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Imagen Simbolo y Realidad

Imagen Simbolo y Realidad

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01/27/2013

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LÉXICO
IMAGEN,
SÍMBOLO,
REALIDAD
(Cuestiones previas metodológicas anteel XVI Congreso de Filósofos Jóvenes
GUSTAVO BUENO
Oviedo1.SOBRE LA ESTRUCTURA TERNARIADEL TEMA DEL XVI CONGRESO
on frecuencia, los temas de los Congresosde Filósofos Jóvenes, han sido forimila-dos de modo binario: «Teoría y Praxis»,«Filosofía y Poder». El tema del Congreso de 1979 adopta la estructura de unacadena triangular: «Imagen, símbolo, realidad».Podría, desde luego, suponerse que el orden de sucesión de sus tres términos es puramente sintagmático y quecualquier otro orden debería ser considerado en pié deigualdad («Realidad, símbolo, imagen», «Símbolo, realidad, imagen», y todas las restantes permutaciones necesarias para alcan2ar el factorial de la terna). Podría tambiéninterpretarse la fórmula titular como una terna, sin duda,pero no de tres términos (digamos: como un triángulo deprimer orden) sino como una terna constituida por trespares de términos («Imagen y símbolo», «Imagep y reali
dad»,
«Símbolo y realidad») dado el supuesto de que todarelación ternaria pueda resolverse en una conjunción detres relaciones binarias (digamos: en un triángulo de segundo orden). Podrá también entenderse el tema; ¡sencillamente, como un conjunto de tres términos, cada, unode los cuales pidiera acaso un tratamiento separado. Y,por último, cabría sospechar que la serie titular fuese sóloel fragmento (ternario) de una estructura (o totalidad) re-lacional mucho más compleja (digamos, n-aria).Todas estas posibilidades están abiertas, sin duda, y,sin duda también, todas ellas serán exploradas en el cursode sesiones y debates. Lo que se quiere decir aquí, ante
todo,
como primer postulado metodológico, es lo siguiente: que, en cualquier caso, entre estas posibilidades de interpretación, habría de figurar siempre, comopunto inexcusable de referencia, aquella que se ciña,más que ninguna otra, a la estructura gramatical mismade la forma titular (salvo que ésta fórmula se tome comoun mero pretexto, y entonces sobraba), a saber: la estructura (sintáctica) de una serie de tres términos que, sin duda, son permutables, aunque, de hecho, se proponensegún un orden elegido entre los seis posibles (unorden que tiene, por tanto, el valor de un signo, deun
síntoma,
en el sentido de K. Bühler), pero que noson, en todo caso, desglosables, puesto que es el propiosintagma titular el que los vincula triangularmente. El título del Congreso nos convoca aqpara discutir las «relaciones» entre los tres términos de su tema titular, encuanto ellos forman un triángulo, sea de orden primero,sea de orden segundo. Triángulos, por lo demás, que nosremiten inmediatamente (dada la materia o contenido semántico de los términos primitivos) a los triángulos queson ya habituales en los tratados de semiótica, a lostriángulos de Bühler o de Odgen-Richards, a los triángulos de Morris o de Christensen. Sin duda podría ocurrircomo ha ocurrido en otros congresos— que llegue a resultar mucho más interesante la consideración de cuestiones colaterales, o solamente ligadas oblicuamente con lostriángulos titulares, podrá ocurrir que lleguemos, muchosde nosotros, a la evidencia de que esta organización ternaria del campo es engañosa (acaso una especie de residuoteológico), en la misma medida en que sugiere que hayuna clara estructura encadenada de relaciones en donde larealidad hay otras cosas muy confusas; por tanto, una organización que convendría desmantelar, sea por segregación de algunos de sus términos (o parejas de términos),sea por rompimiento de estos términos en sus eventualescomponentes, sea por incorporación de todos ellos a es-
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tructuras más complejas, en cuyo seno las figuras triangulares se desvanecieran, como se desvanece el triángulogeométrico al ser insertado en la red de las líneas que forman un polígono de orden superior.
Pero,
nos parece, todo esto debiera dejarse (metodológicamente) para el decurso del congreso, para su final.En sus principios, y si su tema titular se acoge mínimamente en serio, nos parece que debiéramos comenzar poi:atenernos a aquello que pueda quedar encerrado en eltriángulo (en los triángulos) determinados por los trespuntos del título que nos convoca. Me atrevería a añadir:sólo cuando, en el principio, nos hayamos ceñido bien(«disciplinadamente») al tema de la convocatoria, estaremos en condiciones de concluir 4 final (en la eventualidad de que este tenia resulte desbordado, e incluso marginado) que otras perspectivas han dominado efectivamente el tema titular -que no se han limitado a descono
cerlo.tica?.
Si inventariásemos las acepciones en uso de cadauno de nuestros tres términos, dentro de un lenguajedeterminado, o en el conjunto de todos los lenguajes conocidos (tarea siempre posible y, desde luego, necesaria)podríamos construir una muchedumbre de triángulos (primarios o secundarios) poniendo alternativamente en losvértices cada una de las acepciones recogidas. Esta tareaanalítica, minuciosa, por importante que sea, no podríallevarnos a ningún resultado claro: la misma variedadamorfa de los triángulos que se acumulan los unos a los
otros,
oscurecería, desde su propio interior, nuestro campo de atención. El conjunto de todos estos triángulos,cada uno de los cuales es acaso muy claro, por sí mismo,resulta ser profundamente oscuro, un verdadero caos deconfusión. Y un «triángulo promedio»,
'
—una especie de«imagen media» de Galton— o un «triángulo sintético»en cada uno de cuyos vértices figurasen las serie de lasacepciones distinguidas, podría servir como el paradigmamismo de la confusión (tal es el triángulo que proponeUmberto Eco en el párrafo 1.2.3 de sus
signos).
POSTULADOS PROPUESTOSPARA ACLARAR METODOLÓGICAMENTELA CONFUSIÓN DEL TEMATITULAR DEL XVI CONGRESO
La claridad de los diagramas triangulares tiene, seguramente, siempre, algo de engañoso, cuando ella resulta de una suerte de operación (implícita) consistente entransferir la claridad geométrica del diagrama significante(el triángulo) a la materia por él significada. Ocurre aquícomo en la mayoría de las representaciones gráficas, delos grafismos metafóricos, podríamos decir. La metáforadel «árbol de las ciencias» (cuyas profundas raíces corresponderían a la filosofía) expresa —se dice— de un modomuy claro, las interrelaciones de las diferentes disciplinas,entre sí, y con la filosofía: pero sospechamos que esta claridad corresponde propiamente a la misma figura del árbol dibujado
ad
hoc
y que este «árbol de las ciencias», másque luz, proyecta sombras tenebrosas sobre el sistema derelaciones efectivas qué ligan a las ciencias particularesentre sí y con la filosofía.En nuestro caso: No solamente la figura del triánguloes ya ambigua en su misma estructura sintáctica, según hemos dicho en el párrafo anterior (triángulos de primer orden,' triángulos de segundo orden) sino que, sobre todo,lo es en su misma estructura semántica, dada la polisemiade cada uno de los términos primarios que lo determinan.Cada uno de estos términos (Imagen, Símbolo, Realidad)se usa en acepciones muy diversas y, si no infinitas, si almenos amorfas, indefinidas, cuando cada término se tomapor separado. ¿Qué criterio seguir entonces, para escogeruna acepción del término «realidad», pongamos por caso,más bien que otra?. Para un aristotélico, la acepción principal del término
realidad
sería la sustancia, las sustanciasincorruptibles; para un tomista, «realidad» será, ante
todo,
el Acto puro, es decir, el Acto sin mezcla de potencia, la realidad inmóvil; para un hegeliano, realidad significará, ante todo, el Espíritu en-sí y para-sí. ¿Qué criterio seguir para escoger una acepción del término «símbolo» más bien que otra, dada la variedad de definicionessolventes que encontramos entre los tratadistas de semió-Lo que aquí proponemos, por motivos económicos,es comenzar (una vez que hemos decidido atenernos ini-cialmente a la estructura sintáctica triangular) no por el in-,ventarlo exhaustivo de acepciones semánticas (en
Li^,
o entodos los L¡), sino por una selección del número menorposible de acepciones —que es el de dos— de cada térmi
no,
compensando, por así decir, esta reducción (quepodría estrechar absurdamente el campo de nuestra visión) mediante la elección de acepciones que sean opuestas entre sí, de un modo, digamos, diametral. Esta oposición podría tomarse como una garantía de que, al menos,tocamos los extremos o polos semánticos de cada térmi
no,
de que no nos recluímos en un área local y arbitrariade su constelación semántica. Por otro lado, la mismaelección de acepciones que sean efectivamente opuestasentre sí, nos preserva, con mucha probabilidad, de entraren el terreno de lo que es meramente equívoco, dado quelas acepciones opuestas suelen estar profundamente emparentadas
{contraria sunt circa ideni).
Evidentemente loque acabamos de decir valdría para cada término (Imagen,Símbolo, Realidad) por separado; pero podría darse elcaso de que los pares de acepciones opuestas seleccionadas a propósito de cada término no «engranasen» con lospares de acepciones opuestas seleccionados en los términos restantes. Esto nos sugiere ya un procedimiento expeditivo para llevar a cabo la elección de las acepciones que,por lo demás, estarán empíricamente (analíticamente, filológicamente) recogidas: escogeremos precisamente aquéllas acepciones de cada término que, de un modo fehaciente, digan, dentro de un determinado lenguaje L|<, alguna relación característica a las acepciones de los otros términos. Este será nuestro postulado en torno al «criteriode pertinencia». De este modo, las in-finitas acepcionesde nuestro material semántico, que constituyen en sí mis-inas una masa informe e intratable, nos sugieren un sistema mínimo de acepciones entretejidas y pertinentes (dentro del planteamiento inicial sintáctico que venimos presuponiendo. Sin duda, este sistematismo empírico no nosgarantiza la posesión de las claves profundas del materialque nos ocupa. Se trata simplemente de una técnica metodológica para comenzar a organizarlo, para coordenar losulteriores análisis y desarrollos. Y, por descontado, tampoco nos ata las manos —aporque siempre podemos admitir que sean los mismos desarrollos de sus partes aquello
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que nos obligue a rectificir las coordinaciones metodológicas iniciales, a desbordarlas, a declararlas superficiales oincluso mentirosas. Nosotros aquí sólo hablamos de cuestiones de método.
3.
MÉTODO METAFISICO,MÉTODO POSITIVO,MÉTODO DIALÉCTICO
El «postulado de pertinencia» que hemos propuestoen el párrafo precedente sólo cobra su verdadera significación (como ya hemos insinuado) cuando lo referimos aalgún lenguaje Lk (el castellano actual, el latín de la escolástica española del siglo XVI, el
corpus
de frases inglesassobre el cual trabajan los llamados filósofos analíticos anglosajones —y también muchos españoles que son buenoscompañeros nuestros—). Cuando creemos haber suprimido todo marco lingüístico de referencia y nos disponemosa analizar los conceptos o las ideas de «imagen», o de«símbolo» o de «realidad», en sí mismas, seguimos en rigor prisioneros de un marco oculto, o, todavía peor, estamos mezclando confusamente determinaciones tomadasde distintos marcos que no controlamos, bajo la apariencia de estar aprehendiendo los conceptos o las ideas, en símismas, como si fueran esencias o sustancias, o incluso,relaciones «puras». A este proceder—tan frecuente entreel gremio de los filósofos mundanos o espontáneos— lodesignaremos aquí como «método metafísico». Metafísi-
co,
en cuanto a su propia contextura metódica, aún cuando las tesis mantenidas a su través sean muy empíricas.Curiosamente habría que clasificar como metafísicos aalgunos filósofos analíticos del inglés que, sumergidos enla apariencia universal de una lengua que es hoy díaplanetaria, parecen olvidar que el inglés es una lenguaentre otras y, en modo alguno, la revelación del EspírituAbsoluto (Quine, por ejemplo, niega de plano la existencia de la «significación»,
meaning;
pero sería preciso teneren cuenta que ésta palabra tiene muchas acepciones distintas y que es metafísico abordarlas todas ellas de un modo global, tanto para defender su existencia como paranegarla).Nosotros postulamos, como marco más adecuadopara establecer metódicamente las acepciones de los términos de nuestro tema en el sentido dicho, el lenguaje ca-tegorial de las ciencias positivas, en particular, en nuestrocaso, de las ciencias más próximas a la lingüística, o a lallamada Semiótica, por jjrecariojiue^ea el gradp de cien-tificidad que podamos atribuirle. No pretendemos conello descalificar el método metafísico, que lo consideramos muy fértil y necesario, en tanto que (cuando efectivamente negamos la metafísica) puede interpretarse comoun ejercicio confuso del propio método positivo o delmétodo que llamaremos dialéctico. Pretendemos simplemente aplicar a nuestro caso la tesis general sobre la necesidad metodológica que a toda filosofía académica obliga,en lo que se refiere a atravesar los análisis
categoriales
parapenetrar en la dialéctica misma de las Ideas. Imagen, Símbolo y Realidad (o sus correlativos en traducciones aceptadas) son términos que aparecen constantemente utilizados por las ciencias lingüísticas o semióticas. Suponemosque la organización científica de una categoría, por precaria que sea, se aproxima siempre a la constitución de unaesfera que no podrá ser evitada por la reflexión filosófica,en nombre, por ejemplo, de una «crítica de la ciencia» (odel entendimiento) realizada desde fuera o en el vacío—en realidad, en el vacío de la ignorancia. ¿Cómo atreverse a penetrar en el análisis de la idea de símbolo o de imagen sin haber frecuentado, pongamos por caso, los conceptos de la lingüística estructural o generativa, o poniendo en un mismo plano sus conceptos y los conceptos utilizados en el tráfico ordinario, en el «uso ordinario delidioma», aunque este sea el inglés?.Nosotros no argumentamos desde el supuesto cienti-fícista según el cual los resultados de las ciencias positivasfueran los únicos puntos de partida para el pensamientofilosófico —^particularmente, cuando estas ciencias positivas pertenecen a la familia de las llamadas «ciencias humanas»—. Argumentamos simplemente desde el supuestosegún el cual un cierre categorial determina una organización de los conceptos lo suficientemente profunda comopara ser tomada en cuenta como referencia mucho mássegura que la constituida por los usos ordinarios (y que,en modo alguno, queremos subestimar).Pero al mismo tiempo que postulamos este tratoobligado de la filosofía —que no es una ciencia— con la«República de las ciencias», con los conceptos científicos,presuponemos también que las tareas de la filosofía nopueden confundirse con las tareas de una reexposiciónsintética (y vulgarizada) de los resultados de las ciencias.Suponemos que las Ideas se realizan, aunque no exclusivamente, por la mediación de los conceptos categorialespositivos. Pero los métodos positivos no podrían tomarse,por sí mismos, como sinónimos de los métodos filosóficosque deben llevar a efecto el
regressus
sobre los mismosconceptos e hipótesis científicas, que no pueden limitarsea
progresar
sobre sus resultados. Es preciso, por tanto, distinguir en cada caso la función y sentido de un conceptocientífico, en el contexto de su cierre categorial y la función y sentido de este concepto como realización eventualde una Idea que lo atraviesa y lo desborda dialécticamentede una Idea que, por tanto, ha de recorrerse a través desu formato categorial dispuestos a trascenderlo ulteriormente. Valga aquí este ejemplo, tomado precisamente delcampo de la semiótica en el que estamos pisando: el concepto o tesis fundamental de la
arbitrariedad
del símbololingüístico, admitido por los lingüistas a partir de Saussu-
re;"
Saussure, en efecto, definió el signo lingüístico comouna entidad compuesta de dos partes, una «unidad de doscaras», el
significante
y el
significado,
y estableció, comoaxioma de la nueva ciencia la naturaleza arbitraria, institucional, de la conexión entre ambos componentes del signo lingüístico. La distinción original de Saussure ha sidoulteriormente pulimentada. Si nos atuviésemos a ella habría que considerar el campo de la Lingüística como constituido por dos clases de términos, la clase A de los significantes y la clase B de los significados, y habría que considerar las relaciones categoriales entre los términos de lasdos clases como si fuesen externas, convencionales o arbitrarias. No se vería entonces cómo podría ser posible unaciencia cuyas relaciones fundamentales se postulan comoarbitrarias. En rigor, la tC'sis del «convencionalismo delnexo» entre significante y significado debe ir concordadacon la tesis (en cierto modo opuesta) según la cual el significante (en cuanto constitutivo del signo) no puede
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