurrió, lasoportunidades perdidas que afectan a los protagonistas, las conjeturas, los sueños, lasilusiones que permiten definirlos.
Vida interior y verosimilitud
 Hace unos meses leí la historia de un explorador inglés que logró caminar sobre loshielos árticos hasta llegar al Polo Norte. ¿Qué lleva a alguien a asumir tamaños riesgosy fatigas? La crónica evidente de los hechos, en clave National Geographic, permiteconocer los detalles externos de la epopeya: ¿qué comía el explorador, cuáles eran susdesafíos físicos, qué rutas alternas tenía en mente, cómo fue su trato con los vientos?Sin embargo, la crónica que aspira a perdurar como literatura depende de otros resortes:¿qué se le perdió a ese hombre para buscar a pie el Ártico?, ¿qué extravío de infancia lohizo seguir la brújula al modo del Capitán Hatteras, que incluso en el manicomioavanzaba al norte? Tal vez se trate de una pregunta inútil. La rica vida exterior de unhombre de acción rara vez pasa por las cavernas emocionales que le atribuimos lossedentarios: los exploradores suelen ser inexplorables. Con todo, el cronista no puededejar de ensayar ese vínculo de sentido, buscar el talismán que una la precariedad íntimacon la manera épica de compensarla.La realidad, que ocurre sin pedir permiso, no tiene por qué parecer auténtica. Uno de losmayores retos del cronista consiste en narrar lo real como un relato cerrado (lo queocurre está "completo") sin que eso parezca artificial. ¿Cómo otorgar coherencia a loscopiosos absurdos de la vida? Con frecuencia, las crónicas pierden fuerza al exhibir lasdesmesuras de la realidad. Como las cantantes de ópera que mueren de tuberculosis apesar de su sobrepeso (y lo hacen cantando), ciertas verdades piden ser desdramatizadaspara ser creídas.

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